Alexis Iparaguirre

Alexis Iparraguirre (Lima, 1974). Narrador y crítico cultural y literario. Premio Nacional de Narrativa de la Pontificia Universidad Católica del Perú por su libro de cuentos El Inventario de las Naves (2005). En 2016 publicó su nueva colección de relatos, El fuego de las multitudes. Fue editor invitado de la revista Los bárbaros de Nueva York para su número especial de literatura fantástica y ciencia ficción. Es master de Bellas Artes en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York (NYU) y licenciado en Lingüística y Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Actualmente, es candidato a doctor por la Escuela de Posgrado de la Universidad de la Ciudad de York (CUNY) y se desempeña como profesor adjunto de lengua y cultura hispánica en The City College of New York (CCNY).

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PROXIMIDAD DEL HURACÁN

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Apenas despertado, el señor Linares sintonizó la radio y escuchó que no venía el huracán. Aliviado, bajó al primer piso de su casa, donde su mujer ya combatía con los muebles tumbados por el viento.

—Nos salvamos, Caro —dijo, sin emoción—, pero vienen más.

—Y Adelmo, mi hijo, para todo el tiempo en la calle —se quejó la mujer.

Padecía echando las aguas con un trapeador, pero volvían en un reflujo turbio. El señor Linares tomó un balde y empezó a ayudarla a desaguar. Miró hacia la calle con espanto.

«Esta desgracia asusta hasta las ganas», pensó.

Siguió echando agua a un ritmo constante, como de olas.

Esa noche, vio la imagen de su suegro, don Roberto, que estaba muerto hacía años. Apareció cuando el oleaje se embravecía y el señor Linares padecía de un insomnio persistente. El espectro habló desde los artesonados del techo, retrepado en una viga.

«Se acaba», le dijo. «El huracán te lleva».

El señor Linares negó con la cabeza.

—Usted me dijo que no me casaría con Caro. Y mire.

Don Roberto se envolvió en su vestimenta de mortaja y extendió sus manos con gesto de ave rapaz. Lu ego, se disolvió entre las vigas del techo.

Al día siguiente, un loco amaneció caminando dormido en el comedor. El señor Linares lo tomó de un brazo y lo guió entre las habitaciones, con cuidado de no despertarle. «Debo atrancar las puertas», recordó. Colocó al loco en la calle y le indicó con un dedo la dirección que debía tomar. Los locos habitaban esa zona del barrio hacía meses. Por un segundo, el señor Linares tuvo deseos de ser uno de ellos. Pensó: «Debería mirar a través de sus ojos».

No escuchó los pasos del cartero hasta que advirtió el chirrido de la bicicleta que este arrastraba. Venía con el ocaso de nubes malvas, enormes.

Desplegó su paquete de cartas y habló con desgano:

—Se cayó la finca de los Dávalos, la que tenía la divorciada. Era una finca grande, como para perderse. Pero decían que la utilizaban mal, Dios sabe…

El señor Linares asintió. Conocía todas las historias, tras cincuenta años de habitar ese barrio. Había comprobado que los rumores se parecían siempre.

—El alcalde espera que el barrio se hunda —dijo.

—Parece a propósito —se lamentó el cartero—. Y no hacemos mal.

El señor Linares le iba a dar la razón. Siempre se imaginaba atacado por algo. «Si no hubiera vivido tanto no estaría viendo esto», se le ocurrió, en un arranque pesimista. «Tal vez el mal sea durar». Quiso recordar su infancia, pero le pareció un pozo seco y distante. Vio la cara de un amigo de su juventud, suicida, cuya muerte le dio escalofríos y le hizo prometerse vivir muchos años.

Lo trajo de vuelta el sonido de las motocicletas o un golpe de ola. El cartero y él vieron pasar a los jóvenes que iban diariamente a la playa de noche, escandalosos y alegres. Algunas veces sólo pasaban a pie, empujándose, bamboleándose o simplemente gritando conversaciones.

—¿Adónde van? —preguntó el cartero.

—A la rompiente —contestó el señor Linares. Por costumbre tomaban ese rumbo.

Pero esa no era la respuesta, sabía él. Los miraba con intriga. Había jóvenes bellas andando entre ellos. Viéndolas pasar todos los días, ya podía identificarlas sin tener en cuenta la longitud del pelo. Y una joven en especial le llamaba la atención. Era una niña de cabello profundo, de blusas casi desabotonadas, que vestía los pantalones ajustados como una segunda piel. En sus juegos de empujones, ella parecía un ruleta de cabellos y brazos. Iba de un amigo al otro y algunos la abrazaban. Le manoseaban los senos que escapaban del sujetador o los caderas estrechas que lucía fuera pantalón.

