La ortografía y el amor

Recuerdo que del primer cuento que envié a un concurso literario (original y tres copias, con seudónimo, y correctamente foliados), una copia me fue devuelta luego de que se conocieran los resultados. Por supuesto que no gané ni siquiera una mención. Les menciono la anécdota, más bien, para destacar la calidad docente de algún miembro del jurado que se había tomado el trabajo de señalarme todos los errores de ortografía que debilitaban mi cuento. Los había señalado con un plumoncillo rojo, y eran tantos, que las hojas parecían sangrar.
Desde allí, mucha agua ha pasado bajo el puente; no obstante, aprendí la lección: la fallas de ortografía también son fallas de creación. Sin embargo, no tengo una ortografía perfecta, y no la tengo porque trabajo sobre una lengua tan viva y palpitante como el castellano, y esta dinámica de la lengua hace que nada sea constante, que sus normas ortográficas estén sometidas a una constante evaluación, que cada cierto tiempo caiga un bombazo normativo que altera lo aprendido, y que, muchas veces, no se pueda recusarlas porque parecen modificaciones evidentes que tenían que hacerse. Claro, no siempre es así. Por ejemplo, ahora se ha armado la grande por la supresión de la tilde sobre la palabra guion dado que ha sido decretado solo como monosílabo. A algunos amigos españoles les parece inadmisible no pronunciar dicha palabra como bisílabo gui-on y, por lo tanto ponerle su tilde de aguda.
No obstante, entre esas idas y venidas, hay un principio llamado norma estándar que es como un fuerte que aguanta el vendaval de los cambios hasta que, definitivamente, deban cambiar.
Decía todo esto – y ya me estaba yendo por las ramas – a propósito de un tierno artículo escrito por Leila Macor que encontré en Castellano.org. Un artículo en donde nos habla de los puntos y comas y las tildes y las categorías gramaticales, pero dentro de un contexto gratamente emotivo. Cuando puedan, lean el artículo completo. Les dejo el enlace y un fragmento del artículo.
LA PUNTUACIÓN, LA SINTAXIS Y EL AMOR
Siempre que pongo un punto y coma sonrío. Me acuerdo de un amigo de mi hermano, a quien yo amaba como loca en mi adolescencia, que dijo una vez que un verdadero escritor se reconoce porque sabe usar el punto y coma. Por supuesto comencé a usar frenéticamente el punto y coma, aunque él nunca se dio cuenta de mi pericia puntuadora. Luego, en el colegio, escribía parodias de los poemas que estudiábamos en la clase de Literatura y las pegaba en la cartelera del salón, sólo para ver reír al chico del fondo que me gustaba y que no me hacía el menor caso, excepto cuando leía aquellas burlas gracias a las cuales yo existía un poquito para él. Me enamoré después de un hippie. En consecuencia, un ejército de gnomos, hadas y plagiados cronopios tomó por asalto mis cuadernos, que por fortuna hice desaparecer de la faz de la Tierra. Mi primer novio leía a Nietzsche: en aquel tiempo escribí herméticamente versos oscuros sobre simbólicas tarántulas que hoy día no consigo entender (y creo que en aquel momento tampoco).

El siguiente fue un poeta para quien el punto y coma era tan feo e inelegante como una factura de la luz, los dos puntos un recurso vulgar destinado a un recetario de cocina y los paréntesis una trampa que esconde la incapacidad expresiva del escritor. Así que punto y coma, dos puntos y paréntesis quedaron proscritos de mi escritura durante un par de años. Sólo después de mucho esfuerzo los logré reincorporar. Algunos de los hombres que me gustaron no eran lectores y simplifiqué mis textos; otros eran intelectuales y entonces los academicé, llenándolos de citas de Heidegger y Schopenhauer que tomaba prestadas de mi agenda. Una vez me enamoré de uno que amaba las oraciones cortas y las sentencias desadjetivadas; poco después me enamoré de otro que prefería el barroquismo y las descripciones delirantes: salté de Carver a Carpentier como quien cruza la calle. Después tuve un novio fanático de Rimbaud y de Baudelaire y yo me puse por tanto agresiva y negativa.

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