Ebher Castillo Cadillo
RESEÑA
Ebher Castillo Cadillo (Carhuaz, Áncash, 1994). Es estudiante de la especialidad de Comunicación, Lingüística y Literatura en la Universidad Nacional Santiago Antúnez de Mayolo de Huaraz.
Obtuvo el Segundo Puesto en los I JUEGOS FLORALES UNIVERSITARIOS UNASAM – 2015 con el cuento «Después del invierno».
Así también, recientemente, ocupó el segundo lugar en el I Concurso de Cuento Breve «Ciudad de Marca» 2015.
Saludamos a este joven escritor y estaremos atentos a su desarrollo literario.
 

CUENTO

DESPUÉS DEL INVIERNO

   «Es mi
sombra, la que razona, la que está aquí para amortiguar cualquier efecto que yo
pueda sufrir.»

Sophie Hannah

No debí venir aquí, los parques siempre me conducen a llorar desconsoladamente y no acordarme hasta la madrugada, cuando las luces de la patrulla acaban por despertarme. Y desde luego, no logro comprender por qué lo hago. Simplemente sé que después llego a casa con una pizza en manos, sin una constipación y rasguño alguno. Carla, algo desconcertada, termina abriéndome la puerta y, como siempre, bajo el denso amanecer del barrio de Belén, refunfuña preocupada: « Zoe, debes de tomar tus pastillas antes de salir, ¿está bien?», y yo cumplía con eso.
Ahora que llevo media hora aquí sobre la banca, tengo la cruda certeza de que Claudio no vendrá y mi ser se volverá más intolerante al igual que el clima, o quizá mucho más. En algún momento pensé que me amaba, ahora ya no. Solo sé que no es por él por el cual lloro siempre, sino es una cuestión fiel a mi quimera. Algo dentro mío, algo muy mío. Irremediablemente, el solo pensar en todo lo que tuve que gastar y todo lo que demoré para tener este cabello cepillado, el rostro espolvoreado y los labios brillosos, siento desvanecerme. Así llegase no le tomaría la palabra, le reprocharía por tocarme a toda noche sosteniéndome entre sus muslos y no importarle mis lágrimas manchando mi suéter tan pegado sobre mi cintura y mis pechos. Así como quejarse siempre de mi tic nervioso, desfachatadamente. Si llegara le diría: «Lo nuestro se acabó». Sería perfecto.
 – ¿Siempre haces esto? – alguien me sorprende desde la calzada, entumece su boina negra y me encanta su torpe caminar.
– Hacer qué – contesto –. ¿Eres especialista de la psique o algo así? – añado de pronto y me siento rara. Intuyo que sabe mucho de mí. Pero no sé si observe mi llanto. Calculo que no pasa de los cuarenta. Yo me anticipo, si llega a preguntarme le diré que no paso los veinte. Me creerá. Sobre todo aquí, bajo las frondosas matas de la arboleda.
Luego, inexorablemente, no logro comprender cómo ha llegado a diluirse; paso mis manos sobre el cabello y volteo repetidas veces a responder a esta quizá ilusión de invierno. No veo a nadie, nadie llega a parecerse a él. Vuelvo al asiento y creo oportuno encender un cigarrillo, no me queda ninguno. « ¡Eso no te ayudará en nada, Zoe!», recuerdo la voz de mi madre, me viene igual. Solo deseo que el chico de rostro amarillo y zapatillas desgastadas apareciera ahora con su risita estúpida: ¡Cigarros, chicles…! Lo necesito urgente. Pero ahora recuerdo lo que me dijo la otra noche: «Si todo sale bien en el hospital con mi mamá, mañana no vendré». Son más de la siete y juro que no vendrá. Camino más relajada ahora que me alejo del parque, me limpio las lágrimas y veo el cielo arroparse de nubarrones. De pronto un legionario de perros pasa por mi lado y juro que se me eriza la piel. Un miedo a que me arranchen el hueso que llevo para Niki, mi gata. Al acercarme a la segunda cuadra veo las luces reflejándose en las vitrinas, pienso en volver a la pista, pero quedo encantada con los vestidos de novia: blancas,
rosas, lilas, azules; todos los colores, todos espléndidos.
– Pensé que ya no te encontraría, – una alejada voz se aclara y finjo no oírlo– perdón por dejarte así –. Continúa y llego a ver al mismo tipo del parque subido en un auto. Me alegro, no sé por qué.
– Fui al estacionamiento, pretendían confiscar mi auto – se excusa y llega a mí atravesando la acera –  ¿Ya cenaste? – .Cambia intempestivo de tema.
– Todavía – contesto al instante escondiendo mi bolso.
– Ven, súbete, conozco un restaurant fabuloso – yo asiento.
Subimos un tramo largo y nos recluimos dentro de un restaurant algo elegante. Él pide algo ligero y yo también le sigo. Entre copas de vino y champán me revela ser escritor. Eso me gusta, sobre todo su mentón, el único lugar donde lleva barba.
No tardamos mucho y salimos. Damos algunas vueltas y termina observándome:
– Mm… te queda bien el laceado; también el cerquillo y el lazo.
Le agradezco por el cumplido y creo olvidarme de Claudio.
– Y ahora, ¿adónde vamos? – digo inoportunamente.
– No lo sé, si quieres te llevo a tu casa – logra responderme.
– No, a mi casa no – él frunce el rostro y parece preguntarme por qué.
– Siempre me obligan a tomar pastillas, no lo soporto.
– Bueno, por hoy me hospedaré en algún motel, ¿me acompañas?
– Sí, claro que sí. – me siento animosa.
Ingresamos a la habitación, sitúa el vino Ribera del Duero junto a dos copas y luego nos desvestimos. Pronto me confiesa que siempre me veía desde el bar de enfrente llorando sobre el parque y, no había hallado otra ocasión para hablarme como hoy. De mi parte, yo le agradezco. Me regocijo entre sus brazos, ya no pienso en Claudio, ya no pienso en Carla. No lo sé, pero la noche parece aletargarse; entre un auspicioso dormitar logro despertar bajo una enmarañada de sábanas manchadas por el vino; y a Félix, como dijo llamarse, no lo hallo por ningún lado, solo mi bolso, y sobre ella, mi receta:
En la mañana: una fluxitina, un biperideno y dos risperidonas. Diagnóstico: Esquizofrenia moderada. Inmediatamente me pongo a llorar desconsoladamente, y desde luego, no logro comprender por qué lo hago.

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