«Tal vez ese es otro rumbo», pensó el señor Linares.

Miró su casa, monumento al sueño de otro siglo.

«Hay que seguir desaguando».

—En la radio dicen que habrá calma por un tiempo —dijo el cartero.

Los jóvenes se perdieron de vista en el escándalo de los gritos. Parecían venir del mar.

Caro cerró con pulso vacilante la puerta de la habitación en que dormía. Anduvo con el paso lento que le permitía el reumatismo. Llevaba cinco años con un brazo inmóvil y de no usarlo no pensaba en él. Era un lastre de un tiempo lejano e intacto.

—Este Adelmo nunca avisa cuando va a llegar tarde —murmuró con cierto pesar, porque quería escuchar el consuelo de su esposo.

—Lo malacostumbras, Caro. Siempre para fuera de casa.

—Sus amigos lo entretienen y nos deja solos.

—Ya es grande. Ahorita llega.

En el techo de artesonado se dibujaba de a pocos la silueta de don Roberto, esculpido transitoriamente en la madera. El señor Linares, echado en la cama, lo observó con claridad. «Se sienten débiles las vigas», murmuró la aparición.

—Ya pasarán las lluvias —dijo la anciana, mientras se acostaba al lado del señor Linares—. Iré a la iglesia a prenderle una vela a San Ignacio.

Don Roberto siguió murmurando: «El mar golpea las vigas, horada sobre mi nuca. ¿No sientes cómo agusana la casa?».

El señor Linares tosió con suavidad. Se miró las manos y estaban amarillas. La hepatitis, la malaria, o sólo un color de capricho, se le ocurrió.

—Falta caridad —susurró su esposa.

Afuera, en el paisaje de la marea alta, deambulaban los locos, dando alaridos que el señor Linares, para entretener los pensamientos, seguía como si fueran hilos. Se deslizaba por ellos como por cabellos de mujer. A la distancia de un alarido, a veces, había música exuberante apagada por el límite de la rompiente. Luego, percibía la lluvia.

—Hoy paró de llover a las nueve —le dijo el cartero al señor Linares.

Los charcos se esparcían azarosamente por la calle. Se alimentaban del agua que el señor Linares empujaba desde su casa con un trapeador. No prestó atención al cartero.

La noche anterior, entre la refriega de la lluvia, había soñado con el loco que había encontrado en el comedor. La figura enclenque gritaba en lo alto de un trono en una habitación de concreto. Con una mirada de simio, el demente había tirado unos dados de bordes limados. «Aquí se corta», oyó decir a Caro, que venía mojada por el rocío furioso de la rompiente. Entonces, en una asfixia de mareo y ascenso repentino, el señor Linares había boqueado y abierto los ojos entre sábanas ceñidas por su desesperación.

Siguió trapeando hasta que el sol se puso.

Los jóvenes pasaron inusualmente tarde. Primero dos en motocicletas, las altas aceradas de siempre, con sus motores aullantes. A los quince minutos desfiló el batallón a pie, tan por costumbre desaliñado y alborotado que ya no le llamaba la atención. «Tienen cara de muertos», pensó el señor Linares. Pero, a pesar de ello, giró para ver a la muchacha. Tuvo que admitir, vencido, que encontraba cierto deleite en hacerlo. Ese día la encontró extendida en brazos de un mocetón que la estrujaba en besos, acariciaba su espalda dejándola a la vista, con las manos descendiendo entre piel y pantalón.

El señor Linares descubrió que aún guardaba escrúpulos. Se sintió levemente estremecido. Parpadeó y quiso seguir desaguando la casa, pero una curiosidad mayor lo impulsó a dejar el trapeador.

Sin pensarlo, se adentró siguiendo a los jóvenes por la calle oscura y húmeda que iba a la rompiente.

Avanzaba ocultándose, pues temía que, aunque nunca le habían dedicado más de una mirada, consideraran peligroso a cualquiera que los siguiera. El barrio derruido y los gemidos nocturnos de los locos debían respaldar esa impresión.

«El insomnio es peor que eso», se dijo el señor Linares.

