Carlos Modonese

Carlos Modonese. Errante infatigable. Ha vivido en Lima, Chincha, Cochabamba, Sao Paulo, Bogotá, Medellín, Hondarribia y Madrid; ciudades grandes y pequeñas, metrópolis y pueblos, las mismas que han contribuido a su imaginario como escritor.

Licenciado en Economía en la Pontificia Universidad Católica del Perú (1999). En España realizó estudios en Fuentetaja Literaria, Escuela de Escritores y tiene un Máster de Creación Literaria en la Escuela Contemporánea de Humanidades, en Madrid. Durante sus años en Madrid (2010-2014), escribió sobre viajes en España para el portal About.com (The New York Times). Ha colaborado para diferentes medios como Sub-urbano (Miami), La Tercera (Chile), Cosas Hombre (Perú), Etiqueta Negra (Perú) y El Comercio (Perú).

Jahuay (2015), su primera novela, fue finalista en el Premio Luces de El Comercio. Actualmente vive en Lima y trabaja en su segunda novela

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Cincuenta y ocho

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¿Qué les pasó a todos ellos

– Lancelot, Ulises, Parménides –

en ese viaje al inframundo?

No se dice con claridad.

Da la impresión de que vieron lo que antes no veían.

Sabemos, en cambio, que murieron de alguna manera y que se revistieron de un ser distinto para volver a la vida.

ALEJANDRO GÁNDARA

Las puertas de la noche

 

..    Así era la mayoría de los lunes de colegio en Miraflores: neblinosos y rutinarios con abundante tráfico. Y aquél lunes parecía uno normal, igual que cualquier otro, pero estaba equivocado.

     El asfalto resbaladizo de la avenida Santa Cruz y la cantidad de autos obligaron a mi padre a conducir con la lentitud y disciplina de una fila de hormigas.

     — Esta neblina, caray, no puedo ver nada — se quejó, golpeando con ambas manos en el volante.

     Yo no podía dejar de bostezar: el domingo habíamos celebrado el Día del Padre y no solo nos fuimos a la cama muy tarde, sino que en el almuerzo y la cena devoramos todo el lechón que mandamos a hacer en Chincha.

     De pronto la neblina se tiñó de un color rojizo. Las luces posteriores del auto que iba delante del nuestro se encendieron y mi padre frenó de golpe.

     Fue ahí cuando vi a Roco. Abrió la puerta de ese vehículo y salió de un brinco. Bajé la cabeza y me escondí en el asiento del copiloto.

 — ¿Qué haces? — Exclamó mi padre con las manos abiertas.

 — Ese es Roco. Silencio, por favor. No quiero que me vea — susurré.

     — Sal de ahí, Tico. Tú estás en un colegio de hombres — jaloneó mi brazo y me miró a los ojos—. Lo tienes que hacer hoy. Ya te dije cómo — con el índice señaló su frente morena y lustrosa, que parecía una rodilla.

     Sí. Me lo había dicho la noche del sábado, cuando fuimos a recoger el lechón. Desafortunadamente no pude escuchar bien sus instrucciones, pero no le expliqué por qué.

     Al ver que me secaba las manos en la chompa, me dio una palmada en la espalda.

     — Anda, vengo por ti más tarde. Y escúchame, Tico — puso su mano en mi hombro —. No quiero que sientas presión. Pero prométeme que de hoy no pasa — nuevamente su mirada incisiva y la mordida de dóberman en la boca —. Sin miedo. ¡Eres un machote! — gritó con el puño cerrado.

     Asentí, me despedí de él y entré al colegio con un nudo en la cabeza.

     Hasta ese momento Roco había convertido el segundo grado en el peor año de mi primaria. La única motivación era mi tutora, Miss Cecilia; tenía el pelo corto estilo militar, las piernas largas y unos tobillos huesudos que se marcaban al andar en sus zapatos de tacón.

     Ese día, antes de empezar la clase, nos hizo ponernos de pie:

     – Hoy quiero que oremos por una intención personal, muy especial – nos pidió.

     Y al juntar las manos abatió sus largas pestañas, como una persiana que se cierra para ocultar una escena dolorosa. Cuando arrugó el entrecejo,  yo imaginé a su marido tendido en una cama, muy enfermo, y a Miss Cecilia sentada a su lado, cogiéndole la mano con el mismo gesto que hacía al orar en clase.

