Luis Urteaga Cabrera

Nacido en Cajamarca, 1940. Ha ganado importantes premios literarios nacionales e internacionales, como el Premio do Nacional de Cuento “Visión del Perú (1968) con La justicia nos cae del cielo; el Premio Nacional de Novela “José María Arguedas” (1973) por Los hijos del orden; Premio “Primera Plana Sudamericana de Buenos Aires (1969); Premio Nacional de Teatro “Telecentro” (1975) con la obra Danza de las ataduras. Entre 1979 y 1988 desarrolló una investigación y recopilación de tradiciones orales en las comunidades nativas ubicadas en las riberas del Ucayali, producto de esta experiencia es El universo sagrado.  En abril del presente, recibió  el Premio Casa de la Literatura Peruana 2017, máxima distinción institucional  otorgada por haber contribuido a iluminar y enriquecer distintos espacios marginados en el país.

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LA JUSTICIA NO CAE DEL CIELO

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– ¿A quién van a echarle la culpa, a ver?. . . La culpa no es suya, ni de nadie, ingeniero.

– Está bien.  Pero eso no lo sabe nadie más que nosotros.  Usted no conoce a los del directorio, Guevara.  Ellos no entienden de otra cosa que no sea el éxito.  ¡Éxito a toda costa, palpable, inmediato!

– Pero es fácil. Invítelos a que vean el río; que comprueben con sus propios ojos.

– ¿Y usted cree que van a venir? ¿Aquí, todavía?  Esa gente no abandona el confort de sus oficinas por nada del mundo.  Lo que van a hacer es amenazarme: “No queremos palabras, ingeniero; queremos la obra terminada.  Eso venga a ofrecernos, no explicaciones ni excusas”.

El campamento se encuentra a tiro de piedra del río, situado en la margen izquierda, en un promontorio donde es imposible el acceso del turbión impetuoso del agua.  Las treinta carpas que lo forman se distribuyen en dos hileras a los flancos de un corredor que termina en dos cubículos de madera: la administración y el almacén. En el extremo opuesto está el bungalow del ingeniero y la cabaña del administrador y el capataz. A un costado se ubica la amplia carpa que sirve de cocina, comedor y bar.  En torno a él se ha tendido una alambrada de púas como medida de protección contra los  predadores.

– Entonces viaje usted a Lima.  Expóngales la realidad crudamente.  Lléveles fotos de la parte terminada del puente, de la que falta, del río mismo.  ¡Que vean cómo han aumentado las aguas!  Tal vez de esa manera se convenzan.

– No serviría de nada, hombre.  Conozco perfectamente cómo piensan: “La fórmula es funcional ciento por ciento, ingeniero; la riqueza de la región, el interés de los inversionistas extranjeros, el dinero del gobierno, de parte del consorcio la carretera y el trabajo de parte suya”.  “Como verá, en este proyecto nadie deja de ser importante y usted menos que nadie”.  “Le tenemos plena confianza y sabemos que no nos va a fallar”

– Pero algo va a tener que hacer, ingeniero.

– Por supuesto, Guevara; algo tengo que hacer.  Estoy dándole vueltas a una solución.

– ¿A ver, dígala?   Si es que se puede saber, claro.

El emplazamiento del campamento es efímero.  Tres, cinco, siete días, dos semanas permanece en un lugar.  Luego es desmantelado y trasladado, en la media docena de volquetes, hasta la nueva cabecera de la carretera.  Esta es la rutina laboral y a ella está condicionada la vida de los trabajadores.  Solamente en las abras de los ríos el campamento permanece estacionado todo el tiempo que demora la construcción de los puentes.  De esta manera la actividad se va distanciando del pueblo cada vez más, internándose en la inhóspita región que habrá de  incorporarse a la vida civilizada.

– Ir al pueblo, llevarse dos o tres volquetes y enganchar unos cincuenta hombres.  ¿No le parece que así  lograríamos acabar a tiempo?

– La idea me parece excelente, ingeniero.  Yo también había pensado en algo parecido.  Claro, habrá que ofrecerles un buen salario para que se animen a venir.

– La plata no es problema, Guevara.

