Este domingo he de participar en la maratón organizada por Radio Programas del Perú. Es una tradición familiar y amical que ya lleva varios años. No obstante, debo aceptar mi perfomance de corredor intermedio, alguien que hasta ahora no ha disputado algún lugar especial entre los mejores. Qué importa. Lo que interesa – me digo – es el orgullo de llegar a la meta. Al menos con eso nos justificamos los que sabemos que no tenemos chance.

He corrido en las buenas y he caído más de una vez en el camino. También hubo veces en las que ya había llegado caído, es decir, con los ánimos por los suelos e, igual,  he corrido. He llegado a la meta sin mayor grandeza, cuando ya los campeones celebraban desde el podio de los ganadores, pero he llegado. Quienes hayan participado en estas competencias sí entenderán el esfuerzo que hay que hacer para insistir en la carrera cuando ya las piernas no parecen responder a las otras partes del cuerpo y la fatiga parece una mole que aplasta nuestro agotado cuerpo.
Sin embargo, esos triunfos silenciosos, personales son, obviamente, tan íntimos que pasan desapercibido para una inquebrantable tribuna que vitorea a los ganadores de medallas. Ese tipo de hazañas se comparte silenciosamente con todos los otros que llegan con uno. A veces se levanta la mirada mientras se recupera el aliento y se mira con respeto a esos que van llegando impulsados con los últimos residuos de combustible que succionan ya del alma. Basta una mirada para compartir la humilde hazaña. Pero se llega a la meta y eso es lo que cuenta.
Ahora bien, no creo que alguna vez llegue a la hazaña de Dorando Pietri quien se hizo famoso por una desastrosa carrera que ganó y, luego, perdió por descalificación. Fue la derrota más gloriosa. Tanto que lo hizo famoso para siempre. Les dejo el video. Y ya veremos cómo me va en esta maratón.

 

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