     Yo también me concentré para que mis oraciones hagan magia. Deseaba febrilmente que el marido se recuperase porque, de lo contrario, Miss Cecilia podría abandonar el colegio y eso sí sería una tragedia. ¿Quién me defendería de Roco?

     – Otra vez trajo huevo duro este tonto – murmuró a sus amigos, que se tapaban la nariz y exageraban gestos de asco.

     – Roco, te estoy escuchando – advirtió Miss Cecilia –. ¿Quieres que llamemos a tus padres, otra vez? ¿Estás buscando ir a la Dirección? No lo quieres, ¿cierto?

     A Roco se le enrojecieron las mejillas y me lanzó una mirada puntiaguda. Se rascó las manchas que tenía en el cuello como unas medusas coloradas. Una alergia que, según él, heredó de un abuelo que nació en los fiordos noruegos.

     Porky, así lo bautizaron sus amigos, porque Roco se parecía al gordo rosado y matón que vestía de cowboy en una famosa comedia americana para adultos.

     Al primer ring de la campana que anunció el recreo, salí al vuelo y me refugié en una cabina de los baños.

     Escuché el eco de sus risas rebotando en las mayólicas y pude ver los zapatos negros y sucios de Roco, debajo de la puerta. Levanté los pies para que no identificara los míos, pero ya era muy tarde.

     Me cubrí la cabeza con los brazos: una tormenta de patadas había remecido la cabina de metal.

     – Sabemos que estás ahí, “Huevo duro” – amenazó Roco con otra patada rabiosa en la puerta.

     Abracé mi lonchera de Spiderman que contenía jugo, galletas y los huevos duros que mi madre empujaba en un tupper ware tan minúsculo como un salero.

     En ese tupper ponme gelatina, por favor, como a todos mis amigos, nunca más huevos duros, le rogué unas semanas atrás. ¿Y por qué, Tico?, se inquietó. Si tú lo que necesitas es proteína. Además, deberías estar orgulloso. Son de las gallinas de tu papá. ¿Sabes que son de doble yema? Tienes que ir a Chincha, a la granja, ¡empolvarte un poco!

     El próximo sábado voy con mi papá a que preparen el lechón en Chincha, le conté un poco desanimado. Porque a mí no me gustaba ir a la granja. Desde que llegábamos mi papá no paraba de regañar: “Aquí faltan cinco sacos de alimento, tienen que aparecer como sea, ¿quién me ha robado? ¿Otra vez bajó la producción de huevos?”, llevaba las manos a su frente morena y la frotaba como si la estuviese lavando.

     Pero lo que sí disfrutaba era el camino desde Lima hasta Chincha. El océano Pacífico, un enorme amigo azul que nos acompañaba casi todo el viaje, mientras sonaban las canciones de José Feliciano en la radio casetera: “Yo quiero estar contigo, óyeme, para vacilar…Yo quiero estar contigo, contigo y nada más, para vacilar, óyeme…”. Ese era el único momento en el que mi papá sonreía y relajaba la frente.

     Ese sábado la visita a la granja no fue nada desagradable comparada con la experiencia de ir al camal de Chincha. Ver una alcantarilla con un riachuelo de sangre de cientos de vacas, patos y chivos en el suelo, y negociar con un verdugo el precio de nuestro lechón, me sumergió en un silencio desde que salimos del camal hasta que llegamos a un barrio sin asfalto. El paso del auto levantaba un polvo que parecía despertar a todos los perros del vecindario. Como si se comunicaran, uno a uno iba saliendo de esas casas de adobe y ladraban hasta el cansancio.

     Mi papá estacionó el auto enfrente a una casa donde lo único que tenía color era un cartel con unas letras negras corridas, al estilo de Coca Cola, en medio de las franjas rojas y onduladas: “Restaurante Chung”.

     – Tico, vas a ver cómo cocina el lechón este chino –dijo, pasando saliva -. Aquí me traía mi papá, de niño – miró su puerta con cierta nostalgia-. Ay, se me hace agua la boca.

     No comprendía como podía darle ganas de comerlo, cuando él lo arrastró muerto por las patas traseras. Una nube de moscas pululaba sobre su vientre; las pezuñas, frías y mojadas, hedían a ese líquido amarillo que le salía por debajo del rabo.