– ¿No?  ¿Desde cuándo, ingeniero?  ¿Ha olvidado como procede el directorio cuando uno se sale del presupuesto?  Lo menos que van a hacer es sacarnos de aquí.

– No se preocupe, hombre.  Voy a plantearles las cosas de manera que escojan el menor de dos males.

– ¿Y cómo piensa hacerlo, ingeniero?

– Muy fácil.  ¿Qué pensaría de una postergación el Presidente de la República si de pronto decidiera asistir a la inauguración en la fecha señalada, ah?

– Mmmm. . .  ¡Comprendo!

– El prestigio del Consorcio por los suelos, Guevara. Y no sólo eso, también el interés de los inversionistas.  Hasta los planes políticos del Gobierno se verían afectados, la oposición se le puede tirar encima.

– ¿Y nosotros, ingeniero. . . nada?

– Nosotros, los primeros.  Por eso, mientras hago circular la noticia de la visita del presidente, usted se va al pueblo mañana mismo y hace lo que le he dicho.  Le tengo plena confianza y sé que no me va a fallar.

– Descuide, ingeniero.  Yo le traigo a esos ociosos aunque tenga que amarrarlos.

La gente del campamento refiere que cada día, al atardecer, solía llegar; cuando ya la masa de trabajadores colmaba las mesitas apretujadas en toda el área de la carpa.  Su llegada era anunciada por ese desasosiego colectivo que antecede siempre a una calamidad.  Entraba balanceando su corpachón en trancos rudos que estampaban los tacones de sus botas en la tierra trajinada.  Dicen que el restallante vocerío se apaciguaba entonces, como la luz en los pabilos de las velas.  Y más de una risa inoportuna era mutilada por la advertencia:

– ¡El capataz!

La noticia se expandía a todos los confines de la carpa con asombrosa celeridad.  Pocos segundos bastaban para que ninguno de los presentes, sobrios o borrachos, la ignoraran. Y, cuando llegaba hasta la mesa de su uso privado, apartada del resto por un inviolable claro de terreno, la gente afirma que el cantinero ya se estaba retirando tras haber depositado en ella la botella de contenido diáfano.

Recién cuando ocupaba la silla dejaban de observarlo y se iban retomando los temas de los relatos, las charlas y discusiones, con voces veladas por la discreción y el temor.  Aseguran que era el instante que daba el primer sorbo.  En el momento del segundo trago extraía de la descolorida casaca de cuero un maltrecho cigarro al que devolvía la forma con dedos hábiles.  No bien se lo llevaba a los labios y ya una mano cualquiera estaba ofreciéndole la lumbre temblorosa de una vela.  Ensanchaba el tórax y daba un par de chupadas que consumían medio cigarro y luego soplaba la ceniza sin que apareciera en su aliento el menor vestigio de humo.  Dicen que el resto del cigarro terminaba en la mano servil, como un gesto de deferencia.  Era el instante que paseaba sus ojos llameantes en torno del recinto recibiendo venias y sojuzgando las últimas resistencias de las miradas sumisas.  Sólo entonces hacía el tercer sorbo, con una expresión de complacencia en el semblante arrogante, no saben si a causa del licor o del orgullo que experimentaba al someter a esa prueba rutinaria la mansedumbre de aquella muchedumbre amorfa.

En lo que no se ponen de acuerdo es en determinar si era o no en el cuarto trago, con el que secaba el contenido de la botella, que salía a relucir en sus manos el cuchillo.  Era, sí, lo confiesan, el instante en que la gente parecía más desentendida que nunca de su presencia.  Sólo entonces se incorporaba de la mesa, apartaba la silla con el pie e iba abandonando la carpa, calmadamente, con una despectiva sonrisa en el semblante, escarbándose las uñas con el cuchillo, mientras la reprimida vocinglería se apagaba del todo. Y desaparecía, sin haber pronunciado, en la media hora de su permanencia, más de tres gruñidos, que en su boca adquirían categoría de frases contundentes, pero ni una sola palabra. Conviniendo en que hablan únicamente los que pretenden hacerse entender, la gente del campamento reconoce que él no necesitaba ese recurso.

