Jorge Eduardo Benavides

RESEÑA DEL AUTOR

Jorge Eduardo Benavides (1964, Arequipa, Perú) Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Garcilaso de la Vega, en Lima. Trabajó como periodista radiofónico en la Lima y en 1987 fue finalista en la bienal de relatos COPE (Lima); un año más tarde ganó el Premio de Cuentos José María Arguedas de la Federación Peruana de Escritores. En 1991 se trasladó a Tenerife, donde puso en marcha talleres literarios para diversas instituciones. Ha sido finalista del concurso de cuentos NH Hoteles del año 2000. En 2002, editorial Alfaguara publicó su novela “Los años inútiles”, libro que, junto a “El año que rompí contigo” (2003) y “Un millón de soles” (2008) conformaron su trilogía en novela política. Además,  ha publicado el libro de cuentos “La noche de Morgama” (2005), “La paz de los vencidos”, novela con la gano el Premio del Banco Central de Reserva en 2009. Desde 2002 vive en Madrid donde continúa impartiendo sus talleres literarios. Su novela “Un asunto sentimental” (2012) ha sido muy bien recibida por la crítica internacional. En 2014 publicó su novela “El enigma del Convento” por editorial Alfaguara, novela ganadora del premio Torrente Ballester. España.


CUENTO

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DEDITOS

Las rosas, le gustaban mucho las rosas y Antonio hubiera querido dibujar esos instantes en que Maria Luisa entrecerraba los ojos y acercaba la flor para sentir su fragancia y la caricia afelpaba con que los pétalos contorneaban su piel. También le gustaban las tardes caminadas sin mucha prisa, a golpe de cinco, cuando llegaba de su oficina y tiraba la cartera en cualquier mueble, subía de dos en dos las escaleras que conducían a la habitación y allí lo encontraba, parado a contraluz frente a un lienzo donde algunos trazos tenues significaban que había aprovechado bien el dia y estaría contento. Se besaban
Suavemente y casi sin mediar palabra salían a seguirle la pista a la tarde, a fumarse un cigarrillo en el parquecito cercano, a comentar trivialidades y a observar las nubes que parecían un rubrica destejida sobre el cielo ya encendido de colores. A veces Antonio, sin dejar de conversar, sacaba un lápiz y sobre cualquier papelito que el viento llevaba hasta sus pies, garrapateaba unas cuantas líneas, gaviotas raudas, velámenes estilizados, torsos desnudos. Maria Luisa lo miraba buscando en su perfil algún vestigio de aquella obsesión por el dibujo que lo llevaba a desatender lo que ella empezaba a contarle y a ensimismarse en el vuelo de un pájaro, por ejemplo, o en el romper de las olas cuando caminaban por la playa, o en un niño que se inclinaba para recoger una piedrita de colores. Si Maria Luisa lo observaba, acatando ese silencio maravillado en que se zambullía Antonio, el lápiz llenando de rayas y círculos cualquier trozo de papel. Pero al cabo de un momento, como si se tratase de romper algún maleficio, sus manos largas y traviesas lo despeinaban obligándolo a enojarse y a perseguirla entre risas y hojas crujientes, sin importarles demasiado las miradas perplejas de los niños que jugaban cerca.
También le gustaba la forma delicada que tenia él de captar una imagen temblorosa, las pinceladas aguamarinas con que atrapaba el mar en un lienzo que parecía salpicado de espuma, los cuadritos que él se empecinaba en criticar con sarcasmo y que terminaba malbaratando el Larco los domingos por la tarde, aunque a veces conseguía un buen precio y entonces algo de vino, las cuentas saldadas con el casero y la señora de la tienda, boletos para el teatro y un par de zapatos que Maria Luisa se calzaba con entusiasmo en el que Antonio creía entrever la renuncia de su mujer por el lujo que él nunca podría darle. A Maria luisa le gustaban muchas cosas aunque no se preocupaba en definirlas, quizás por que toda definición lleva consigo el desencanto y ella no intuía así; en todo caso prefería espiar su relación muy de vez en cuando, matar sus horas libres leyendo en la habitación donde Antonio pintaba, estudiando para la tesis, convenciéndose de que todo iba bien, que estaba cómoda así: Maria Luisa tenia mucho de pájaro, bastante de niña y algo de miedo por descubrir que el amor de Antonio hacia la pintura era mayor que el que le ofrecía a ella. Era un temor vago, una cierta angustia anticipada, un zumbido de presagios que espantaba sumergiéndose en los ravioles de los domingos, en los inventarios tediosos de la oficina donde a veces se sorprendería lejana y desatenta de la voz del señor Martínez, Recordándose haciendo el amor en medio de telas bosquejadas a