EL  HALLAZGO DEL FARDO FUNERARIO

Finalmente lograron atravesar la alambrada de seguridad que cercaba la abandonada huaca de Maranga. Lo consiguieron a duras penas: deslizándose por debajo de los alambres y rasguñándose con las púas oxidadas.   Estaba hecho, habían cumplido con el desafío de introducirse en las ruinas de lo que alguna vez había sido una importante ciudadela preincaica, aunque, ahora, el lugar parecía   apenas una sucesión de dos lomas abandonadas y polvorientas en cuyas laderas apenas se veían algunos devastados muros de adobe, tapiales carcomidos y retazos de paredes terrosas.

Una vez que estuvieron dentro de las ruinas, se agazaparon sigilosamente detrás de un montículo de piedras hasta estar seguros de que no había ningún vigilante en la caseta de madera emplazada en un extremo de la huaca, cerca de la primera pirámide, la que parecía más enterrada por el polvo de los siglos.  El viento frío del otoño, a esa hora, soplaba suavemente, aunque con la suficiente fuerza como para levantar, de tanto en tanto, una ventisca de tierra.

César, Aníbal, Renato y Javier, luego de unos minutos de espera, confirmaron que nadie vigilaba el lugar. La caseta de vigilancia era solamente un cubículo de madera abandonado, con techo de calamina oxidado y una pequeña ventana descuadrada.  Respiraron aliviados, se alegraron, se dieron palmadas de valor y entonces se dispusieron a continuar con su aventura.  Antes de iniciar el ascenso por una de las laderas, observaron (apenas con la amplitud que les permitía la penumbra) los restos de la carcomida y antiquísima ciudadela preínca que dormía delante de ellos. Pudieron distinguir el tramado de senderos plomizos que se ramificaba por las laderas y circundaba las desahuciadas edificaciones. Las sombras de la noche les generaban la ilusión de que los muros y parapetos de la huaca eran formas humanas agazapadas en la oscuridad. Sintieron algo de temor, pero igual, iniciaron la expedición. Comprendieron que era obvio que sintieran aprensión. Después de todo habían irrumpido en lo que, alguna vez, según les dijeron, había sido una ciudad efervescente de vida y de muchos secretos que aún se mantenían ocultos entre sus entrañas. Un olor a tierra seca circundaba en el ambiente y se hacía más denso en la medida que avanzaban.

Poco después, los cuatro parecían sombras sigilosas que ascendían, casi reptando, por uno de los estrechos caminos que subían por la ladera más empinada, esta vez, la segunda la pirámide, la más grande y empinada. Habían terminado por elegir el camino más encaramado porque era el modo más directo y rápido para alcanzar los murallones más conservados de la huaca, los que estaban en la cumbre. Solo después de alcanzar la cima, luego de sentir que habían alcanzado el punto más alto, comenzarían a buscar alguno que otro vestigio que demostrara que sí, que efectivamente habían estado caminando entre los escombros de ese misterioso lugar que en el presente solo era conocido como la huaca de Maranga.

La soledad que abrumaba el lugar era tan intensa que, a ratos, se sintieron sobrecogidos por tanta desolación. Cuando, finalmente, alcanzaron la cumbre, estuvieron tan agotados que se dejaron caer sobre el suelo a descansar, de cualquier modo. Dos de ellos se acomodaron cerca de unos derruidos tabiques de adobe; los otros dos apoyaron sus espaldas en unos restos de graderías de adobe que aún subsistían en la pequeña explanada. Desde ese lugar, el más alto de la huaca, pudieron tener una panorámica de ese lado de la ciudad, del lado oeste de Lima: Pueblo Libre.  Descansaron un buen rato sin decir palabra. César y Javier tenían la mirada enfocada en la telaraña de luces amarillentas que, a la distancia, seccionaba la zona urbana de Lima como si fuera un enorme y refulgente tablero de ajedrez. Aníbal y Renato, en cambio, echados de espaldas, se concentraron en contemplar el velado cielo limeño: una bóveda oscura, sin estrellas, y con un retazo de luna en cuarto menguante apenas visible entre la nubosidad propia del otoño.

