“Lobos solitarios” de Fernando Ampuero (Comentario)

Este sábado 22 de julio, en el marco de la FIL, Fernando Ampuero  tendrá una conversación  con el periodista  Beto Ortiz a las 7 pm. en la sala Clorinda Matto de Turner. Lamentablemente, no podré asistir, pero entiendo que – como debe ser – el tema central será la  literatura, y también los libros de la Biblioteca Fernando Ampuero que editorial Planeta acaba de lanzar. Merecido reconocimiento para Fernando: escritor, dramaturgo, periodista y, sobre todo, amabilísima persona,  en la medida en que esto sea posible en un espacio tan complicado como es el mundo literario.

Lo que sí puedo hacer es recomendarles la lectura de  su reciente publicación Lobos solitarios (Editorial Peisa. 2017).

Y tengo varias razones para ello. En primer lugar, lo más importante: el contendido, el fondo, es decir, las dos historias que – en paralelo – dan cuenta de la vida dos escritores en sus largas penurias creativas por alcanzar la obra perfecta.  Ambas vidas presentadas de modo tan eficaz  y persuasivo que  logran conmover al lector.  En este punto, el anzuelo extraliterario es que los personajes de esas historias toman como base la biografía dos escritores y redactores periodísticos  que el autor conoció en su tránsito por la revista Caretas: Edmundo de los Ríos y Xavier Ugarriza. Subrayo  que  toma como base la vida de estos seres reales, ya fallecidos, porque – como es consabido – la literatura por lo general trabaja de ese modo: toma elementos y  personajes de realidad y los reinventa hasta que se acomoden con el propósito de la historia. Y el propósito del libro es – de acuerdo a las propias declaraciones del autor – señalar que todo escritor, en mayor o menor medida, se siente un fracasado; alguien que casi nunca está satisfecho con su obra y por eso, inmediatamente,  empieza a escribir la siguiente. Pues bien, Lobos solitarios es una narración que da cuenta sobre las frustraciones de dos ellos (que podría ser cualquiera que en este momento esté escribiendo), sus excentricidades y sus modos –  malos o buenos – de asumir su vocación literaria  o de escamotearla.

Otro de los otros atractivos de este libro es su brevedad. Presentado en un formado denominado plaqueta, formato pequeño usado en otros tiempos por quienes se iniciaban austeramente en la publicación de sus trabajos. Ampuero, en 71 páginas menudas logra condensar las dos historias, crear una atmósfera literariamente conmovedora y plantear una estremecedora  ponencia sobre la vocación literaria. En verdad, es más fácil proyectar un libro así que escribirlo y, más aún, que este funcione. Supongo que,  en gran medida, Ampuero lo ha logrado por el largo ejercicio de trabajar con las palabras tanto en el campo periodístico como en el literario.  A propósito de este último punto, el de las palabras, en algún momento, en una de las páginas se desliza la siguiente afirmación: Nuestro destino son las palabras. Tenemos un trabajo que demanda que se haga con amor, con la lentitud con la que se hace el amor.

Me aúno a quienes vienen recomendando  Lobos solitarios, de Fernando Ampuero

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