carboncillo y frascos turbios de trementina que impregnaban todo con su olor de sueño y jadeo, esa suave manera de buscarse las manos y enroscarse los dedos recorriéndose los cuerpos entre besos y cosquillas, entre algo que tenia mucho de nostalgia y cigarrillo a la hora de la penumbra. Después vendrían los comentarios sobre tal o cual tema, un lento tobogán de voces que desembocan invariablemente en la dificultad de Antonio para encontrar el lugar donde San Francisco se convertía en algo más que un convento; sus largas horas buscando el matriz preciso de la tarde que se le escapaba una y otra vez frente al faro de Mira flores; el tono exacto que no tiene ese Niño pidiendo pan que tantas veces ha rehecho y sin embargo. Entonces Maria Luisa sentía tan tontas, tan mínimas sus propias frases, tan burdos sus comentarios sobre los infinitos balances del trabajo y las broncas del señor Martines, las charlas chisporrotean tes de tiernas naderías con Morgana en la oficina, que prefería callar, observar el perfil de Antonio esculpido en la oscuridad, y extender una mano para rozar con sus yemas el pecho desnudo: lo recorría sin temores buscándole las fronteras y por ultimo, mientras él seguía reflexionando en voz alta, inclinaba la cabeza sobre su torso para sentirse nuevamente pequeña en el refugio de esa piel tibia, de esa respiración sincopada que mas arriba eran manos enmarañándole los cabellos hasta adormecercela.
A ella todo eso le gustaba, pero sobre todo le agrada la manera que tenia él de caminarla con los dedos, de buscarle los labios en un correteo digital que empezaba en le pecho, ascendía por su garganta con un cosquilleo de pisadas diminutas que alcanzaban con el pulgar, como si se tratase de un bracito, subir por el trazo breve del mentón para replegarse por ultimo en el rostro. Era casi un ritual y empezó una tarde en que Maria Luisa, ofendida por alguna frase brusca, comía en silencio. Antonio a su lado demoraba una disculpa y parecía sumergido en su plato, distrayendo los dedos en el tenedor. Al cabo de un momento ofreció aquellos mismos dedos que caminaron amortiguadamente sobre el mantel acercándose a ella.
__ Mi pequeño embajador te ofrece disculpas ___ dijo, y los dedos hicieron un torpe reverencia, un movimiento recién inventado, inclinándose sobre los nudillos. Luego alzaron su mirada ciega y sin embargo tan expresiva para buscar la sonrisa que empezaba a tironear en los labios de Maria Luisa, treparon con primaria ingenuidad por su brazo y se recostaron sobre su mejilla en algo que ya era una caricia.
___ Está bien, pequeño embajador, vaya y dígale al feo ese que acepto sus disculpas. Desde entonces el índice y el dedo del corazón caminaron y corretearon por la mesa cuando Maria Luisa demoraba en servir el almuerzo; exploraron el vasto universo de sabanas destendidas cuando después de hacer el amor Antonio encendía un cigarrillo y Maria Luisa se acurrucaba a contemplar el retazo de cielo que ofrecía la ventana, sintiéndose los pasitos romos circunnavegar sus senos, deslizarse por el vientre liso, hundir un pie en el ombligo y salir corriendo en busca de sus labios; se expusieron por el peligroso abismo de una butaca en un cine cualquiera, pretexto tierno e invariable con que él la abrazaba y la atraía a su lado; tentaron levemente sus hombros suaves cuando una discusión lo distanciaba y un rato después de las lágrimas de Maria Luisa los dedos de Antonio se parcializaban con ella, le hacían caricias, le levantaban la barbilla para disponerla a un beso contrito, a un perdóname apenas susurrado mientras ella buscaba los dedos de su marido para acariciarlos, como si se tratara de una pequeña presencia que cada vez más empezaba a exigir mimos y atenciones: se volvió travieso y Maria Luisa tenía que poder los cubiertos fuera de su alcance cuando un cuchillo podía ser una pértiga y una cuchara una catapulta para el gimnasta diminuto; se divertían con sus ocurrencias, ocurrencias que Antonio inventaba y cuyo origen Maria Luisa fingía desconocer; se reían de sus mímicas explicaciones, con el pulgar a manera de único brazo; se sus danzas frenéticas sobre la almohada y sobre la mesa; de sus enojos y pataleos cada vez que Antonio fingía resondrarlo y Maria Luisa lo protegía, buscaba la piel de su marido y acariciaba algo que poco a poco dejaba de ser Antonio, algo que cada vez mas era suplica y desesperado intento por dejarse comprender como entidad propia aunque, claro, todo era un juego, Maria Luisa se adentraba en un sentimiento confuso, una especie de hambre y miedo que la obligaban a buscar cada vez más los dedos inquietos de Antonio.
