Leonardo Aguirre
RESEÑA DEL AUTOR
Leonardo Aguirre (Lima 1977) llamó la atención no sólo por sus conocidas reseñas en la página de Agenciaperu.com, sino también por un trabajo literario que se inició con muy buen pie y que se ha ido confirmando en el tiempo. Es autor de libros como Manual para Cazar Plumíferos (2005) , La musa Trasvestida (2008). En 2008 ha publicado El Conde de San Germán.
Ha escrito reseñas y crónicas para El Dominical del diario El Comercio, una columna semanal para el diario La República y una sección de crítica en la revista Dedomedio.

CUENTO
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09.26.09 Back to the egg

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My sweet Lord, isn’t it a pity? Ahora que vamos full speed ahead, Mr. Parker, full speed ahead, y hemos llegado tan far as the eyes can see, parece que la long-haired lady wants to spoil the party con sus funny papers. Ni hablar: any time at all, esto se puede ir a la… cómo decirlo… y todo por culpa de… mejor no decirlo… of course, dark horse: por eso los Cuatro Grandes. ¿Los cuatro que ganará la doña? Por eso los Fabulosos. ¿Fabulosos Cadillacs? Cómo no: los únicos que ella escucha porque son los únicos que puede bailar… Así que justo ahora, cuando estaba imaginando the words of a sermon that no one will hear… eso: for no one… quizá you won’t see me… justo ahora que pensaba inaugurar este blog con la historia del café-bar-disco-cine-librería-cabaret, out of the blue me llama la long-haired y me avisa que su brown-eyed… bueno… la verdad, se veía venir… pero igual, claro, you know how hard it can be. Sobre todo porque tengo una ventana abierta con el recorrido virtual (that’s an invitation para el sentimental journey) and my heart went boom when I crossed that room. Es decir, I’m filling the crack. Y después del crack, supongo que apenas quedará un click… Como quiera que sea, además de la web diseñada por el Negro Peter (obvio: de acuerdo a mis sugerencias), también quedará esa novelita que… ¿cuándo la escribí?… well, I was just seventeen… comencé pero no acabé… la novela, digo, que, más bien, es una receta. La verdadera receta del Honey Pie. Sucede que wonsaponatime yo quería ser un paperback writer. Ajá: tal como lo leen (si lo leen). Y una vez que me crucé con el brown-eyed handsome man, terminé cambiando el Word por el Excel. Hasta hoy, como bien se ve… hoy, monday morning (turning back?), que por primera vez en mucho tiempo cojo la máquina para teclear algo más que un funny paper y pongo mi firma en algo más que una factura. Por eso tampoco sé si éstas sont les mots qui vont très bien ensemble. Entendámonos: falta de costumbre. Fuera de forma. Creo que perdí the touch of the velvet hand… De cualquier modo, I’m so sorry, uncle Albert, por la parrafada long and winding. Aisumasen, Yoko, por mi versión naked o la expectoración sin Spector. Ni modo, pues: ya van como… ¿diez, doce?… no, estoy exagerando… ocho nomás… ocho años que no escribo nada. Porque todo comenzó en noviembre del 2001, días antes de que George muriera de un derrame cerebral en la casa que alguna vez ocupó Sir Paul. Y fue un lunes… no, un martes… un stupid bloody tuesday, cuando me senté frente a la vieja computadora y descubrí con horror la cajetilla vacía (ya saben: nunca trabajo sin tabaco). Por aquel entonces no hacía otra cosa que escribir. Pensaba que the money was heaven sent y juraba que la bendita novela could make a million for me overnight. Redondeando: más misio que los Fabulosos en Hamburgo. Y eso, claro está, justifica la primera imagen del tríptico que ven arriba (¿ya terminó de cargar?). La segunda, evidentemente, corresponde a la tapa de la Rolling sobre el arribo triunfal a Nueva York. Y la tercera… bueno… si no la reconocen, sugiero que paren de leer aquí. Digamos que mis fine lines, between recklessness and courage, no son from me to you. Beware of darkness, little lambs. I thought that you may like to know que tienen todo el resto del site para pastear a gusto (o sea, get back a la página de inicio). De hecho, la web sí tendrá que mantenerse porque esta señora… cómo decirlo… revisen el contador de visitas… such a lovely audience… cantidades, números, cifras: el único idioma que entiende la Sra. Klein. En cambio, este blog… ¿ya lo dije?