Dudas y temores sobre la Nueva Ortografía del idioma

En estos días de retiro bloguero estuve dedicado a terminar la corrección de un libro académico sobre redacción. Mi nuevo editor es, por cierto, un profesional obsesionado con su trabajo. Eso quiere decir que lo tuve a sol y a sombra cerca de mí hasta que terminara con la última coma dudosa que hubiera en el libro. Por supuesto que no solo me dediqué a la corrección del susodicho libro. Yo, como casi todos los homínidos de estos tiempos, debo cubrir mis gastos domésticos con trabajos de largos horarios, y solo luego, el poco tiempo sobrante (el que se puede dedicar por ejemplo a dormir humanamente) los puedo dedicar a nuevas aventuras, como la de escribir un libro.Todo esto viene a cuento porque entiendo que este domingo, finalmente, los encargados de la edición de la Nueva Ortografía autorizada por la RAE decidirán, al voto, las modificaciones a las normas ortográficas para los siguientes años. Se corren rumores de marchas y de contramarchas con relación a las próximas modificaciones. Se habla de la protesta de una comunidad de “yeístas” que se opone a la supresión de la “y” griega por el monosílabo, ya bastante difundido: “ye”. De otro lado, se mal habla de la inutilidad de quitar la elegancia tradicional a “quórum” por una simplificada castellanización: “cuorum”. Este es un vocablo – dicen los opositores – que no necesita acercarse tanto al habla popular porque es un término que principalmente se usa en medios especializados, empleado por personas que no se espantan con términos, digamos por lo menos, sofisticados. Asimismo, en otros lares no se mira con buenos ojos la propuesta de quitarle la tilde que – según otros – les daba personalidad a los monosílabos guión y truhán.Por mi parte, tengo algo de resquemor, no tanto por las mentadas modificaciones, sino porque este nuevo libro probablemente tenga más de setecientas páginas, es decir, más de quinientas páginas más que la anterior edición de 1999, y cuando mi editor se enteré de todo ello, es casi seguro que volverá a secuestrarme para confrontar las correcciones de mi último libro con las actualizaciones que seguramente se aprobarán este domingo por los representantes de las 22 Academias de la Lengua en la Feria de Libro de Guadalajara. Mi editor no se viene con medias tintas, y para él, como para muchos otros, se hace necesario atenerse a una norma si se quiere mantener la fuerza del idioma. Aun cuando estas normas vayan a contra corriente de aquel otro principio que asevera que el fin supremo del lenguaje es la comunicación y, por lo tanto, es el lenguaje el que debería allanarse ante la realidad lingüística de los tiempos. No hay vuelta que darle ni santo que valga, presumo que estoy condenado a varias horas de encierro y lectura si quiero llevar las cosas en paz con mi compulsivo editor. Tendré que confirmar si efectivamente se legalizó la supresión de la tilde sobre la “o” entre dígitos, y también, si por fin habrá una explicación más convincente para las dudosas tildes opcionales en determinantes como “este” «ese» y «aquel» . La anteropr explicación de que la tilde se colocará siempre que haya ambigüedad me dejó, parafraseando el tema, bastante ambiguo.Por lo pronto, tengo un par de días de descanso. Luego, me buscaré otras semanita más de relajo prenavideño antes de que mi cancerbero me atrape y me amanece con pasar a ser solo mi ex editor si no le hago caso. Por cierto, según los rumores, a partir del domingo será oficial escribir el prefijo pegado al término, es decir: exeditor..

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