A propósito de películas, algo más sobre los retos para la mujer

A propósito de películas, algo más sobre los retos para la mujer

Por Nora Primo

Muchas de las películas que vi en mi infancia eran de los setentas y ochentas. Hoy quiero compartirles una pequeña reflexión sobre tres personajes femeninos de tres diferentes películas.

La primera es Diana Christensen, personaje de la película dirigida por Sidney Lumet, Network (1976). Diana es una poderosa mujer, productora de televisión. Para mí, dos cosas resaltaron con respecto a este personaje. La primera es que en 1976 una mujer ya ocupaba un puesto de poder. Queda sobrentendido que llegó a ese puesto, no porque era buena, sino porque era muy buena. Su capacidad era superior a la de sus compañeros, todos hombres, casi una prodigio del negocio. Ella habla rápido y de manera enérgica y apasionada. No le teme a sus colegas; sus ideas son arriesgadas,  pero ella se comporta con seguridad, y con la certeza de que sus ideas van a funcionar. Seguridad que muy pocos poseen. El segundo aspecto sobre este personaje que resalta mucho es su actitud masculina frente a las relaciones, al amor y al sexo; es egoísta, desligada, incapaz de establecer una conexión.

La película trata de la deformación de los medios televisivos hacia  un burdo espectáculo sin ética, (liderado por ella, casi rememorando a Eva, quien lleva a Adán al pecado). Sin embargo, lejos de esto, a mí me dejó la sensación de un subliminal mensaje. Tal vez sin la intención del director, pero me quedó así: que para ser una mujer profesional de éxito había que ser una perra inescrupulosa, que no se enamora, que trata a los hombres como objetos y que la maternidad es una traición a la causa (de ser independiente y profesional). Ojo, esta es una opinión muy personal, no acuso a Lumet de nada. De hecho, la película es excelente y altamente recomendable.

La segunda es  J.C. Wiatt, interpretada por una de mis actrices preferidas, Diane Keaton. La película se llama Baby boom es de 1987, escrita y producida por Nancy Meyers. Comedia romántica en la que J.C Wiatt es una exitosa mujer profesional, adicta al trabajo, que hereda tras la muerte de un primo lejano a una bebe. J.C se ve obligada a cambiar su vida y a convertirse en madre. Ella eventualmente se enamora de la bebe y decide dejar su carrera en la  gran ciudad y se muda a un pequeño pueblo. Bueno, la película cuenta con escenas graciosas y románticas, es una película comercial, entretenida.

Sin embargo una vez más, este personaje de mujer exitosa es, inicialmente, alguien completamente entregada al trabajo, quien tiene que ser,  no buena, sino súper buena para llegar al puesto en que está.  J.C Wiatt demuestra una total desconexión con la maternidad. Ella no sabe sostener a un bebé, no puede colocarle un pañal ni siguiendo las instrucciones y como cena le da linguine. Prácticamente una repulsión a la maternidad. Entiendo que el director tenga que exagerar para llegar a la comedia y remarcar el hecho que un bebé no estaba en sus planes. Aun así, el tufillo de que para ser una profesional de éxito se tenga que ser anti familia y anti bebes se siente en la historia.

La tercera es Katharine Parker, de la película Working Girl (Mujeres que trabajan). Sí, ya sé que esperaban que diga  Tess McGill. Pero es Katharine Parker quien representa al personaje femenino poderoso y estereotipado. Working Girl es una película del año 1988, creo que no necesita introducción ya que  una mayoría (al menos de cierta curiosidad fílmica) la ha visto. La película es todo un clásico. Tess McGill es la secretaria- vasalla de Katherine Parker (porque un puesto de poder implica una actitud abusiva). Es verdad que Katherine es la villana de la película, aunque ciertamente es Tess McGill quien  le quita su identidad, su ropa, su trabajo y a su novio. En fin, ella se merece ese castigo porque es una despiadada mujer de negocios, con una educación superior envidiable. Habla a la perfección varios idiomas y su preparación es indiscutible.

Una vez más,  un personaje como el de Katherine Parque, lleva el mensaje de que ser buena no es suficiente, tienes que ser astronómicamente buena, hablar varios idiomas a la perfección y haber obtenido innumerables reconocimientos en las universidades de Harvard, Yale, Oxford o Cambridge. Además se tiene que ser soltera y no desear bebes. Con esta vara tan alta que algunas mujeres tuvieron que pasar en esos años, no me extraña que muchas sigan prefiriendo ser secretarias, ya que el estereotipo de mujer de éxito reclamaba ser, prácticamente,  no humano.

En mi último escrito menciono que las mujeres siguen liderando puestos de trabajo masivos de poca paga. Las razones son muchas y discutibles como ya lo había dicho. En tiempos contemporáneos las mujeres todavía tienen que demostrar ser 120% más capaces que un hombre si quiere superarlo en algún posible  asenso, condición que obviamente no es justa, pero sí es real. Sin embargo,  las mujeres de la generación anterior, tuvieron que aceptarlo, y no solo probar que eran  120% mejores que los hombres, sino superarlos en un 200%. Digamos que algo ha mejorado, digamos que hoy es 120% y en algún momento será 100%.  Soy optimista en eso. Sin embargo, la balanza no se va a modificar sola, se va a modificar en la  medida que sigamos abriéndonos camino.

Y como última reflexión, quiero dejar en claro que creo que la mujer de hoy no tiene por qué seguir arquetipos antiguos, dejemos a personajes como Diana Christensen, J.C. Wiatt y Katharine Parker en los años ochenta y, como debe ser,  creemos nuestros propios personajes. Modelos que se acomoden más a nuestra generación, a nosotras y a lo que queremos de nosotras mismas. Personalmente agradezco a todas las mujeres de esos años que tuvieron que saltar esa valla tan alta y también, por qué no,  a aquellos hombres (jefes) que se arriesgaron y apostaron por ellas: una alianza que debe continuar y que dará como resultado que la imagen de una mujer de éxito de estos años sea mucho mejor. Es decir, autónoma, libre y original.

¡Vamos! Que aún se tiene que llegar ese tiempo en donde ese  100%  de esfuerzo para alcanzar las metas sea  igual para todos, sin distinción alguna.

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