Llegó a la playa y vio las motos estacionadas cerca de las peñas. Al extremo de la escollera las olas se mecían lentas. Los hubiese perdido tras las rocas, si no hubiesen proseguido lanzando gritos y maldiciones. Se aproximó rodeando las peñas y oyó una radio encendida, que soltaba música estridente. El señor Linares asomó la cabeza para verlos. Descubrió una hondonada en medio del roquedal. Ahí se habían instalado con el equipo estéreo de eje y con linternas jugando en la creciente oscuridad. En los cuerpos iluminados por esa luz había una ebriedad convulsa que crecía conforme pasaban los minutos. Algunos se habían dedicado a hurgar en sus mochilas con ademanes de niños perturbados. No tardó en hallar a la muchacha de cabello profundo. Observó con el aliento contenido. Ella se quitó la blusa y mostró sus pechos fuera del sujetador como un truco de magia. El joven que era su pareja los besó, los lamió y mordisqueó como si fueran ciruelas. Se bajaron los pantalones y lo que les quedaba de ropa, mientras él le metía los dedos en las nalgas, las masajeaba siguiendo la línea tensa de las piernas, y las repasaba juntas, una y otra vez, blanqueando los ojos y con el sexo erguido.

El señor Linares tembló. Hubo un cambio de vientos o un ritmo distinto en su respiración. Decidió mirar al cielo. Se dio cuenta de las nubes lentas y oscuras. Percibió una pausa similar a la de su cuerpo en esa atmósfera turbia, como de pantano.

—Déjense de vainas que ya los armamos —lo sorprendió una voz. Había hablado entre chirridos uno de los que hurgó en las mochilas.

—Nosotros también —dijo el muchacho que se desprendió casi contra su voluntad de la chica.

Ambos se cubrieron y se mezclaron con los otros. Se repartió la tanda de raciones, aunque los dos prefirieron yerba.

—No saben lo que se pierden.

Luego los otros empezaron a aspirar el polvo con desvarío. El señor Linares lo conocía desde la juventud.

«Nada cambia», pensó.

Vio cómo los jóvenes se columpiaban en brazos unos a otros, cómo la oscuridad se los tragaba perseguidos por linternas. Algunos tropezaron con piedras que emergían de pronto en un haz de luz; se quejaban aullando como animales. Tres se juntaron balbuceando a gritos y se pusieron de acuerdo. Se trepó uno sobre los hombros de los otros; vueltos pirámide, empezaron a caminar. Recitaban la letra borrosa de una canción muy vieja. Al señor Linares le sonó a escupitajos. Otros se fueron apretujados a insultar al mar que rompía más cerca, y el resto, como alertados por un latigazo, giraron las cabezas, los siguieron.

Se las ingeniaron, bamboleantes, por el terreno accidentado de pedruscos y declives. Sólo eran manchas  de oscuridad alejándose. Y el señor Linares los persiguió, dañándose la columna vieja a cada paso.

«Estoy fuera de los escombros», se dijo, sin saber por qué.

Por fin se detuvieron en la escollera y continuaron gritando.

«Tal vez», pensó el señor Linares, «hasta sangrar las gargantas». Y eran gritos que buscaban callar al mar, insanos, disueltos en la oscuridad como un jarabe amargo pero eficaz. Tenían una intensidad de aguacero.

Un joven se puso a gritar, delirando:

—¡Oh, capitán, hay charlies a la derecha, charlies a la izquierda…!

—Calla, pastrulo de mierda —le replicaron.

Y todos se abrazaron, se rieron, luchando por arrebatarse la palabra y callar al mar revuelto que reventaba en cortinas de agua más y más altas.

«Basta», pensó el señor Linares. «Es muy rápido».

Se preguntó dónde quedaba su casa inundada, su mujer de años.

«Este es el pulso de los sueños», temió.

Un chico, uno de los que tenían motos, repartió más raciones envueltas en papel de aluminio muy pequeño.

—Ahí viene una grande —anunció otro chico y el señor Linares no entendió.

Y ni la chica de largos cabellos rechazó esta vez la invitación. El señor Linares casi la pudo ver absorbiendo la ración diminuta, casi pudo sentir cómo el polvo la asfixiaba por un instante indecible. Entonces un tajo de mar se elevó desde detrás de la rompiente, una pared delgada, oscura, pero rotunda, que reventó sobre ellos. El señor Linares ni siquiera la advirtió hasta que la ola ya espumaba, fresca, y deshacía con estruendo los perfiles de los jóvenes, los volvía siluetas borrosas, y finalmente se dispersaba en cientos, miles de riachuelos por el pedregal. Inmóviles, los vio yacer golpeados por la droga y el agua, asfixiados por una euforia silenciosa. La muchacha de cabello profundo se arrastró sobre la cara del peñón en que yacía y se quitó la blusa, mientras el agua no paraba de escurrirle. Los otros muchachos se arrastraron hacia ella, en la medida en que el estado de choque lo permitía. Bebieron el agua que manaba de su cuerpo como perros, y todos sin excepción la lamieron, le besaron la boca, le mordisquearon los senos, le acariciaron las piernas pulgada a pulgada, y le frotaron el sexo frenéticamente.