… quizá mi blog blow away. No sé qué pensará la doña… ¿fade this one to black? ¿My song will fill the air o será puro air? ¿Un solo post y that’s the end, ah, little girl? No nos adelantemos: esta noche me enteraré… Volviendo al stupid bloody tuesday, recuerdo que apagué la PC y trepé a mi cleta para buscar puchos incompletos regados por la pista entre apple scruffs y botellas vacías (ain’t that a shame?). Luego tomé una callecita… no sé cuál… any road salpicada de baches… and though the holes were rather small, tuve que hacer malabares para pescar al vuelo ese Winston enterito, seco, sin pisotear, que me esperaba shimmering, glimmering, en la esquina con la gran avenida. Obvio: I didn’t notice that the lights had changed. Sweet Lord… no se imaginan el damn good whacking… la bicla contra el Tico… un taxi forrado de anuncios… mi cara en el logo de un pasquín y el parabrisas hecho un wine dark open sea. El maricón del taxista, keeping perfectly still, ni siquiera apagó el motor. Pero el pasajero, menos mal, se bajó de inmediato a ver mis broken wings. Y entonces… adivinen qué… ni hablar, I’d seen his face before. Salvo los anteojos, estaba igualito. Así que let me introduce to you the one and only Brandon Klein (le decíamos Brandy por su afición a los tragos fichos) que, desde luego, se quedó mudo with the foolish grin. Ajá: yo tuve que romper el hielo. There’s no time for fussing and fighting, my friend… and nothing to get hung about porque sólo me raspé los codos y toda la sangre vino de ahí. El caso es que subimos al newspaper taxi y en diez minutos llegamos a un pequeño y elegante comedero. El cartel rezaba Bungalow y la mesera saludó a Klein con familiaridad. Yo, por supuesto, pedí todo lo que pude: beef jerky, little piggies, cold turkey, single pigeon, milk and honey… and thanks for the pepperoni. Según me contó después, resulta que el lucky man, quizá el más bruto de mi salón, made the grade precisamente en Nueva York (creo que un MBA, no estoy seguro) y regresó para pedir la mano de la poor young country girl que lo perseguía desde little child. Por otro lado, debió aceptar una chamba mal pagada como contador en un banco (dizque por mientras) a pesar de que ya estaba cansado de ser un working class hero y a pesar de que se puso a juntar billete desde el primer día que aterrizó en la bad-ass city. Mejor dicho: buscaba una cha-cha-cha-chance para invertir. Cómo no: you were only waiting for the moment to be free… free as a bird… no tú sino tu bird… pero no nos adelantemos. Volviendo al Bungalow, le comenté que había estudiado cuatro ciclos de Literatura en la universidad antes de ser expulsado por una trica. Que yo también, claro, once had a girl, aunque should I say no hubo diamond ring. Que redactaba dirty stories para una revista más rosa que culturosa llamada Tres Gatos y el propio don gato me tiró perro por… cómo decirlo… ya saben: leave my kitten alone. Además, clutching forks to eat my bacon, le conté, sin entrar en detalles, que cierta novelita took me years to write pero tampoco sabía cómo terminarla (por cierto, he puesto las primeras páginas de MI VIDA EN AMARILLO en el anexo de este blog: will you take a look?). Of course, Henry the horse: el desayuno derivó en chupeta y pasamos lista, uno por uno, a todos los profes y compañeros del cole… los teachers que weren’t cool y los friends que have lost their way… redondeando: all those