La cultura contemporánea ha perdido este martes veintisiete a uno de sus escritores más controvertidos y prolíficos, el norteamericano John Updike.Las primeras noticias me llegan a través del cable difundido por La agencia AFP:

El escritor fallecido a los 76 años, realizó en decenas de novelas y relatos cortos un minucioso retrato de la clase media norteamericana de la posguerra. Ganador de dos premios Pulitzer, en 1982 y 1991, por novelas de su famosa serie sobre el personaje “Rabbit” (Conejo), Updike era considerado uno de los mejores escritores estadounidenses actuales. En más de medio siglo de carrera literaria y unos 60 libros, publicó relatos cortos, ensayos, poesías y 25 novelas, incluida la tetralogía Rabbit (“Corre Conejo”, “El Regreso de Conejo”, “Conejo es rico” y “Conejo en Paz”).

En 1968, su libro “Couples” (Parejas) desató controversias al describir los cambios de costumbres de la liberación sexual en Estados Unidos, mediante una fina observación de la complejidad humana detrás de las apariencias.Sus obras de ficción, poemas y ensayos revelan un interés persistente por las cuestiones filosóficas, morales y religiosas, vistos desde el punto de su afianzado protestantismo.El estilo de Updike es a la vez cáustico y accesible, cualidades que agudizó desde sus numerosas contribuciones para el semanario The New Yorker. Su obra abarca temáticas muy variadas, pero la imagen general que se desprende es una pintura de la vida suburbana y de las pequeñas ciudades del Estados Unidos blanco y protestante.”Las tres cosas sagradas en la existencia humana son el sexo, el arte y la religión”, escribió una vez este nieto de ministro presbiteriano.

De otro lado encuentro una entrevista publicada hace poco en el diario español El País en donde Updike da cuenta de su vida de escritor y de sus ideas con respecto a su oficio: Llevo una vida muy sencilla, con un horario muy rígido que he mantenido siempre: me levanto muy temprano y me encierro a escribir hasta la hora del almuerzo. Desde el principio de mi carrera he procurado vivir de la escritura. Jamás he ejercido ningún otro oficio, ni siquiera la enseñanza, como hacen tantos escritores. Así que no tengo ninguna excusa, estoy condenado a escribir.

Cuando tiene que hablar de géneros literarios reconoce que la poesía lo conmueve, pero que nunca tuvo pretensiones de poeta: No hay nada comparable a la sensación de tener dentro un poema que puja por salir, cosa que no pasa siempre, por supuesto. He publicado seis o siete volúmenes de poesía, pero no tengo grandes pretensiones como poeta. Con los cuentos es distinto, un cuento es algo rápido e intenso, como tomar una instantánea de la realidad. Desde el punto de vista creativo, el relato no exige tanta inventiva como la novela, no implica la creación de un mundo completo. La crítica y el ensayo son un aspecto muy importante de mi actividad como escritor. Empecé hace muchos años, y entre otras cosas, es una manera de mantener viva mi presencia en The New Yorker. Es un ejercicio saludable, me obliga a leer libros que de otro modo no leería, y me mantiene en forma como lector.
Les dejo unos fragmentos del texo “Hacial el final del tiempo” que encuentro en la página El poder de la palabra: Algún día yo seré olvidado, como disuelto en fango sólido, como vuestro gruñidor, lujurioso, hambriento hombre de Neanderthal con los huesos rotos. (…). Somos los pastores de nuestros cuerpos, que son animales tan estúpidos, peludos y repugnantes como el ganado. La muerte nos liberará de esta responsabilidad.

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