Ya les había dicho en el pueblo pero, para los que no habían oído, iba a repetirlo. Era el administrador de la obra y su apellido Guevara. ¿Escuchaban bien, todos?  ¿También esos que estaban conversando al fondo?  Ah, bueno. Ahí, lo único que se les exigía era trabajar firme y no andar flojeando ni metiendo desorden de ninguna clase. Que se grabaran bien esto último: el desorden no se le toleraba a nadie.  Además, era importante la higiene.  Les recomendaba que hicieran sus necesidades más allá de la alambrada y enterraran sus trofeos, como hacían los gatos, que en ese asunto tenían mejor criterio que los humanos. Eso ayudaría a mantener el campamento aseado y evitaría las epidemias que podían afectar al trabajo. Por lo demás, no quería comisiones para nada; todo reclamo debía ser hecho de manera individual. ¿Habían oído bien?  Excelente.  El señor Rodríguez, ahí presente, era el capataz. Cualquier cosa que se dirigieran a él, nomás. Él se encargaría de estudiar el reclamo, buscarle solución o trasmitirlo a la administración.  En el caso que se lograra terminar la obra a tiempo, y eso dependía de un trabajo duro e intenso, la Compañía sabría gratificar a los que destacaran por su voluntad y por su esfuerzo, aparte de renovar sus contratos y mejorar sus salarios.  Y eso era todo por el momento.  Ahora, que se acercaran a la oficina a recibir un adelanto para atender sus primeras necesidades, y que fueran dando sus nombres y apellidos.

