“Hijo del desierto” novela de Miguel Arbildo (comentario)

He tenido el gusto de leer la novela de Miguel Ángel Arbildo, “Hijo del desierto”, Editorial Ornitorrinco 2019.  Miguel Ángel, escritor norteño de gran actividad en esa región, ha escrito esta novela breve, pero muy intensa usando como base un cuento “Cerrazón” que ya había compartido, incluso en Cuentos Peruanos Contemporáneos. Por lo visto, el formato del cuento le quedó corto para explorar una historia que reclamaba un mayor espacio para completarse. Suele suceder, aunque no siempre con éxito. Afortunadamente – desde mi punto de vista – el traslado ha sido efectivo. La novela no es extensa; es más, en términos de formato, se la ubicaría como una novela corta.

El hijo del desierto narra la historia de Fidencio  quien, acompañado de una familia disfuncional, trata de sobrevivir dentro de un mundo que oscila entre la dura y agresiva realidad de un espacio rural y una visión mágica del entorno. Empujado por la necesidad, abrumado por los reclamos irracionales  de su pareja, desfalleciente por hambre y por ánimos,   va adentrándose en los desiertos quemantes del norte peruano, en donde encuentra pueblos pequeños,  habitados por personajes cuyo perfil, acciones y razonamientos parecen pertenecer a una realidad paralela. No es una historia realista, no avanza por esos espacios conocidos del norte peruano que ya han sido abordados y denunciados por otros autores. El hijo del desierto se desenvuelve en espacio ficcional que se acerca, en cierta medida,  a los mundos paralelos planteados en lo real maravilloso.

Ahora bien, no afirmaré que el escritor ya haya alcanzado una definitiva cosmovisión narrativo-personal. No se puede hacer tal afirmación a partir de  una inicial novela corta. Sin embargo, se entrevé la pluma y la visión personal de un escritor del que se espera su pronta consolidación.

Cuando lea la novela, comprenderán que la intensa historia de Fidencio y la de los otros personajes se hace atractiva por el modo de contarla, por la atmósfera mágica que envuelve la trama y por el lenguaje que abunda en vocablos que completan el ambiente rural de la novela.

“Todo empezó en Valle Seco, poblado arenoso de ralas casuchas donde vi una muchacha de talle macizo y su abuela ojerosa como una difunta. Reparaban su choza en el bravo calor que las ponía en apuros. Siendo yo un forastero, me ofrecí a ayudarle: tumbé las paredes de quincha, el techo ruinoso de ramas resecas, y comencé a levantar paredes de adobe…”

Felicitaciones al escritor  y todo el éxito para esta novela que, espero, alcance la difusión necesaria. En muchos lugares de este complejo país nuestro, hay muchos peruanos redescubriendo a su país a través de la literatura.

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