El señor Linares agradeció que los relámpagos llegaran. Vio a la chica con claridad en medio de ese revoltijo de cuerpos y le pareció una escultura viva de mármol. Vio sus senos duros y el rostro pálido de muerta. Pero los relámpagos duraron apenas unos segundos y luego la oscuridad volvió a los cuerpos un bulto lejano que se movía con temblor de anguilas.

El señor Linares pensó en esa predisposición de los jóvenes para el sexo, para ser deseables y verse deseables. Pretendió ocultarse a sí mismo la turbación que sentía, pero retrocedió con la imagen de la chica masturbada como un rayo de sodio en la cabeza. Deshizo el camino por el pedregal simplemente diciéndose que eso había terminado para él, sin comprender bien el por qué de esa advertencia, si era cordura o temor.

Caminó de vuelta a casa, meditabundo. Más relámpagos lo alertaron para avanzar derecho. Volvió a sentirse culpable de algo inasible. Pensó: «Uno no se casa con quien quiere, sino con quien puede». Y aun así sabía que eso no era todo, no esa simple frase que se repetía sin saber razones, sin encontrar alguna relación entre su matrimonio, la chica de cabello profundo, el fantasma de su suegro y los locos que habitaban en sus sueños.

Esa noche, su suegro se atrincheró más que nunca en el artesonado. Como repique de campanas, don Roberto continuaba:

«Las vigas ya no aguantan, te lo dije. Las columnas del comedor están podridas y la pared de la habitación de Adelmo se caerá. No resistirá. Las polillas han devorado los marcos de las puertas. Puedo sentir cómo trabajan. ¿Las oyes?».

Y el señor Linares las escuchaba.

«El peso de los comodines revienta el piso. Los hongos se comen la ropa. Y el agua se filtra por toda la casa. Las gotas se juntan en chorros, se hunden en el corazón de la madera».

El señor Linares oía la circulación de la lluvia por el maderamen. Era un pulso de golpes continuos. A veces le dolía en los tímpanos.

«Agua y vida», pensó. Pero esa agua no era la de su vida. No era agua para hacerlo germinar. Agua para podrirlo, para igualar la altura de la tierra. Para aplanar la casa. A lo mejor vida para una semilla enterrada o alegría para los locos que deambulaban por ahí. Tuvo pesadillas otra vez con los locos, tuvo sueños de agua. Abría los ojos, furioso. Tras las persianas veía el flujo ondulante de la lluvia. «Y , para colmo, Adelmo no vuelve», recordó.

Despertó con un presentimiento. Extendió la mano y no encontró a Caro. Otra vez debía de haber tenido visiones al amanecer y salido a perseguirlas. «Son pálpitos», le decía ella. «Tonterías», replicaba él, acostumbrado a esos actos de su esposa como síntoma de la locura que destruía su vejez. Se dedicó a esperarla, a tomar la escoba y pendularla arrastrando el trapeador y a sacar el agua.

Al mediodía lo sorprendió una llovizna de viento disperso que lo molestó más que las tormentas. Un sinsabor casi palpable le amargó la visión de los objetos: sólo veía frontispicios dañados y balcones caídos.

«Y a me voy», pensó y se vio las manos amarillas.

Pero no se resignaba a ser títere de la lluvia. «Ya te entiendo», le decía al golpe de las gotas, casi colérico. «Quieres acabarme».

Se metió de nuevo en la casa y sintió el olor de la madera podrida. La puerta sólo era una barrera simbólica: no respiraba más que agua. Su suegro apareció esculpido en los entrepaños de la pared que cerraba el vestíbulo. La madera de sus labios tembló como fauces de una planta carnívora. Hablaba una lengua incomprensible, pero triunfal.

Cuando miró hacia fuera había calma. No temblaba n i el tiempo ni su mirada. El señor Linares se sorprendió pensando con tranquilidad que por fin los alcanzaba el último huracán, el tercero, ese previsto desde un inicio, y que esa era la paz muelle que lo anunciaba. Pensó en Caro. Tenía que ir a buscarla. Abrió con mucha prisa las ventanas del segundo piso, las puertas que comunicaban los corredores. Descorrió los cerrojos de la puerta principal y se fue calle abajo, con todo el apuro que le permitió su cuerpo de viejo.

