En una de las inolvidables historietas de Quino, Miguelito – el amiguito más contestario de Mafalda – se queja con la profesora porque ésta narra, en el curso de Historia, acontecimientos que ya habían sucedido hacía tiempo. La profesora lo increpa preguntándole cómo quería que le explique entonces el curso de Historia. Miguelito, luego de pensarlo un rato, sentenció: “Podría contarla hacia adelante”.
De otro lado, la historia oficial es producto de la interpretación personal. El historiador compila datos, documentados en lo posible; sin embargo, hay una parte en la reconstrucción de los hechos que, definitivamente, se apoya en la subjetividad del historiador. Es decir que hay un elemento inevitable de ficcionalidad en cada libro de historia. Dentro de este marco referencial los invito a leer este artículo de Umberto Eco, extraído de El Comercio del día domingo.

ÉRASE UNA VEZ CHURCHILL
He leído una noticia donde habla de una encuesta realizada en Gran Bretaña: según parece, un cuarto de los ingleses piensa que Churchill es un personaje de fantasía y lo mismo sucede con Gandhi y Dickens. Asimismo, muchos de los encuestados (aunque no se precisa cuántos) habrían sido incluidos entre las personas que existieron realmente a Sherlock Holmes y a Robin Hood.
Mi primer impulso sería no darle más importancia de la que tiene. Claro que me interasaría saber qué franja social pertenece ese cuarto de encuestados que no tiene las ideas claras sobre Churchill y Dickens. Tampoco me asombra que crean que Holmes o Robin Hood existieron realmente porque existe una industria holmesiana que promociona incluso una visita turística al pretendido piso de Baker Street en Londres; y en segundo lugar, porque el personaje que inspiró la leyenda de Robin Hood existió de veras (lo único que lo vuelve irreal es que en los tiempos de la economía feudal se robaba a los ricos para dárselo a los pobres, mientras que tras el advenimiento de la economía de mercado se roba a los pobres para dárselo a los ricos).
Pero también es verdad, y lo notamos cuando se les hacen preguntas a nuestros jóvenes italianos, que las ideas sobre el pasado, aun próximo, son muy vagas. Uno dice: ha pasado tanto tiempo, ¿por qué deberían saber los chicos de 18 años quién estaba en el Gobierno cincuenta años antes que ellos nacieran? Bueno, será que la escuela fascista era muy rígida; pero el caso es que yo a mis 10 años sabía que el primer ministro en los tiempos de la marcha sobre Roma (veinte años antes) era Facta, y a mis 18 años sabía también quiénes habían sido Ratazzi o Crispi, que eran asunto del siglo anterior.
El hecho es que ha cambiado nuestra relación con el pasado, probablemente también en el colegio. Una vez nos interesaba mucho el pasado porque las noticias sobre el presente no eran muchas. Con los medios de masas se ha difundido una inmensa información sobre el presente, en Internet se pueden encontrar noticias sobre millones de acontecimientos que están pasando en este momento. El pasado del que no hablan los medios de masas, como por ejemplo las vicisitudes de los emperadores romanos o de Ricardo Corazón de León, e incluso las de la primera Guerra Mundial, pasan (a través de Hollywood e industrias afines) junto al flujo de información sobre el presente, y es muy difícil que un usuario de películas capte la diferencia entre lo imaginario y lo real. Este se aplasta o, en cualquier caso, pierde toda consistencia. Díganme ustedes por qué un chico que ve películas en la tele debe considerar que Espartaco sí existió y Vinicio de Quo Vadis no; que Iván el Terrible era real y Ming tirano de Mongo no, visto que se parecen muchísimo.
En la cultura estadounidense ese aplastamiento del pasado sobre el presente se vive con mucha desenvolura y puede ocurrir que un profesor de filosofía les comente lo irrelevante que es saber lo que dijo Descartes, visto que lo que nos interesa es lo que hoy en día están descubriendo las ciencias cognitivas. Se está olvidando que si las ciencias cognitivas han llegado hasta aquí porque con los filósofos del siglo XVII se empezó un determinado discurso, pero lo mas grave es que se renuncia a extraer del pasado una lección para el presente.
Muchos piensan que el viejo dicho de que la historia es maestra de vida es una trivialidad de maestro decimonónico, pero es verdad que si Hitler hubiera estudiado con atención la campaña de Rusia de Napoleón, entonces no habría caído en la trampa en la que cayó, y si Bush hubiera estudiado bien las guerras de los ingleses en Afganistán habría planteado de forma distinta su campaña afgana.
Puede parecer que entre el memo inglés que cree que Churchill era un personaje imaginario y Bush que fue a Iraq convencido de lograrlo en quince días hay una diferencia abismal, pero no es así. Se trata del mismo fenómeno de ofuscamiento de la dimensión histórica.

Umberto Eco es un filósofo y semiólogo connotado, además de autor de libros como “Baudolino”, “El nombre de la Rosa” y de “El péndulo de Foucault”.

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