     Concentrado en el peso del puerco, cerré mis nasales y entramos al restaurante. De repente fue como si hubiésemos pasado del día a la noche en un segundo. No había ventanas y la escasa luz que entraba por la puerta permitía intuir las mesas y las sillas. Un chino con gafas negras y la boca torcida en una arruga apareció por encima del mostrador y nos ordenó que lo siguiéramos. Atravesamos una cortina que conectó a una habitación más oscura aún que el restaurante.

      El dueño encendió la luz de una lámpara china, recibió el cerdo y lo arrastró hasta dejarlo al lado de un grupo de pavos despellejados.

     – ¿Cuánto me vas a cobrar, Chung? – preguntó mi padre, ladeando la cabeza –. ¿Y a qué hora paso por él?

     – Lo mismo de siempre, ya. A las diez está listo.

     – Oye, Chung, tú no perdonas ni por el Día del Padre. Hazme una rebaja, chino, yo vengo siempre – suplicó.

     Chung escribía concentrado en un papel, su mano amarilla estaba cubierta de cicatrices.

     – Mismo plecio, ya. A las nueve está listo – sentenció y me entregó el número cincuenta y ocho.

     Por la noche el mostrador del restaurante era un hervidero de gente: “El mío es el 33, un pavo”, “Chung, tú conoces mi chancho, es el 12”, “¡un cabrito, número 76!”.

     En una mesa larga de madera el chino Chung contaba el dinero. Su hijo, un niño con las mismas gafas negras de su padre y una camiseta de Los Angeles Lakers que le llegaba a las rodillas, recorría la larga fila de personas que serpenteaba hasta salir del restaurante.

     El chinito arranchó el ticket de mis manos y se fue como huyendo de mí.

     Ese fue el momento que mi padre estuvo esperando. Se puso de costado, con los puños cerrados adelante:

     – Tico, el cabezazo es algo simple. El secreto está en hacerlo rápido y concentrado. No le quites la mirada de los ojos a tu oponente. Nunca. Con tus manos lo agarras de las orejas y las tuerces, hacia atrás. ¿Para qué? Para golpear en la cara. Nunca en la frente, si no te partes la cabeza… – el impacto en mis sentidos al escuchar semejante salvajada, hizo que la voz de mi padre se ralentizara y veía sus movimientos como en cámara lenta -. Yo estudié en la Gran Unidad Escolar José Pardo y Barreda, aquí en Chincha – prosiguió, hinchando el pecho-. Así arreglábamos las cosas en el colegio. Era la única manera de hacerte respetar. ¿Hijo, me estás escuchando? – moví la cabeza de manera automática.

     Los gritos de la gente, que reclamaba animales como si fuese la pensión de su vida, interrumpieron las instrucciones de pelea callejera.

     – Esto no está avanzando. Anda y ayuda al chinito a buscar el lechón – ordenó mi padre.

     Al cruzar la cortina me quedé inmóvil. Apreté los puños y mis ojos se desbordaron al ver una habitación enorme, con el techo saturado de animales que colgaban de ganchos de metal. Era una especie de museo porque no se oía nada, como si los cuerpos muertos de esos animales hubiesen absorbido todas las voces de la gente del restaurante.

     De repente di un brinco y mi corazón se aceleró: había sentido en el cuello el pelaje tibio y aterciopelado de una cabra.

     Subido en una banca de madera, el chinito de gafas negras se cogía el estómago con las dos manos.

     – ¿De qué te ríes? – le espeté, pero no me respondió. Seguía concentrado en su tarea de cotejar el número de los papeles con el de los animales -. El nuestro es el “Cincuenta y ocho” – levanté la mano, pero tampoco dijo nada-. ¿Te puedo ayudar a buscar?

     Hizo una mueca de sonrisa.

     – No me gustan las actividades colectivas – dijo con seguridad -. Pero puedes buscar el tuyo – señaló el extremo de la habitación.

     Caminé hacia esos animales. Muy despacio. Con la sensación de no querer despertarlos. Sus lomos simulaban estar esmaltados con barniz.

     Apenas rocé uno con el hombro, comenzó a balancearse impactando a otros, y, en cuestión de segundos, vacas, pavos y cerdos se movían como péndulos. Un cordero sin cabeza embadurnó mi rostro de una salsa melosa y retrocedí. Apoyé la mano en una mesa y la otra en un cuerpo blando y tibio. Me volví a él y observé un cerdo enorme, mostrando los colmillos como si se riera de mí. Recordé a Roco, al desgraciado de Porky. Por mi estómago subió un fogonazo. Me lancé hacia él y lo jalé tan fuerte de las orejas que cayó al suelo, inerte.

