CUENTO DE NAVIDAD

 

CUENTO DE NAVIDAD 
 
Ríchar Primo

 

Habían instalado un gigantesco árbol de Navidad, uno que abarcaba los tres niveles o pisos en los que estaba divido el Centro Comercial y que se elevaba majestuoso por entre las escaleras de eléctricas. Desde el primer nivel, apenas si se podía ver la cima del árbol y casi nada de la estrella luminosa que adornaba su cúspide: apenas un destello impreciso; pero, a cambio, el público que paseaba por el primer piso,  sí podía contemplar los regalos, o al menos las cajas que simulaban ser regalos y que estaban envueltas con papeles llamativos y lazos de todo tipo y color: los había de todos los tamaños y hasta de formas. También podían admirar el gran e impresionante nacimiento de tamaño natural y las demás ornamentaciones que adornaban la base. Algunos se quedaban un largo rato mirando el paisaje navideño que habían montado los decoradores del Centro, pero la mayoría se desplazaba apurada hacia el interior de las tiendas. Era 23 de diciembre y las puertas del Jockey Plaza habían sido abiertas desde las diez de la mañana, aunque ya mucha gente había estado esperando desde hacía un par de horas. Claro, ese era un escenario común en los días previos a las fiestas de fin de año: el furor por las compras navideñas, desde hacía unos días, se había desatado por completo en toda la ciudad.
José Navarro había sido de los primeros en llegar, pero esperó a que se despejaran las entradas para luego ingresar cuando hubiera menos congestión. Anita Saravia, su enamorada, le había pedido que lo esperara en el Jockey, en la segunda rotonda, precisamente en donde habían colocado el árbol gigantesco. Pudo haberla esperado bebiendo algo en una de las cafeterías cercanas, la mayoría tenía mesitas en el pasadizo y hubiera sido más cómodo observar desde allí cuando ella llegara, pero esa mañana José se sentía demasiado ansioso como para esperar sentado.
Aunque la principal razón para esa cita era comprar los regalos para los parientes y luego almorzar, José sabía que tendría que aprovechar la oportunidad para decírselo de una vez, era inevitable. Había estado ocultando la noticia por varios días, y era eso, precisamente, lo que lo estaba fastidiando. Su novia tendría que saberlo de una vez. Miró su reloj y dedujo que ella, como siempre, iba a hacer uso del rango de treinta minutos de tardanza que solía tomarse desde que estaban juntos. Sonrió tenuemente y decidió entretenerse mirando las vidrieras de las tiendas que estaban más cerca.
Había conocido a Anita hacía un par de años, justamente en diciembre, pero de los primeros días, cuando aún el alboroto por las compras navideñas no se desataba. Aquella vez había salido a almorzar y el restaurante a donde solía ir estaba atiborrado; pero ese mediodía, por suerte, había logrado conseguir una mesita junto a la ventana, una desde donde se podía ver la Vía Expresa. Fue entonces cuando la vio entrar: linda, vestida con el uniforme azulado que identificaba a los de su banco. Ella miraba decepcionada hacia el interior del restaurante. Obviamente no había mesas disponibles. Era la hora en que todos los empleados de las muchas oficinas que abundaban por Canaval y Moreyra tenían su hora de refrigerio. José vio su rostro apenado, sus grandes ojos auscultando inútilmente el lugar y entonces tuvo su mejor arrebato desde hacía mucho tiempo: levantó la mano para llamar la atención de Anita y luego se le acercó para sugerirle que compartieran la mesa. Ella lo miró, caviló unos segundos y, luego, como si hubiera descubierto algo familiar en la cara turbada de José, le sonrió y aceptó la invitación. De allí en adelante almorzaron juntos por mucho tiempo, hasta que Anita – meses después –  fue transferida a otra sucursal del Banco, una agencia que estaba por Miraflores. Sin embargo,  eso ya no importó mucho porque, para esa época, ellos ya eran pareja desde hacía muchos meses.
– Lo siento, lo siento – le dijo Anita, que había aparecido repentinamente – se me hizo tarde.
– No importa, amor – le dijo José -, no importa.
Le dio un pequeño beso en los labios, la contempló muy rápido, luego le pasó el brazo por los hombros y le indicó sutilmente que caminaran. El público que se desplazaba por el Jockey ya había aumentado, pero aún no llegaba a congestionar los corredores del lugar como seguramente lo haría más tarde. Ana lo miró un tanto extrañada. Por lo general, había un leve reclamo sobre su tardanza, a veces un par de bromas y, finalmente, otro beso que ponía fin al asunto. Sin embargo, esa mañana José parecía estar algo distraído y sin ganas de repetir la escena. Ella, entonces, solo se dejó llevar. Usaba un pequeño y coqueto sombrero de fieltro azul que escondía su corta cabellera y se había envuelto el delicado cuello con una pashmina turquesa. Aunque José no se había percatado, algunos gestos en el bello rostro de Ana revelaban que también algo la perturbaba.
– ¿Quieres una bebida antes de ir por las tiendas? – preguntó él. Ya habían encendido la música ambiental en el Jockey y la tonada de los villancicos pareció acelerar un poco más el ritmo de los clientes y vendedores.
– Sí, buena idea – dijo ella.
Se sentaron en una de las mesas exteriores del Starbucks, pidieron un té para ella y un café para él. ¿Té? Exclamó José algo sorprendido y Anita, algo ruborizada, señaló: Imagínate. Luego agregó:  Y puede que deba dejar el café por un tiempo. Sin embargo, José no prestó mucha atención a lo que había anunciado Anita, a pesar de que ella había usado un tono en clave que él solía captar cuando estaba más atento a la conversación. Ella lo miró con curiosidad. Luego hubo un silencio momentáneo, como si cada uno estuviera reflexionando en lo que tendría que decir después. Habían aparecido algunos hombres disfrazados de Papa Noel que discurrían por los corredores y agitaban, de tanto en tanto, sus campanas saludando por Navidad.