El trabajo la absorbía poco a poco, las largas horas que Maria Luisa dedicaba a la preparación de su tesis se convirtieron en una media hora mezquina e ínter diario casi siempre con la desolación de sus ojos reflejados en el espejo, con el resoplante derrumbarse al borde de la cama mientras Antonio encendía cigarrillos, servia vino y alentaba seguir. Entonces sus dedos empezaban una tímida caminata, se acercaban a las piernas largas de ella obligando a Antonio a acuclillarse frente a su mujer que levantaba a penas la vista y una sonrisa rauda como una ráfaga de silencio ablandada su rostro mientras los dedos desaparecían en una mano extendida que rozaba la estática del medio nylon subía por sus muslos tensos y luego la otra mano, los besos, el aplastarse contra su pecho, las tontas frases que nunca terminan y los labios que ascendían fustigando el cuello hasta sofocar la voz entrecortada de Maria Luisa que apenas alcanzaba a apagar la luz.
Y sin embargo la rutina, las frecuentes discusiones por cualquier tontería, las tardanzas remolonas en el trabajo, en la cafetería de enfrente a la oficina donde Morgana le iba desmenuzando sus planes de matrimonio y ella escuchaba con una sonrisa cortés; el sentimiento que la asaltaba de golpe y sin aviso: la imagen de Antonio frente a los lienzos, si te estoy escuchando Morgana, casi dentro de los lienzos, claro que te atiendo Morgana, como si fueran el espejo donde se buscaba desesperada, machaconamente: ya es tarde, Morgana, y Antonio debe estar esperándome, adiós y un beso, y ya en el paradero de los colectivos una sensación de trapo, una serpiente de desaliento que se le enroscaba en el cuerpo cuando pensaba en esas manos siempre tan ajenas, en esas caricias que cada vez eran menos caricias y más paseo dubitativo sobre su cuerpo; las manos que como arañas canelas le recorrían la barbilla desprolijamente mientras Antonio se abstraía en una tela inconclusa sin prestar atención a lo que Maria Luisa le decía, o mas bien prestándole una atención de mirada afable pero lejana, inasequible; las manos que de pronto se convertían en dos dedos traviesos que cada vez eran menos Antonio, algo como una personita que nada tenia que ver con el pintor, con el hombre que amanecía envuelto en una niebla de colores dibujando enfebrecido aquel conjunto de collages que tendrían significado intrínseco y global al mismo tiempo, algo como un paisaje interior, decía él, algo a lo que se pudiera acceder de muchas formas, ¿ves?, y mostraba un lienzo, bocetos o carboncillo, apuntes que había venido recopilando desde sus tiempos de estudiante en Bellas Artes y que le mostró a Maria Luisa nada más conocerla, cuando ella era la dependienta de la Casa Hispana; aquella media vuelta por Mira flores donde él buscaba perderse un rato y de paso husmear preguntando por libros de Parramón o Loomis, si el papel Cansan y los lápices Noris y cosas así, frases y preguntas distraídas que servían para ir tendiendo una conversación cada vez menos superficial, cada vez más dirigida a esa gran obra, esa obsesión que lo iba aislando de los amigos de siempre y que sin embargo no se notaba por que al fin y al cabo Maria Luisa; Maria Luisa desde su mirada de niña curiosa, desde Sus caricias que rascaban felinamente la nuca de Antonio y ese desenfadado con que se intereso por su pintura, le acepto el café y se confió integra en esos lados donde picaba un poco la barba de tres días; Maria Luisa y la vida que aceptaron juntos en la pensión de Lince donde colgaron las acuarelas medianamente satisfactorias, esos cuadritos que sabían a revoloteo de libélula y que Antonio aceptaba con satisfacción teñida de recelo. Desde entonces Maria Luisa empezó comprender que algo en Antonio le era vedado, algo que había en él y que estaba fuera de su alcance aunque ella trataba de adivinar fingiendo dormir cuando a media noche notaba su ausencia fría en la cama y lo observaba coger despacio los pinceles hasta que en la ventana aparecían los primeros brochazos de la madrugada, atrapando la silueta de Antonio a medio camino entre un lienzo y aquella búsqueda incomprensible donde, estaba segura, ella no tendría cabida: se le ocurrió una noche que Antonio la llamo desde Barranco para decirle que iba a tardar, era el vernissage del gordo Tokeshi, que no lo esperara para comer y te quiero y mejor no te quedes despierta. De pronto se dio cuenta de que así sucedía últimamente y por eso no se sorprendió mucho de lo rotundo de su decisión, pese a que lloro un poco. Lo que si le sorprendió fue lo otro, pensar en lo otro.