—¡Caro! —dio gritos— ¡Caro!

Los vientos comenzaron a soplar. Gritó en un camino zigzagueante. Se metió a las casas vacías y tocó a las puertas de las que aún suponía habitadas. En su camino se sintió pesado, trabado, como si a sus piernas las manejara otro que no fuera él. Un jadeo febril, un calor de nieve, le quemó el resuello. «Calma». El agua de la lluvia empezó a caer en la oscuridad creciente y fue adquiriendo el ondular del aire.

No le importó empaparse y así permaneció, quieto, sin ver a Caro surgir de ninguna parte, de ninguna calle de las que buscaba con la mirada tras la tempestad para meterse en ella y volver a casa. Percibió voces lejanas que en esa atmósfera a la deriva eran señales indescifrables. Las escuchó tras las espirales del chubasco y el hundimiento de los techos de las fincas. Ahí donde estaba pensó en Caro o en alguien más pidiendo auxilio con gritos confusos. Se orientó sin confiar en sí mismo y quiso vencer el empuje del viento, pero se halló caminando con las manos apoyadas en el suelo, arrastrándose a gatas sobre pedruscos y escoria, con el aliento perdido, con cualquier simulacro de orientación por completo extraviado en los pliegues de la lluvia.

Un fragor le indicó dónde se encontraba. El mar gritaba, y eran personas las que le devolvían gritos al mar en ese pedregal arremolinado de agua.

—¡Oh, divino gerifalte! —escuchó proferir a alguien, y había un joven de súbito parado a su derecha, y este observaba pasmado en una dirección oscura.

—¡Calla, huevonazo! —replicó otro, unos metros por detrás—. ¡Sólo hablas huevadas! ¡¿Ahora a quién vas a invocar?! ¡¿Al divino búho?!

—¡Oh, sí! —bramó el otro— ¡Divino búho, dame tu sabiduría! ¡Haz

que no muera nunca! ¡Haz que no sufra nunca!

Y el joven se derrumbó en balbuceos ahogados.

El señor Linares se le acercó, y lo palpó real, y lo identificó sin emociones como uno de la pandilla que espiaba.

Aparecieron más. Agazapados entre rocas veladas por el temporal,

cuyas cabezas a veces se distinguían, resistiéndose al agua y al viento.

El que quedaba de pie, indiferente a la lluvia, hizo ademanes de vidente.

—¡Padre, maestro mágico, liróforo celeste…! —empezó a recitar, y se calló de pronto.

El señor Linares no lo distinguió más. Los vientos hacían de la lluvia corrientes que lo recorrían como electricidad. Se preguntó si esa era una broma de su suerte, o a él también le habían tocado los golpes de locura de la vejez. No quería ser el sueño de un demente. Avanzó entre el oleaje negro de la lluvia y se echó para atrás, asombrado, ante el bulto tendido a unos pasos de él. La identificó con claridad. Era la chica de pelo profundo. Estaba desnuda y empapada en un torrente de barro, revolcándose. Se frotaba la piel tensa, las piernas largas, y sus senos de pezones prominentes parecían explotar. Se detuvo al ver al señor Linares. Divertida, extendió una mano. Si no se equivocaba, le pedía que se le uniera. Casi le escuchó un por favor.

El señor Linares se descubrió vacío de reflexiones ante tanto absurdo. No se le ocurrieron frases como «Vivo un sueño» o «Es la fiebre de la lluvia». Sólo experimentó un temblor de niño ante lo desconocido que podía cubrir el mar. Incrédulo, se inclinó sobre ella y la tocó; le palpó el cabello profundo, que le pareció lana mojada. Lentamente, bajó los dedos por el cuello, se extasió en sentir el latido de cada arteria bajo la yema de los de dos, en confrontar las sensaciones percibidas por cada uno de sus dedos: agitación y ansia. Aquí su juicio burló el cerco de los sentidos. Pensó: «Soy el sueño de un demente».

No pensó más. Descendió las manos por los senos, que se le escapaban entre el barro de la lluvia; los sintió leves, casi de nieve, pero plenos de una esfericidad desesperante. Avanzó hasta descubrir la arquitectura del estómago: una du reza y un andamiaje de músculos que no poseía ninguna mujer de su juventud. Se sujetó al cuerpo que se resbalaba entre el diluvio. Caderas que intentaba amasar, piernas que en un golpe de osadía besaba con lentitud de amante persiguiéndose a sí mismo. Estimuló el sexo de la muchacha con una lengua paciente, de topo escarbando minucioso, hasta que tembló más y la escuchó berrear de gozo.