La extraña idea de introducirse en la huaca de Maranga había comenzado algunas semanas atrás, luego de escuchar, tantas veces, las extrañas narraciones del Chamán de Végueta sobre los muchos secretos que se ocultaban dentro de los antiguos muros de todas las huacas que aún subsistían en toda la anchura de Lima. Y hay tantas en la ciudad y todas están llenas de secretos, que ni se imaginan, les dijo el Chamán más de una vez.  Y es que el mundo, de este lado de la tierra, antes de la llegada de los conquistadores era diferente; la vida y la muerte se entendían de otra manera; había otros poderes que conducían el bien y el mal de otros caminos.  Ustedes y todos los demás no tienen idea, porque todo ello ahora yace escondido en las entrañas de las huacas, en las tumbas en donde descansa cada cacique, cada sacerdote, cada chamán que se llevó la memoria de aquellos tiempos. Eso es lo que hay en los lugares que ahora llaman ruinas tan ligeramente, pero no solo eso, también están las muchas hermosas piezas de adoración hechas de finos metales, joyas que los conquistadores nunca pudieron encontrar por más que lo intentaron.  Y pensar que hay quienes quieren destruirlo todo, sin haber entendido lo que se podría perder. ¿En serio, chamán? ¿No nos estás palabreando? ¿Tanto así? ¿En serio?  ¿Por qué los querría engañar? ¡En todo caso, averígüenlo ustedes!

Al final,  tantas historias sobre antiguas ciudadelas preíncas,  misterios furtivos,  relatos de dioses extraños, maldiciones antiquísimas y enigmas escondidos en las  entrañas de cada  ruina arqueológica,  habían encendido su curiosidad.  Aunque también había influido en ellos que la huaca de Maranga hubiera sido el lugar por cuyos alrededores habían caminado muchas veces en su adolescencia, cuando gastaban las horas de la noche felices y vagabundeando por la ciudad. De algún modo u otro, la huaca de Maranga había estado presente en su vida.

Así pues, incitados por los recuerdos de la adolescencia y por los relatos del Chamán de Végueta decidieron irrumpir dentro de aquellas ruinas para buscar, finalmente, los mentados misterios y leyendas de ese antiguo mundo preincaico del que – aparte de lo que les había contado el Chamán – apenas si habían escuchado cuando estuvieron en el colegio.   Habían acordado llevarse todos los objetos arqueológicos que pudieran encontrar en su incursión, lo que fuera, lo que sirviera como una prueba de que habían caminado entre los espíritus de aquel mundo sin que les hubiera pasado nada.

Luego de unos minutos de descanso, Aníbal sugirió que debían continuar.  Renato dijo que tenía razón y se incorporó de inmediato. Javier y César acataron la sugerencia con cierto desgano. Se levantaron pesadamente. Javier contempló todavía un poco más el paisaje nocturno y luminoso de la ciudad.  «Qué grande es Lima», exclamó antes de seguir al grupo. Las  ropas de todos estaban totalmente empolvadas y sus rostros se mostraban cansados. Aníbal miró su reloj.  Ya había pasado la medianoche.

Tal y como lo habían planeado, para comenzar con la exploración, descendieron por el lado más inclinado de la pirámide mayor.  De nuevo eran cuatro sombras que se movían casi a tientas. Bordearon, otra vez, algunos corroídos murallones, casi sin reparar en ellos.  Pasaron por entre los desvencijados cercos de adobe que alguna vez fueron los grandes paredones de aquella  ciudad que, alguna vez,  había sido poderosa, según habían escuchado. Una fortaleza desde donde se gobernó casi toda la costa central en tiempos anteriores a los mismos incas. Eso sí lo recordaron de alguna lección del colegio.  Avanzaron saltando tapiales  y luego  se escurrieron   a gatas por los   estrechos conductos que el tiempo había taladrado entre las añejas paredes de barro. Después  siguieron avanzando entre más murallas y  más tapiales: todos corroídos por el tiempo. Algunas de esas paredes eran apenas pedazos  de adobe incrustados en el suelo como dientes rotos dentro de las encías del cerro.