– Tenemos unas tres horas para hacer las compras – dijo José -. ¿Crees que nos alcance para comprar todo?
– Lo vamos a intentar – le respondió ella -; tampoco son muchos los regalos que debemos comprar, ni vamos a ser tan selectos, ¿no?
– Cierto. Ni tampoco deberíamos gastar tanto
– No – dijo Ana -, claro que no.
Cuando llegaron las bebidas, se distrajeron un rato con el azúcar y con los primeros sorbos. Por momentos, José arrullaba con una mano los largos y delgados dedos su novia, mientras que, con los dedos de la otra mano, tamborileaba lentamente sobre la mesa. Ana, por su parte, contemplaba a ratos a su pareja y luego, también parecía perderse en sus propias preocupaciones. En otra mesa del café, muy cerca de ellos, una señora joven arrullaba a su bebé y, de tanto en tanto, indagaba con la mirada por los alrededores como si esperara ansiosa la llegada de un conocido. Una carriola azul estaba estacionada cerca de ella. A todas luces se notaba que era su primer bebé y que todo lo que estaba viviendo era reciente y complicado, aunque agradable. La manta que envolvía a la criatura tenía estampados con alusiones a la Navidad. José sonrió: el espíritu navideño se había desatado. Luego, repentinamente, su sonrisa se ensombreció cuando recordó lo que le estaba sucediendo y lo que tenía que contarle a su novia.
– Debemos hablar – le dijo Ana -. Tengo algo importante que decirte – agregó -, y necesito que me escuches con mucha atención.
Las palabras de su novia lo tomaron por sorpresa, y solo atinó a decir:
– Por supuesto – luego, acotó inmediatamente -. Aunque yo también tengo algo que debo contarte.
Desde la otra mesa, llegaba el ruido de una sonaja con la que la joven madre distraía a su bebé: era un repiqueteo que parecía concertar con los villancicos. Ana parecía no haber escuchado la última acotación de su novio.
– Te escucho – le indicó José.
– Primero necesito decirte algunas cosas – agregó ella – y después necesito tener en claro lo que tú tenías pensado sobre nosotros. ¿Entiendes?
José afirmó con un movimiento de cabeza. Seguía sorprendido. En la voz de Ana, para entonces, había un tono más grave.
– Tienes que saber que yo no tuve la intención de hacerte esto – dijo Ana -. Sé que somos adultos y que debemos ser responsables de los que hacemos.
– No te entiendo.
– En un momento lo vas a entender – lo cortó ella. Miró a la mujer que entonces acunaba al niño. Suspiró profundamente. Luego caviló por unos instantes -. Hemos estado juntos por dos años y sé que todo había estado saliendo de maravilla, ¿cierto? – José afirmó con la cabeza aún desconcertado -; sin embargo tú nunca has sido claro sobre nuestro futuro – volvió a callar otro instante, como buscando las palabras adecuadas para lo que tenía que decir a continuación -. Yo no me había dado cuenta de todo esto hasta hace unos días, sabes. Solo después de hablar detenidamente con una persona y que me dijera lo que me dijo, me di cuenta de que tú y yo aún no habíamos planteado ningún futuro preciso para nosotros.
– ¿Cómo que no? – la interrumpió José -. Hemos hablado de nuestras carreras, de viajar, de casarnos en algún momento.
– Hemos hablado de lo que hablan todos los enamorados, José – lo cortó ella -. Solo ligeramente, solo palabras lindas, pero, en verdad, nada concreto.
– Pues, Ana, no entiendo bien a dónde quieres llegar con todo lo que estás diciendo – José se puso rígido, palideció un poco -; pero, por lo visto, no me va a gustar mucho.
– Puede que no, José – dijo ella -. Eso es lo que temo.José sintió entonces que todo en su vida estaba por descender un nivel más y que, ahora sí iba a tocar fondo. Sintió que esa mañana de diciembre, en pleno apogeo navideño, algo se iba quebrar en su destino dramáticamente. El ramalazo de un estremecimiento de fatalidad asoló todo su cuerpo. ¿Cómo podía ser? ¿Anita? ¿Su Anita iba a dejarlo? Por un momento pensó en levantarse de inmediato y marcharse sin esperar más explicaciones. Pero el peso de sus temores lo mantuvo sentado, totalmente inerte. Ella ahora había vuelto a mirar al bebe de la joven mujer. La criatura se había liberado de la manta y agitaba las manos alegremente. José notó que un mechón del cabello lacio y castaño de Anita se había escapado del sombrero con el que ataviaba su cabeza. Desde ese ángulo, él pudo apreciar todo el esplendor de ese bello rostro que ya estaba empezando a extrañar. La pashmina alrededor de su cuello largo y sonrosado, la casaca también azul desabotonada con gracia, hasta insinuar una discreta entrada hacia sus tiernos pechos. Ana era la mujer de su vida, de eso estaba seguro. Sin embargo, pudiera ser cierto que no se lo hubiera dicho a ella con la suficiente contundencia. Tal vez no habían sido suficientes los gestos y los detalles que había tenido en esos dos años para con ella, quizás era cierto eso de que hay sentimientos que se deben declarar en palabras claras y explicitas. Pero, aun así, eso no podía justificar que lo fuera a dejar sin haberlo conversado por lo menos. Ana volvió el rostro hacia él para mirarlo fijamente, y él creyó advertir, de pronto, que esos ojos acaramelados aún lo miraban con ternura. Definitivamente, ella era la mujer de su vida aunque ahora lo estuviera confundiendo rematadamente.