—Bien, bien…— la escuchó musitar.

El señor Linares sacó del pantalón embarrado su sexo, pendiente y sarmentoso, que adquiría tensión por momentos. No quiso andarse con miedos de joven. Se tendió sobre ella y se deshizo calentándole los sentidos, los sesos, la grupa. La tempestad era el aire. La volteó y se le subió como un perro, meneando el pubis con el frenesí de un poseso. Adoptó un ritmo que iba en aumento, ajustado de pronto con el chubasco, como si se estuviera montando a la tormenta, adentro y afuera, y su glande hinchado vivaqueara dentro de ella, quebrantándole la vagina, el intestino, el ano.

El ritmo se hizo lento hasta que el movimiento sólo era un espasmo largo, un latigazo frío que reverberaba en el cerebro. Y al tercer espasmo la sensación de inyectar una orina blanda como en fuga lo dejó inmóvil, piedra empapada, en negativo por los relámpagos, echando los pulmones afuera, y los gemidos, y la furia de las contorsiones de la muchacha mientras la poseía.

El señor Linares se dejó caer entre el pelo de lana. Devoró un aire que olía a barro y a perfume, y se apartó; sintió que salía de un anquilosamiento sin tiempo. Vio la lluvia en retroceso. Pensó: «No llegó a huracán». Moviéndose, descubrió el peso del agua en la ropa. Sólo entonces se percató de la mujer pequeña que lo miraba desde sus ojos de náufraga, de pie, muy cerca. Escurría la lluvia por cada poro de la piel. El señor Linares supo que era Caro desde la primera mirada. Se percibió espantoso, incapaz de librarse de sí mismo. La volvió a ver: anciana, destrozada a partir del ceño por un estremecimiento.

—Manuel —la escuchó musitar, y él se sintió asqueado e incapaz de reconocerse en su propio nombre.

—¿Manuel? —repitió lentamente—. ¿Dónde… está la casa?

Entonces, la muchacha de cabello profundo se puso de pie, semejante a una estatua de lodo; se fue caminando, ajena al deseo, y por completo indiferente a ambos. El señor Linares se irguió, sin saber lo que hacía, y se guardó el sexo flácido.

Se sintió grotesco. No sabía respuestas, no quería pensarlas siquiera. Giró la cabeza y vio un cielo nublado, sin huracanes, y una gran avenida de casas derrumbadas. Pensó con amargura: «Debió llegar el huracán». Respiró hondo, sin salida.

—Caro… —empezó por decir.

Pero no prosiguió. Tomó a la anciana de la mano, y la jaló como un peso muerto fuera de ese asco, de esa playa.

Se fueron. Avanzaron a un paso débil, que quebrantaba las columnas. Pero ella no emitió ni una sola queja. Entraron a las calles de los destrozos, él casi sin ver y ella con la expresión fantasmal de mujer ahogada.

Descubrieron, entre charcas interminables, la finca de adobe y estuco cuyos techo había hundido la tormenta y cuyas pareces se habían precipitado unas sobre otras, hartas de humedad. Era un almácigo irreconocible de vigas chorreantes erizadas.

En este panorama de catástrofe, el señor Linares vio saltar burlón al fantasma de su suegro, columpiándose entre las vigas y haciendo maromas desquiciadas.

«Durar es vanidad», pensó, y se dio cuenta de que no podía pedirle la vida prestada a nadie, ni hurtarle un instante.

—¿Me puedes explicar dónde está la casa? —dijo Caro con un hilillo de voz.

El señor Linares la pasó por alto. Sintió el golpe leve de la lluvia, que aún no terminaba de irse, por primera vez dentro, que colmaba un recipiente hondo y bien medido.

—No sé —farfulló.

Sintió una furia fría que no conducía a ninguna parte.

—¿Y Adelmo? ¿Dónde estará Adelmo?

Las palabras de Caro y a no la inquietaron. La escuchó lloriquear por su hijo.

—Dónde estará —le siguió la corriente.

Se quedó mirando los escombros, convencido para sus adentros de que nada proseguía. Había llegado a un punto muerto: la lluvia, el huracán, los sueños.

Pensó en desgañitarse y echarse a correr.

«Me arrasó», se dijo, a punto de explotar.

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