Finalmente atravesaron la sección más enmarañada del lado sur de la  pirámide. En medio de esa soledad penetrante, comprendieron  la razón por  la que la gente evitaba caminar por aquellas inmediaciones por las noches. La huaca de Maranga era una sucesión de dos pirámides tan envejecidas que parecían dos colinas sombrías, erizadas de carcomidos murallones de adobe, y separadas de la ciudad  con  oxidadas alambradas.  De noche parecía un espectro imponente y tenebroso,  aprisionado  entre los distritos de Cercado y San Miguel,

–          Esa pendiente es la  más difícil – dijo Aníbal -. Seguro que por allí  los huaqueros  no han buscado mucho.  Es la zona  más abandonada, fijo que allí   vamos a encontrar algo que valga la pena.

Aunque hubo un tiempo – hacía ya mucho – en el que pareció que los pocos restos de  aquella ciudadela preínca  iban a desparecer por completo. Aquello fue cuando  una constructora llegó   con la insólita  idea de pasarle el tractor a todo el lugar. Se decía que, previamente, se habían comprometido a embalar cuidadosamente todos los huacos, esqueletos y demás cosas que se pudieran encontrar y enviarlos inmediatamente a los museos.  Solo entonces  iniciarían  la edificación de un gran complejo de viviendas. De alguna manera se la habían ingeniado para conseguir los permisos para ese proyecto. Por supuesto que no todos estuvieron de acuerdo. Para algunos,  aquello era un atentado contra el pasado de la ciudad.  Hubo reportajes en la televisión y mucha presencia de fotógrafos  en las inmediaciones, algunas marchas de protesta  de conservacionistas con cartelones que reclamaban respeto para los restos arqueológicos. No obstante, el proyecto siguió avanzando y, poco después,  se hicieron presentes muchas cuadrillas de trabajadores con sus cascos de seguridad anaranjados y bastante maquinaria de construcción. Trabajaron tan febrilmente que muchos se resignaron a la inevitable desaparición de la huaca de Maranga.

Sin embargo, un día,  de un modo  igualmente misterioso, la constructora desapareció del escenario. Se rumoraba  que habían perdido la autorización del Estado por  culpa de un accidente, con muertos incluidos; otros especularon que fracasaron por los cambios políticos de la época; y hasta hubo un secreteo,  que luego se hizo leyenda urbana: unos de los financistas, el que más dinero estaba invirtiendo, se había vuelto loco por las muchas pesadillas que había sufrido. Lo cierto es que nunca se supo a ciencia cierta por qué se retiró la constructora. De pronto, un día se detuvieron las obras, poco después se desmontaron las grúas,  se llevaron sus maquinarias y todo volvió a ser como era antes. El paisaje  de  la antigua huaca de Maranga regresó a su soledad  y volvió a  languidecer,  como siempre,  cercada por una larga valla de alambre que bordeaba toda la fortaleza y que, con el tiempo, volvió carcomerse por la herrumbre del olvido y la humedad de Lima.

El Chamán les había dicho  que dentro de la huaca de Maranga, en especial,  aún había muchos secretos oscuros y muchas almas que se habían quedado en el limbo porque no habían  resuelto sus asuntos con la vida. Sobre ellos había caído una maldición  y por esa razón nunca iban  a poder descansar completamente.  «Quizás por eso en Lima  había tanta mala vibración y todo parecía estar yéndose a pique siempre», les había manifiesto en más de una ocasión. Sin embargo, la huaca de Maranga no solo generaba malos augurios por las ideas que propagaban personas como el Chamán, la huaca también estaba signada por otra  leyenda muy extendida y más atractiva. Una en la que se  contaba  que  en sus honduras  aún se escondían riquezas que habían esquivado a todos sus buscadores por muchos siglos. « Hay que ir, muchachos, hay que atreverse », se motivaron.  Se decía que los huaqueros se habían cansado de buscar esas riquezas desde hacía muchos años, pero el mito se había mantenido. Escondido dentro de algún recóndito lugar de la huaca, aguardaba un tesoro milenario. « Y si no hay joyas, cualquier vasija o pedazo de algo que pudiera ser bien pagado por algún coleccionista », había acotado Aníbal esa vez: «Amigos, nosotros vamos a entrar y la vamos a hacer».

César, que parecía menos cansado, se había adelantado un poco para observar con más detenimiento un camino escalonado que descendía varios metros hasta una explanada que se veía algo borrosa, aunque se alcanzaba a  percibir que,  más abajo, había un pampón bastante amplio,  rodeado por unas murallas algo más conservadas.  Estuvo a punto de resbalar un par de veces mientras descendía por las gastadas graderías. Los peldaños de adobe estaban muy carcomidos  y apenas si se diferenciaban del tobogán de tierra que también bajaba hasta la  explanada.  Al ver que César descendía casi arrastrándose,  los demás lo siguieron.

