Ana María García

RESEÑA DE LA AUTORA

Licenciada en Educación por la Pontificia Universidad Católica del Perú y Licenciada en Humanidades y Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca (España). Máster en Educación de Adultos, Universidad de Mississippi (Estados Unidos de Norteamérica), Diplomada en Proyectos Educativos y Cultura de Paz por la Universidad Católica. Posee un doctorado en Psicología con especialidad en temas de parejas.  Ha publicado prosa y poesía en diferentes diarios y revistas del Perú y España. Es autora de dos libros de poesía: Hormas & amp; Averías, editado por Caballo Rojo 1995 y el segundo, “Juegos de mano” editado también por Caballo Rojo en 1999. Ejerce la docencia universitaria y secundaria; es coordinadora del Centro UNED LIMA de la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (España). Y miembro de la Comisión de escritoras del Pen Club Internacional.


CUENTO

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EJERCICIO PARA DOS

A pesar de la dosis sedante y el vaso de cogñac tibio, el cuerpo, completamente lúcido, continúa vibrando. Ligeramente tenso y deseoso; mientras tanto, tú duermes.

No sólo el vientre inmóvil, la piel acartonada, los poros hormigueando como cristales interiores puntiformes y el deseo abierto, sino también y aún más, la casi urgencia de haberme arrimado en la oscuridad y haber topado un cuerpo, haberme cobijado en axilas profundas. Pero tú, duermes.

Duermes, mientras alguien me golpea por dentro. Puedo sentir sus pequeños manotazos dulces y sin embargo, tendré que encontrar la forma de contenerme, de evitar cualquier movimiento que pueda evocarme tu antigua calidez: ahora, soy tu esposa.

Habré de negarme. Negar necesariamente tu imagen próxima pero impalpable. Resignarme a esta semejanza. No como antes, como cuando no tenías siquiera que tocarme: bastaba que el aire despejara el olor de la estancia y ya no quedara ni la humedad de los libros ni el agua fermentada de las flores en los jarrones, sino tu aroma, eso bastaba para que yo quisiera ser tocada, porque había sentido ya el apremio de tus músculos. (Nadie los conocía como yo…)

No quiero abrir los ojos, quiero más bien retozar buenamente con la imagen dislocada que acabo de desprender e inventar a través del tacto. Ya no duermes. (Tampoco escribes). Has apartado las cobijas y has deslizado los dedos buscándome… es la misma madrugada de antes, cuando apenas podía despertar, “No importa” me contestabas, “después dormirás cuánto quieras” y era así porque tampoco importaba que estuvieras doblado sobre tus papeles, repleto de tazas de café y sin levantar la vista, no importaba que yo hubiera estado la noche entera mirando fijamente tu nuca estática, sin poder evitar las ganas de tu tacto, porque entonces corría a sentarme en tus rodillas y podía decirte con descaro: “tócame, quiero que me toques ahora” y tus manos temblaban, se hundían… sin dejar de mirarme mientras yo me llenaba completamente de amor y me desvestía allí mismo, sobre tus rodillas. Sabía que en un instante indispensable harías a un lado las tazas y los vasos y me sentarías sobre el escritorio para besarme. Ibas a palparme, a frotar mi piel hasta vencerme. Y yo iba a sentir estas mismas ganas que ahora siento de rendirme, de desviarme, de disolverme, hacerme polvo, estrellarme. Yo… iba a inclinarme sobre tus espaldas. Pero ahora, duermes. Un hilo salivoso resbala por tu mejilla y permaneces al otro extremo de la cama, como un cadáver, indiferente a toda ansia, pero eso sí, dinero, suficiente dinero para nunca tener que revolcarte de deseo y leer a duras penas los diarios y dormir eternamente al lado de tu esposa, por eso no has levantado las cobijas en ningún momento, ni has deslizado los dedos por debajo de la sábana…

Por eso, mañana en el análisis, bajaré la cabeza y aceptaré que fue sólo el roce de mi piel contra mi piel preparándose para ti (como si no entendiera que el tiempo nos ha debilitado y continuara creyendo que vas a desearme). Te veo avanzar lentamente hacía mí…empiezo a humedecerme…te veo crecer…entrar, tus labios rebalsándome completamente, y yo un grito que se abre en medio de la noche, una obsesión, un vacío… la garganta seca, los párpados apenas contraídos, como si verdaderamente hubiera sido acariciada…

Después supe que aquel gemido había salido incontrolable de mí misma, que estallaba sola en aquel instante, hundida en el extremo blandengue del sommier, mientras tú dormías…

A un lado, sobre la mesilla, los libros empolvados y la puntita sobada del algodón asomando por la boca del frasco de pastillas…

 

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