– ¿Quieres que continúe? – le dijo ella
– Tú, ¿quieres continuar? – Respondió él – ¿Estás segura?
– No hay de otra, José; pero como vi que te desencajaste, quise esperar un poco.
– ¿Cómo quieres que me ponga, querida? ¿Te parece poco?
– Pero si aún no te he contado la noticia, amor.
¿Amor?
José se sintió, ahora sí, más confuso todavía. Ana era una mujer muy centrada, de ello estaba seguro, pero en esos momentos ella lo estaba embrollado por completo. ¿Amor? Entonces de qué iba el asunto. Estaba confundido. Su novia era una mujer tan sensata que José esperaba, más bien, que esa mañana, cuando él dijera que – lamentablemente – él había perdido el trabajo y que todo lo que tenía planeado se le frustraba, iba a encontrar en ella las palabras que lo reanimaran. Había previsto contarle todas sus cuitas ese día: que hasta que obtuviera otro buen empleo, todo se le detendría por un tiempo, que se paralizaban los trámites de su titulación, el proyecto que había diseñado con un amigo para un negocio y otras cosas más. Sin embargo, no iba a decirle, lo más importante de todo, que hasta antes del despido había pensado pedirle que se fueran a vivir juntos. Eso definitivamente se lo iba a callar hasta que llegaran mejores tiempos. En fin, había supuesto que después de contárselo todo – menos lo de irse a vivir juntos – y aun cuando la fiestas de Navidad no fueran un buen momento para sus congojas, ella lo iba a ayudar a encontrar la salida. No obstante, luego creyó entender que Ana le anunciaba el fin de su relación, y el mundo se vino abajo; después, repentinamente, sus ojos acaramelados lo estaban mirando con ternura, y volvía a llamarlo amor. Sí, Ana era la mujer de su vida, pero esa mañana lo tenía desconcertado.
– Estoy embarazada, José – exclamó Ana.
El hombre se quedó quieto. Por un momento el sonido monótono de los villancicos dejó de oírse y el ajetreo de los caminantes se hizo lánguido. Ella se llevó ambas manos hacia el rostro y luego apoyó la su cara sobre las palmas.
– Sé que no estaba planeado – agregó.
– ¿Vamos a tener un bebé? – preguntó José mientras su rostro recuperaba el color.
– Sí – dijo ella
– Vamos a tener un bebé – volvió a repetir el hombre ahora casi sonriendo
– Y ahora, ¿qué va a pasar? – preguntó ella.
José miró a su alrededor y se percató de que la joven madre ahora le sonreía a un hombre que acababa de llegar a su lado. Vio cómo ambos volvían a mirar a su criatura como si aún estuvieran descubriéndole nuevos rasgos. Las otras mesas ya se habían ocupado también y en los corredores del Centro Comercial el ajetreo había aumentado.
– Lo primero que debemos hacer – dijo, como si estuviera disfrutando de cada palabra – es comprarle a nuestro bebé su primer regalo de Navidad.
Se tomaron de las manos, y no sintieron la necesidad de decir más. Después de un rato, los dos iban de la mano subiendo por las escaleras eléctricas del Jockey.
– A propósito – le preguntó Ana – qué era lo que me ibas a contar
– Nada importante – le respondió José y sonrió.

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