years ago en dos horas y cuatro jarras (a propo, ¿les dije que cuando me pico se me da por hablar en inglés?). En algún momento, con el hígado y la memory almost full, the brown-eyed handsome man ordenó la Bungalow bill. Mientras esperaba a la única mesera (mesera y dueña… dueña de un tremendo… cómo decirlo… un marshmallow pie), o sea, sin muchas ganas y sólo fixing a hole, me preguntó de qué se trataba mi libro. Creo que puse my brave face y tosí con exageración. Christ, you know it ain’t easy… nunca falta un eggman que me obligue a resumir 222 páginas de unknown delight en una frase de tiny bubble… Como sea, cogí sus puchos importados marca Inner (¿dije que no puedo hablar de literatura sin un cigarrillo?) porque de ninguna manera pensaba tocar el Winston rojo que tanto me costó encontrar (obvio: casi me cuesta la vida). Prendí el Inner Light, lancé dos pitadas, contemplé unos segundos el marshmallow pie, y recién entonces pude answer quite slowly que MI VIDA EN AMARILLO, estimado Brandy, viene a ser una nouvelle o tal vez una nivola (ya estaba pagando: no me dio ni bola) que simula una suerte de mind game de acuerdo a peculiares unconsciousness rules (otra vez la foolish grin mientras acariciaba su twenty carat golden ring) y el protagonista es un fanático de los Fabulosos Cuatro y habitué de cierto café llamado Honey Pie donde toda la carta se inspira en letras de los susodichos. En esas estábamos, ya behind that locked door, cuando el brown-eyed, como quien se despide, preguntó dónde quedaba ese cafetín para visitarlo juntos la próxima semana. No, Brandy, nothing is real. O sea, no time or space. Ya conoces a los escritores: desde el wake up, todo es make up… Y en plena perorata inútil sobre teoría literaria, maybe I’m amazed: me cogió del brazo, me arrastró de regreso y volvió a llamar a la mistress and maid para pedir otra jarra. No me quedó más remedio que describir every little thing, painting the room in the colourful way, hasta que otra pregunta me quitó la borrachera de golpe: si ese café no existe, ¿por qué no lo hacemos existir? Y así nomás, como jugando, both of us thinking how good it can be, tres meses más tarde alquilamos la primera planta de un caserón simply shady en el 910 de la calle Convento (verán una foto de aquella época si hacen click en All things must pass: yo la tomé y el Negro la mejoró). Looking for changes a partir de mi libro, la remodelación comenzó en el acto. Y a mí, por supuesto, no me costó ni un centavo. Speaking words of wisdom, Brandy gustaba repetir que las grandes ideas valen más que el dinero y que yo era el creador, el cerebro, el autor intelectual del Honey Pie… ni hablar: con ese tipo de piropos, you know I should be glad, pero la verdad es que prefería ganármelos con MI VIDA EN AMARILLO… De cualquier modo (¿ya lo dije?), interrumpí la corrección de mi nouvelle, nivola, noveleta, lo que quieran, cuando tuve que encargarme totalmente del negocio. Eso: totalmente. Sucede que mi socio no podía dejar su trabajo en el banco, no tenía hope of deliverance, mientras la poor young country girl… cómo decirlo… entendámonos: he would never be free when she was around. Sin mencionar que, después del matri, se la pasaron honeymooning down by the Seine por todo un año, y se tardaron otro más buscando depa. Y muy pronto, cómo no, tenían que aparecer los children at her feet (la doña ya era una walrus cuando se casaron) y ella se resignó to see how Brandy runs… runs into the light of the dark black night… más bien, into the dark sweet ladies. Pero no nos adelantemos. Volviendo a la calle Convento, digamos que, al principio, la clientela era muy tela. El único que cobraba era el dueño del caserón y, encima, nos aumentaba la tarifa cada mes. It’s understood: working for peanuts. Sweet Lord, yo mismo tuve que atender la caja y servir las mesas por algún