Poco después, los cuatro descendieron hasta la explanada y se detuvieron en lo que, efectivamente,  parecía haber sido un gran patio amurallado.  Las paredes que lo cercaban, efectivamente, parecían  un tanto más conservadas. Cuando César iluminó aquellos  muros térreos con su  pequeña linterna, descubrió  que en sus paredes aún se conservaban algunos relieves,  de formas extrañas, que los antiguos pobladores habían esculpido.

–          Son  como rombos, y dentro de los rombos, rostros  de personas con gestos aterrados-  dijo  Javier que se había ubicado detrás de  César.

–          ¿De qué hablas? –  preguntó César.

–          Mira bien – respondió  -, esas salientes de barro tienen forma de  caras humanas, ¿te das cuenta?

–          Más bien parecen monstruitos  – acotó César, intentando hacer una broma. Aunque su voz delató, más bien, cierta aprensión.

–          Este era el patio de los castigos – terció entonces Renato que había aparecido repentinamente detrás de ellos -. Por eso labraron esas caras en las paredes,  para que quedara como un testimonio de lo que había pasado en este lugar. Era la manera de guardar su historia.

–          O sea que aquí los ejecutaban.

–          Así es.

–          Vaya que eran que unos retorcidos – exclamó César.

–          Eran sus costumbres – dijo Renato –.Traían a sus prisioneros hasta aquí,  hombres aterrados. Quién sabe si los dejaban defenderse o de inmediato los llevaban a la plataforma que estaba por allá y los ahorcaban,  como castigo.

–          O como sacrificio a sus dioses – dijo Javier.

–          También, puede ser.

–          Y tú qué eres ahora, ¿arqueólogo? – inquirió  César,  otra vez a modo de broma, y otra vez, con un timbre de voz confuso. Renato lo miró inexpresivo. Luego:

–          No, claro que no, payasito. Solo que en estos días he estado leyendo sobre todo esto  – .Calló por unos instantes. Luego suspiró –… Y todo por culpa del Chamán y sus historias.

El Chamán les había contado que hacía muchos siglos –  antes incluso que los incas –  habían vivido pueblos poderosos  en toda la costa central, en toda la zona que luego  sería la gran ciudad de Lima,   y  que ellos habían construido grandes ciudades  de barro y que se habían expandido por toda el  litoral y que habían sido  poderosos no solo por sus armas y su gente fiera:  gente  que mataba usando ondas y macanas de piedra  con las que reventaban las cabezas de sus enemigos; sino que fueron más poderosos  todavía porque dominaron poderes sobrenaturales. « Antes de las batallas, los marangas – que así se llamaron alguna vez –  ya tenían asegurada la victoria gracias a los poderes  de su hechicería. Por esa razón,  luego de sus batallas,  llevaban a los vencidos a sus fortalezas y en sus grandes patios los sacrificaban». Javier y sus amigos a veces escuchaban al Chamán  con desconfianza, aunque otras,  lo oían  totalmente pasmados.

De pronto hubo algo repentino en el ambiente que puso en alerta a los cuatro amigos.  Todo pareció detenerse súbitamente: el viento se esfumó, las nubes dejaron de moverse, el rumor de los insectos se aquietó. Era como si el tiempo se hubiera suspendido y la misma noche hubiera contenido su aliento. Un silencio tan definitivo que los latidos de sus corazones habían disminuido. Solo silencio y quietud.  Sin embargo,  esa especie de suspensión del tiempo no duró tanto,  porque luego, igual de inesperado,  emergió  un bramido estremecedor desde el centro del mundo. Entonces  la tierra convulsionó. «Temblor, temblor, carajo, temblor »,  exclamó  Renato. «Corran todos,  a protegerse». No obstante, de inmediato, luego de ver a su alrededor,  comprendió que no había muchos lugares donde refugiarse entre las ruinas de la huaca.  Lo mismo debieron entender los otros, porque solo corrieron hasta uno de los viejos muros, el  que parecía más sólido,  y se parapetaron lo mejor que pudieron. La tierra siguió sacudiéndose,  irrefrenable por un largo rato.  Desde su parapeto, los amigos alcanzaron a ver  cómo, desde la cumbre de la pirámide más alta,  se precipitaba una pila de escombros.  Sintieron que una cascada de tierra les caía abundantemente.  El bramido del temblor entonces se hizo más intenso, amenazador, rugiente. Incluso creyeron escuchar los gritos de la gente,  asustada,  más allá de las ruinas, en las calles y urbanizaciones que rodeaban la vieja fortaleza.