Esa noche, cuando Antonio encontró la nota sobre la mesa del comedor, comprendió de golpe que hacia un buen tiempo Maria Luisa y él no Vivian solos: sus dedos se habían convertido en una personita que entregaba minúscula dosis de ese amor que ya no me das, Antonio, aunque te parezca mentira, decía ella con su letra espigada y azul casi no termino de leer la carta de Maria Luisa; sabia que no iba encontrar ninguna respuesta y acaso ninguna interrogante. Lo que sí le llamo la atención y luego de las lagrimas lo puso sobre la pista fue aquella alusión que hacia ella acerca de sus dedos. La carta parecía dirigida a sus dedos y no a él; se refería a ellos de una manera oblicua, casi histérica, y era bastante fácil imaginar la depresión, la soledad, el desamor, pobre Maria Luisa. Incluso en las últimas líneas se permitía aconsejar a Antonio que tuviera cuidado con los enojos de sus dedos: Una broma tonta que lo remitía a las veces en que él fingía ser atacado por sus dedos y Maria Luisa reía, una broma liviana y póstuma que en ese momento a Antonio le sabía a burla o a venganza. Sentado a la mesa observó el movimiento juguetón de su mano levantándose en dos dedos, los pasitos distraídos que le trajeron un Ramalazo súbito de recuerdos, un latigazo de dolor que le empaño la vista, carajo. Se pasó el dorso por el rostro y de golpe sintió la necesidad de mirar sus dedos caminando por la mesa, de observarlos con esa tristeza que se empozaba en los ojos de Maria Luisa cuando tomaba su mano arrebatándole un paseito para llevárselos a la cara, a los labios, y Antonio sabia que esa ternura no era para él sino para sus dedos que ahora, a través de un cristal tembloroso, veía caminar con ese andar un poco miope que le había infundido y que Maria Luisa se encargo de alimentar entre besos y caricias.
Esa misma noche fueron calles recorridas sin sentido, un cigarrillo tras otro y el bar. Discreto, la barra donde se planto a beber sin preocuparse por el tiempo, las ganas de no volver a casa para impregnarse del maldito olor de la trementina, del aguarrás y los pegotes de pintura volcada sobre la mesa de trabajo; los lienzos dormidos en un tiempo que ya no era el suyo, una especie de agujero sin dimensiones donde se repetían sus días con Maria Luisa, Maria Luisa y sus cabellos enmarañados cuando los paseos por la playa; Maria Luisa y sus tarareos románticos mientras limpiaban la casa; Maria Luisa y el amor que empezaba a perder por él, por culpa de él…
Volvió a casa de madrugada, dando tropezones y empecinado en destrozar los cuadros que colgaban de las paredes, le dolió el ambiente, el silencio rumoroso y estancado de los rincones, la blusa que ella dejó olvidada en el cuarto del baño. Se derrumbo en la cama y desde esa blandura que lo arrastraba hacia el fondo de un pozo de zumbidos sintió las pisadas diminutas sobre su pecho. Se rió de la postura desafiante de su mano frente a él y quiso bajarla. Los dedos pasearon acordonados a su brazo, como si buscasen con fuerza safarse de sus límites naturales y Antonio pensó vagamente en el subconsciente y esas cosas. Lo dejo estar; con algo de morboso dolerlo vio saltar sobre su pecho y acusarlo con el pulgar una y otra vez: una forma de preguntarse y culparse desdoblándose, pensó, una costumbre digital que significaba no solo el recuerdo de Maria Luisa, casi la presencia de Maria Luisa, sino también su soledad repartida entre él y algo que también era él; una pequeña escaramuza local que empezaba en su muñeca y vaya uno a saber si Freíd alguna vez toco el tema. Copio con la otra mano la botella de pisco que guardaba en el cajón del velador y bebió un largo trago áspero y ardiente mientras sus dedos enfurecidos se acercaban desde el pecho hasta su rostro sudoroso y desde allí la extraña sensación de sentirse acusado por otro que era y no era él; ese refugio de regaños que sin embargo lo acercaban tanto a Maria Luisa, a su recuerdo, a su ausencia. El sueño lo fue ganando entre respuestas incoherentes y la jadeante sensación del alcohol mineras sus dedos seguían vitalmente ajenos a su borrachera; el cansancios espiral donde nuevamente aparecía Maria Luisa y una cadena infinita de recuerdos triviales que lo empezaban asfixiar con la fiereza del arrepentimiento tardío, una expiación que no tenia sentido absolutorio y sí mucho de castigo, de llanto y opresión y falta de aire y mano atenazada en el cuello, apretando con rencor y cada vez más con fuerza, con más fuerza.

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