tiempo. Así las cosas, claro está que la walrus ni se asomaba… pero repito: no nos adelantemos. Como quiera que sea, dos años y dos hijos más tarde, we had to admit: it’s getting better. El café se abarrotaba, especialmente los fines de semana, y rentamos el segundo piso para inaugurar un pub. Un pub estilo inglés. El problema es que comenzaron a llegar… bueno, ya se imaginarán… too many people… bigger piggies de rubber soul… elementary penguins que ni siquiera se sabían el coro de All you need is love. Ni modo, pues: el pub degeneró en discoteca. Y el rebaño no soportaba otra cosa que no fueran silly love songs para twist and shout. Of course, dark horse: una blasfemia. Eso no estaba en MI VIDA EN AMARILLO… De manera que un año más tarde, and meanwhile back to MVA, propuse dividir el patio (es decir, el Jardín de los Pulpos) y acondicionar, en el fondo, aquella librería de steel and glass que figura en la página 4 de mi novelita. Allí acomodé todos los libros, revistas, afiches, vinilos, en fin, que estuve coleccionando desde que I learned to tie my bootlace. Naturalmente, dicha librería se convirtió en mi oficina…. or should I say: mi little hideaway beneath the waves of joy que siempre reventaban en el ballroom dancing. Y en la vieja oficina, que funcionaba en el sótano, mandé instalar cuatro mesas de billar con paño amarillo, y casi todo el barrio terminó participando en los torneos relámpago de Liverpool. Es decir, Liverpool o Snooker con curiosas enmiendas que describo en la página 8 de MVA (basta una ojeada para probar el Liverpool online que el Negro Peter colgó la semana pasada). En fin, volviendo al 2003… quizá 2004… finalmente decidimos comprar el caserón simply shady de la calle Convento y terminar de una vez con los caprichos del propietario. Recuerdo que hicimos una parrillada en el techo para celebrar el funny paper. Y también recuerdo que fue la última… no, penúltima… penúltima vez que el brown-eyed pisó el Honey Pie. De hecho, fue la long-haired lady quien comenzó a visitarnos con cierta regularidad so pretexto de recoger el sobre (dizque su marido no confiaba en los bancos a pesar de trabajar en uno). Creo que I told you about the walrus and him… ¿lo hice? El caso es que, ya para entonces, dicho matrimonio era un tug of war, heart on a string, puro weep… por diversas razones que gently callaré… y el propio Brandy me decía que andaba leaving home y having fun. Y aun con todo, inexplicablemente, la doña no tenía la más mínima intención de divorciarse. ¿Living is easy with eyes closed? ¿Head in a cloud? ¿Driving rain? Very strange… Por otra parte, era lógico suponer que las continuas escapadas de mi socio alguna vez le pasarían la factura… pero ya saben: no nos adelantemos. Así que choba MVA, en agosto del 2004… Tal vez más tarde… ¿octubre, noviembre?… sugerí comprar la vecina jeweler store con el fin de construir el Double Fantasy. Entendámonos: un pequeño auditorio que dos veces por semana serviría como cine-club para películas y documentales sobre los Fabulosos, y únicamente los sábados fungiría de café-concert para bandas garajeras que tocaran covers de los susodichos (apúrense: ya se inscribieron treinta grupos en El Martillo de Plata). Mi socio, como siempre, apoyó la iniciativa. Pero la walrus pensaba que semejante money spent (la verdad, no tanto) see no future, pay no rent, porque sólo vendría un miserable puñado de fanáticos. Redondeando: no conseguí ni un cobre del matrimonio Klein. Ajá: debí costear el Double Fantasy con mi propio bolsillo. Ahora bien, alrededor de las navidades… quizá verano… sí, verano del 2005… Brandy comenzó a quejarse de unos extraños y persistentes dolores en la barriga. Y se quejaba conmigo. No visitaba el Honey, pero a veces, claro, hablábamos sunday on the phone to monday (jamás de negocios, jamás de la walrus) y entonces le recomendé