Solo mucho rato después, paulatinamente, el fragor de la tierra fue disminuyendo, aunque la sensación de que el mundo seguía moviéndose,   se mantuvo aún por un largo rato.

Algo les había advertido el Chamán cuando decidieron aventurarse en la huaca. Les había prevenido que siempre iban a suceder  cosas  extrañas cuando se escarbaba en el pasado. Peor todavía cuando ese pasado era de una cultura que había  vivido entre costumbres que aún no se habían comprendido del todo. Nada sucede en la naturaleza porque sí, siempre hay una razón que el hombre casi nunca comprende.

«No, Chamán, no te pases: solo ha sido una coincidencia», pensó Renato mientras esperaba a que todo se calmara.

Cuando se convencieron de que la tierra se había aquietado por completo, Renato, César y Aníbal solo atinaron a sonreír nerviosamente. Desde fuera de la huaca, todavía se llegaban algunos lamentos y  gritos lejanos. De cuando en cuando,  también se percibían  los aullidos de las ambulancias que parecían pasar muy cerca. En toda la explanada, el polvo alborotado había comenzado a asentarse otra vez. La huaca volvía a su quietud. «Así que los dioses de antaño se estaban manifestando con temblorcitos», bromeó Renato,  mientras se sacudía el polvo que se había apelmazado en sus cabellos.

–          Con eso no te juegues, compadre – le reclamó César -. Un temblor es una cosa seria.

Renato también dijo lo mismo:

–          Cierto, con los temblores nunca se sabe. Pudo haber sido más grave.

–          Claro – agregó Cesar -. ¿Acaso no vieron el aluvión que se vino de allá arriba?

Hacía la izquierda de la explanada, se había detenido una gran masa de tierra y piedras que se había precipitado desde la cumbre.

–          Aquí hay un tremendo hueco –  les gritó,  de pronto,  Javier.

Solo entonces los otros se percataron de que su amigo no estaba cerca de ellos.  Lo buscaron entre la penumbra,  guiándose por el sonido de su voz. Finalmente lo ubicaron como a unos diez metros de distancia,  de rodillas,  en la parte más cerrada de la explanada, del lado derecho.  Parecía un perro largo y delgado husmeando en una abertura que, al parecer,  se había abierto en la tierra por causa del temblor.

Acudieron de inmediato para darle alcance, pero luego se detuvieron intempestivamente ante una señal de Javier.

–          ¡Cuidado! La tierra está muy blanda – les gritó -. Toda esta parte se puede derrumbar.

–          ¿Qué has encontrado? – preguntó César.

–          A tu mamá – le contestó Javier.

Los otros se rieron de inmediato. César, en cambio,  esbozó  un gesto de contrariedad.

–          Imbécil – renegó.

–          Lo siento, Chato – dijo Javier –. Me la debías de la otra  vez.

Los tres se fueron acercando, pero  con mayor cuidado, casi tanteando la tierra, como si hubiera explosivos  en ella.

–          Aquí hay algo raro – exclamó  Javier -. Este no es un hueco cualquiera.  Dentro, hay como una armazón de palos. Pásenme  la  linterna.

Renato  prendió la suya  y  se acercó cuidadosamente para alcanzársela, casi reptando.  Los otros lo siguieron. En el cielo, las nubes se habían corrido un tanto y la luz de luna iluminaba un poco más. En la parte más alta de la loma, había un montículo de piedras que, por fortuna, no se había derrumbado, y  que se asemejaba a un felino a punto de saltar sobre ellos.

Cuando la linterna alcanzó a iluminar el foso que había descubierto Javier, los cuatro miraron sorprendidos. En el fondo de la cavidad, apenas visible por la pequeña luz de la linterna, pudieron divisar unos listones muy viejos y empolvados que formaban una armazón de palos entrecruzados cubriendo otro foso, pero más pequeño.

