Fulano y la rosa. De  «Notas de la Ciudad» (relato)
A propósito de la llegada del catorce del febrero, conocido como el «Día de los Enamorados», les dejo esta pequeña Nota de la Ciudad.
FULANO Y LA ROSA
Fulano sostenía una rosa en la mano derecha y, en
la otra mano, cargaba un bolsón negro y envejecido, tipo mochila.  Era de mediana edad, tenía la cabellera lacia,
desordenada y algo sucia;  una barba de
náufrago y una mirada de huérfano que, francamente, lastimaba. Pude verlo bien
porque estaba parado muy cerca de mí. Yo estaba cerca de la esquina que se
formaba en la intersección de la avenida Pardo de Zela con Arequipa y  aguardaba, junto otros peatones,  a que pasara el colectivo  que me llevaría,
por fin,  a casa después de tantas horas
de oficina y  de complicaciones propias
de cada día.
El hombre de la rosa en la mano parecía medianamente
normal, aunque sus ojos lucían algo extraviados; sin embargo, lo extraño era  la rosa, una sola, de tallo largo y de
capullo  encarnado, envuelta en papel
celofán, lucía como fuera de lugar entre sus 
fachas desastradas e incitaban cierta sospecha en los transeúntes de esa
hora. Por lo menos,  evidenciaban a
Fulano como un extravagante o como un tonto de primera clase: de esos que aún
escuchaban baladas amorosas del recuerdo, que copiaban poemas enmarcados en
viñetas de flores trenzadas y que sufrían, a fondo, por amor.
Lo cierto es que sentí vergüenza ajena y entonces opté
por alejarme unos pasos de él. Los demás, los que se tropezaban a ratos con él
y descubrían la rosa entre sus manos, inmediatamente mostraban una sonrisa
socarrona y poco disimulada, además de ciertos 
gestos burlones. Había otros que hasta buscaban la mirada cómplice con
algún otro caminante para confirmar la estupidez de aquel Fulano de piel
cetrina, casaca azul y con una rosa intensamente roja entre sus dedos oscuros.
Ya era la hora punta y el paradero de Pardo con
Arequipa ya estaba totalmente congestionado de peatones que aguardaban su
transporte. Una delgada línea rojiza, la última luz  de la tarde,  aún se mantenía por encima de los empolvados
edificios de Lince, aunque la llegada de la noche ya  se presumía. 
Las luces de los faroles iban despertando y los colores fosforescentes
de los letreros luminosos  se iban haciendo
más nítidos sobre las fachadas de los comercios.
De pronto, de uno de los vehículos de transporte
público que reiniciaba la marcha con el cambio de luces,  salió una voz sibilina que gritó en el
momento justo: ¡Imbécil! Era obvio que el agravio iba dirigido al hombre de la
rosa. Sin embargo, este pareció  no
haberse inmutado, aunque tenía que haberlo oído porque el insulto se escuchó,
fulminante, en el mínimo espacio de silencio que puede darse entre los
bocinazos, los silbatos y los gritos de los cobradores que vociferaban nombres
de calles y distritos. La voz rasposa se filtró, exactamente, en ese resquicio:
¡Imbécil!
Fulano alzó un poco más la rosa que ahora parecía
más erguida, más roja, más intensa. Yo estuve 
mirándolo a ratos, conmovido y curioso, pero sin descuidar la visión de
la avenida por donde tendría que llegar mi transporte. A ratos, los viejos y
desfallecientes árboles que vigilaban la avenida Arequipa susurraban
intensamente  cuando el viento del
crepúsculo y las últimas parvadas de aves vagabundas removían sus hojas.
Cuando por fin llegó  el colectivo que me llevaría a casa, y lo
abordé entre empujones, pude ver que Fulano aún permanecía en su lugar, cerca
de un puesto de revistas y casi de espaldas a una carretilla que vendía dulces
y cigarrillos al paso. Fulano tenía toda la facha de un hombre a quien habían
plantado; no obstante, seguía sosteniendo la flor envuelta en su celofán. A
ratos parecía difuminarse entre la cerrazón del gentío; luego, reaparecía: la
mirada algo extraviada, la casaca azul, el bolsón colgado del hombro derecho,
la rosa roja- casi refulgente – entre sus manos entumecidas.
Recordé que mañana tenía una reunión de trabajo muy
temprano, que las ventas habían bajado, que había que trazar nuevas estrategias
de captación de mercado y que, en lo personal, 
debía mejorar mi récord si quería seguir ascendiendo en la empresa. Es
decir, como tantos otros: había que trabajar más, afanarse más, la vida era muy
corta, había tanto que hacer.

Cuando el colectivo dio la vuelta por la avenida
Arequipa con dirección al Centro, todavía pude ver un poco de Fulano y hasta
algunas de las miraditas burlonas de los transeúntes de esa hora. Luego el
silbato de la policía apresuró el tránsito, la noche se hizo  definitiva y ya no pude ver más a Fulano.

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