al doctor que trató a mi viejita por un asunto parecido. Al cabo de varias pruebas, análisis, resonancias y demás, le detectaron un tumor. Pidió licencia en el banco por algunos meses y yo, desde luego, tuve que carry that weight. Es decir, tripliqué la cantidad de su sobre. Justo en esos días… obvio: todavía me duele… justo en esos días me tocaba la cuota inicial para un VW del año. Color plata y full equipo… una maravilla… si nunca manejaron uno, you don’t know what you’re missing. Y ni modo, pues… yo me lo perdí: al cuerno con el silver beetle… Como sea, back in the UCI, operaron a mi socio y el forúnculo pareció to vanish in the haze. Sin embargo, the brown-eyed handsome man no esperó mucho para volver a las andadas. Ya lo conocen. So heavy: se tiró cuatro años celebrando su deliverance hasta que lo internaron otra vez en Cuidados Intensivos. Me parece que su tercer hijo acababa de nacer… ¿tercero o cuarto?… no estoy seguro… a esa doña siempre la vi preñada… en todo caso, recuerdo que la recaída coincidió con la compra del market place en la calle Jacarandá. Eso: a la espalda de Convento. Of course, Henry the horse: el Double Fantasy nos quedó chiquito gracias a mi gran idea de programar ACROSS THE UNIVERSE cuando ningún cine de esta ciudad se atrevió a exhibirla. Por otro lado, casi al mismo tiempo resolví poner en práctica otra genialidad de MI VIDA EN AMARILLO. Refaccionamos el billar y lo convertimos en una especie de cabaret. No se equivoquen: sólo cabaret, no prostíbulo. Dejó de llamarse Liverpool para llamarse Flaming Pie. Y lo mejor de todo es que al fin conseguimos anunciar por televisión. En un canal para adultos promocionamos el sweetest little show de satisfaction guaranteed con Lizzy, Michelle, Pam, Rita, Molly, Joan, Nancy, Loretta, Julia… y, cómo no, the long tall Sally with caleidoscope eyes. Pero volviendo al brown-eyed… cómo decirlo… creo que ya tenía los sunken eyes. Sweet Lord: ni la sombra del handsome man. Precisamente, aquélla fue la última vez que pasó por la calle Convento. Llegó en una silla de ruedas, acompañado de su pretty nurse, y dedicamos la inauguración del Flaming for the benefit of Mr. Klein. A partir de entonces, Brandy decidió agotar los últimos meses en su home sweet home with a couple of kids y la apretada pretty nurse que prácticamente le daba poppies from a tray (los poppies y algo más… en la cara de la doña… he couldn’t stand the pain aunque igual me juraba que su bird can sing). El caso es que allí se quedó hasta hoy. Como dije, la llamada me sorprendió en el Jardín de los Pulpos, bajo el tangerine tree, in the middle of a roundabout. Mientras vigilaba a los mozos luchando contra el chaos del backyard, yo intentaba escribir la primera entrada de este blog con la Mac sobre las rodillas. Mi mesa rebosaba de copas que exhibían rastros de champagne, vino, sangría, ron… y sólo una copa, curiosamente intacta, contenía la especialidad de la casa. Un trago cuya receta describo en MVA bajo el nombre de Lucy in the Sky with Diamonds: Lucy es la cereza, diamonds los hielos, y sky viene a ser un combinado de aguardientes y jarabes que seguro Brandy podría reconocer si no fuera por el componente secreto que bauticé como Cloud Nine. Así que levanté la copa y probé un sorbo. Bueno, más de un sorbo. En realidad, toda la copa. Y me acordé del taste of honey, tasting much sweeter than wine… pero ya saben que what is sweet now, turns so sour… En ese momento, la temporary secretary me hizo una seña desde la oficina de steel and glass. Dejé la Mac y corrí a mi little hideaway para coger el teléfono: the bird has flown, at five o’clock as the day begins, y esta misma noche la long-haired walrus tomará posesión de mi oficina con su lawdy mister clawdy según lo estipulado por esos fucking funny papers.

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