–          Creo que hemos encontrado algo importante –  comentó Renato.

Los otros afirmaron con la cabeza, sin dejar de observar las tenues imágenes que se divisaban alrededor del círculo  luminiscente que formaba la linterna. « ¿Sería posible?». Javier avanzó un poco más el cuerpo tratando de ver mejor las formas difusas del agujero. Aníbal le advirtió que tuviera cuidado porque toda la tierra, en verdad, parecía estar muy floja. Pero antes de que terminará de explicar la precariedad de todo el lugar, la tierra blanda había cedido y Javier estaba cayendo dentro del foso mientras intentaba sujetarse  a duras penas de lo que iba encontrando en su caída.

–          ¡Carajo! – exclamó  Renato  porque también sintió que estaba por perder  el equilibrio; sin embargo,  la mano firme de César logró detenerlo.

–           Sujétate, Flaco – le gritó  mientras buscaba la mano que Aníbal  le extendía para hacer una cadena que impidiera que se cayeron todos.  Luego, con algo de esfuerzo lograron estabilizarse.

–          Javier, Javier – gritó Renato, apenas se sintieron asegurados -. Cholo, ¿estás bien?

–          Sí, estoy bien – respondió Javier. Su voz parecía oírse como un eco-. Ilumíname con la linterna.

–          Ah, sí, claro, qué imbécil – exclamó.

Encendió la linterna y  las miradas de todos buscaron a su amigo entre las sombras del agujero.

Javier había caído sobre la armazón de maderos y  la había quebrado. Un pequeño hilo de sangre cruzaba su frente, pero parecía no importarle mucho. Más bien parecía asustado por lo que estaba viendo con la ayuda de la luz. «Mierda, una tumba», exclamó. «Sáquenme de aquí» exigió    atemorizado: « Ayúdenme a salir »

–          Tranquilo Javier, tranquilo – le pidió Renato – Tranquilo. No te asustes. Es solo una tumba preincaica. Cálmate. Mira bien.

–          ¡No jodas! – Exclamó Aníbal que se acercó un poco más y aguzó la mirada para ver mejor el foso en donde estaba Javier.

Miró a sus amigos, y luego a Javier que había dejado de zangolotearse en el intento de encontrar una manera de trepar para salir del hueco.

–          Has encontrado una tumba preincaica, Cholo. En serio.

Javier, se fue tranquilizando: controló su respiración, sacudió sus  ropas y desempolvó su rostro mientras recobraba la calma. Cuando ya se sintió un tanto más sereno, levantó la mirada hacia la boca del hoyo por donde había caído y  vio las cabezas borrosas de Renato, César y Aníbal que lo observaban.  Parecían  tan confundidos como él.

¿Era posible? ¿En serio? Luego se acercó al montículo de maderos sobre el que se  había golpeado. No pudo dejar de sentir aprensión cuando vio los huesos quebrantados  del esqueleto sobre  el que había caído. Efectivamente era un fardo funerario.  Trató de divisar  mejor  su entorno: algunos troncos viejísimos  hacían de puntales apoyados en las paredes de la caverna. La escaza luz permitía ver apenas las  piedras con las que habían reforzado la cueva. Después regresó a ver  los restos del fardo aún cubierto por los maderos.  El esqueleto estaba envuelto por viejos mantos y apenas si se podía distinguir una parte de la calavera: las dos cavidades vacías en donde alguna vez hubo ojos, los huesos de los pómulos, la fila de dientes quebrados ofreciendo una especie de sonrisa macabra.  Junto al fardo, encontró  muchas pequeñas vasijas de cerámica de distintas formas, algunos fragmentos de viejos tejidos, luego otros huesos, los restos de una  especie de soguilla tosca y muchos otros pedazos de objetos irreconocibles.   «Cierto, es una tumba antiquísima».

Levantó otra vez el rostro  para ver a sus amigos:

–          Y ahora, ¿qué hacemos?

–          Obvio, Cholo – dijo Aníbal, mirando a los demás y luego de un largo respiro  –. Nos lo llevamos.

Escribir Comentario

Tu Email no será publicado. Rellenar los espacios *