     – Cincuenta y ocho, ¡lo encontré!

     De modo que, cuando las patadas a la cabina del baño cesaron, recién pude aflojar los brazos que abrazaban mi lonchera.

     — Pobre idiota, “Huevo duro”. ¿Creías que no te encontraríamos? El olor a huevo nos trajo hasta aquí — ironizó Porky. Sus compinches reían como hienas —. Ni tu Miss Cecilia te va a rescatar de ésta, así que pásame tu lonchera o tumbo la puerta.

     Al salir de la cabina me vi reflejado en el espejo que cubría toda la pared de los lavatorios. Por un momento tuve la impresión de estar en un patíbulo, a punto de ser ejecutado. Con el rabillo del ojo observé que ingresaba más gente al baño.

     Le entregué mi lonchera de Spiderman y Roco la puso en el suelo. Cual boxeador movía la cabeza, los hombros y se rascaba con fuerza esas manchas coloradas de su cuello.

     Caí de espaldas al suelo después de un empujón.

     Puso sus manos en la cintura como si fuese a ejecutar un penal, dio unos pasos y la pateó con tal fuerza que se partió en dos. Al ver las partículas de mis huevos duros regadas por el suelo, sentí como si el esfuerzo de mi padre, sus viajes a Chincha para supervisar la granja, las madrugadas cansadas de mi madre haciendo la lonchera, también los hubiese regado.

     De un salto me puse de pie.

     Luego de unos segundos observándolo, las orejas se calentaron y mi cabeza se clavó en su pecho.

     Porky se burlaba, pero yo seguía empujando, esperando que, en algún momento, no sabía de qué manera, mi cabeza impactara su rostro.

     De pronto, llovieron las imágenes del lechón en mi cabeza. ¡Cincuenta y ocho!, grité, y mi brazo derecho impactó su mejilla. El baño enmudeció.

     Porky se cubrió la cara y antes de que reaccionara solté el brazo izquierdo. En ese instante me cogió el cuello con fuerza y mis manos apretaron su barriga, como unos ganchos que prensaban unos intestinos llenos de grasa.

     Casi no podía respirar cuando vi que, afortunadamente, aparecieron los brigadieres y nos separaron.

     Puse mis manos en las rodillas.

     Mis respiraciones, rápidas y cortas como las de un bóxer, llenaron mis pulmones de una adrenalina que parecía oxígeno mentolado.

     — ¿Otra vez, tú, Roco?, te llegó la noche — dijo uno de los brigadieres, y se lo llevaron a la Dirección.

     Casi siempre la temperatura del día era tibia en el momento de la salida del colegio. Después de una mañana neblinosa y fría en Miraflores, el sol parecía extender su mano y calentar todo el distrito, antes de ponerse en el mar.

    No obstante, esa tarde yo solo estaba pendiente de la llegada de mi padre.

     — ¿Cómo te fue, Tico? — preguntó cuando entré al auto.

     En el momento que le iba a contar escuché el chirrido de un freno, mi cuerpo se estiró hacia adelante y el cinturón de seguridad me devolvió al espaldar del asiento.

     — Éste es un idiota, ¡avanza! — exigió mi padre, sacando la mano por la ventana.

     El sujeto bajó del automóvil y comenzó a gritar. Los gestos y su cuerpo se agitaban al mismo tiempo de lo que iba diciendo. Mi papá abrió la puerta, lo llevó a la calzada y le dijo otras cosas que no escuché.

     Salí del auto para ver qué tan grave había sido el choque. De pronto vi que, a través del espejo del copiloto de ese vehículo, Porky me observaba con el ceño fruncido.

     Me acerqué a él, sin embargo, su ventana estaba cerrada. No tenía el gesto del cowboy matón de la comedia para adultos. En cambio, sí, los mofletes rosados y tristes. La nariz grande y achatada de botón gigante, como la del cerdo de mi comic favorito.

     Pero lo que más llamó mi atención fueron sus manchas coloradas en el cuello. Más rojas de lo normal, era como si ardiesen en carne viva. En ese instante comprendí que Roco no tenía ninguna alergia. Tampoco un abuelo noruego.

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