¡Una gran vaina todo esto, te digo, maldita sea! ¿De  qué carajo me sirve ser propietario del negocio? ¿De qué mis ahorros, mi cara blanca, la gratitud y el respeto que he sabido ganarme de los obreros?  Tú pensarás que me valen de algo, pero de nada, créeme, de nada, mientras esos cabrones sigan tratándome como a una mierda. Al menos el administrador debería ser menos pendejo conmigo.  ¿Cumplo o no con mantener en secreto nuestra sociedad?  ¿Entonces?  A ti yo te cuento todo esto porque eres mi amigo, casi otro socio.  Todo el tiempo andas trayéndome la mercadería en tu volquete y yo no soy ingrato, tú lo sabes. De nada andar afeitándome, lustrándome los zapatos, obligando a mi hija que se los ponga para que se acostumbre, aunque le ampollen los pies.  De nada oírme llamar don Alfredo, señorita Vargas a mi hija.  Y qué sería si el negocio no lo compensara a uno de todas estas vainas, con qué aliciente aguantar el duro trajín de la semana: que cocina, que lavado del servicio y limpieza de la carpa.  Y lo peor de todo el viajecito de mierda, los días sábados al pueblo, zarandeado por los volquetes y mezclado con los obreros, a buscar los mejores precios de tienda en tienda, de puesto en puesto, mientras esos cojudos llenan las cantinas y los burdeles tirando sus salarios y favoreciendo a ese miserable lugar donde no viven ni trabajan. A mí esto nunca me pareció bien, por eso hablé con el administrador y lo convencí de que pidiera autorización para vender licor acá.  No le costó trabajo  conseguir el permiso, a los tres días vino a verme y me dijo: “Está hecho, socio”.  Me quedé de una pieza, hasta ahora no sé cómo haría.  A mí me vino con el cuento de que le trabajó la moral al ingeniero recordándole los escándalos que paran armando en el pueblo los obreros borrachos. Pero más que seguro le ofreció su tajada.  Y si no ¿por qué ahí mismo me subió la mordida el muy cabrón, ah?   A ver, dime, ¿por qué?  Nunca se me va a pasar la rabia que me dio, pero no pude hacer nada.  Mientras uno es chico no hay modo de evitar que los grandes se lo coman.  Lo bueno es que a pesar de los mordiscos siempre logro sacar lo mío, créeme.  Claro, tampoco soy tan huevón de andar pregonándolo por todas partes.  Al contrario, lo mejor es quejarse de necesidad todo el tiempo: “con lo caro que está todo, para ganar algo tendría que especular con la comida, las bebidas, los cigarros y eso no se le puede hacer de ninguna manera a esta pobre gente”.  Que los cojudos se la crean mientras yo me río en mis adentros.  La cosa está en saber comprar y saber vender, guardar bien la comida de un día para otro para que no se malogre, cuidar que no haya desperdicios.  Pero lo principal es hacerse el loco a la hora de la cuenta, sobre todo con los que se emborrachan.  ¿Y por qué no?  No me pongas esa cara. ¿Todo el mundo no se llena los bolsillos?  ¿El ingeniero, el administrador no están amarrados con el cemento, el fierro, la gasolina?  Y si no, ¿por qué faltan los materiales todo el tiempo? ¿No pagan jornales imaginarios en las planillas? ¿No descuentan de los salarios por impuestos y por seguro?  No me digas que no lo sabías, no te me hagas el inocente. ¿Ustedes mismos no andan cargando hasta el tope los volquetes con pasajeros, costales y cuanta cosa pueden meter?  Entonces, ¿por qué yo no?  ¿Ah, ya ves?  Aquí en confianza te diré que ya tengo alguito, así como tú. Eso sí podría ser mucho más trayendo mujeres los sábados y domingos para que la gente se divierta.  Así los obreros no tendrían que largarse al pueblo, ni sus salarios tampoco. El administrador está entusiasmado con la idea, pero el que no atraca es el ingeniero.  No quiere saber nada.  Dice que eso es ya otra cosa.   Que el de los problemas van  a ser para él, que las peleas que se armarían por ellas.  Que esto, que lo otro, dándose de muy recto el puta, de muy serio.  Como si uno no supiera las encerronas que arma en las oficinas las noches de los sábados.  Pero el administrador no se da por vencido.  Yo le paro repitiendo que eso es para llenarse y sé que lo va a convencer un día de estos.  Ahora que, con mi hija aquí, no sé, no sé.  Claro, podría arreglarlo mandándola donde su abuela. Pero no me da mucha confianza, es un viaje tan largo hasta Chiclayo, tú sabes.   Allá estaría de su cuenta y eso es otra vaina, caracho. Además, su edad, todavía es una chiquilla, se ha criado sin madre, es muy inocente. Y también si se fuera tendría que contratar una persona para que se ocupe de la cocina y más que seguro va a querer un platal.  O, en todo caso, cocinar yo mismo.  No es que no sepa, qué cosa no sabré.   Lo hago más o menos.  Pero dudo que a los obreros les parezca bien.  De repente se me ausentan, me hacen la competencia o cualquier otra vaina.   Se han acostumbrado a su sazón y encima le tienen cariño a la muchacha, seguro que les recuerda a sus propias hijas o de repente otra cosa. Yo, no me engaño, muchos vienen aquí solo por verla, me he dado cuenta, no creas que soy cojudo.  Claro, me hago el pelotas porque me conviene. Que la miren todo lo que quieran pero que consuman; así les descubro las intenciones y los bolsillos. El peor es ese capataz del carajo que nunca paga lo que traga, me trata como si fuera mi jefe y encima anda rondándome a la muchacha, te digo, buscando seguramente una ocasión. Yo me hago el de la vista gorda, nomás.  Pero un día de estos se va a joder ese desgraciado de mierda.  ¡No te rías, tú no me conoces, se la tengo jurada, por esta cruz!

– Como les digo, si no fuera por el desgraciado ese, esto no sería tan malo. Ni los salarios de hambre, ni el calor, ni los mosquitos y las tercianas joden tanto como él.  A la menor cojudez ya está golpeando a los trabajadores.

– ¿Y por qué lo aguantan? ¿Nadie le ha parado los machos?

– Cómo no, más de uno.  Pero cuando no han salido machucados, se han ganado una cuchillada o han ido presos.

– ¿Y por qué no interviene el sindicato?

– ¿Sindicato ha dicho?  ¡Qué va a haber sindicato!  Aquí nunca se ha podido tener sindicato.   En cuanto huelen algo, botan a los cabecillas o los meten presos.  Siempre hemos fracasado.

– No sabrán hacer las cosas, pues.  Eso se hace en el mayor secreto para que no ocurra lo que usted cuenta.

– Para nada, varón.  Hay mucho soplón, mucho amarillo.  Uno nunca sabe con quién está hablando,  si con amigo o enemigo.  A ustedes les cuento todo esto porque recién han llegado.  Si no fuera así, no me arriesgaría.

– No nos diga que no hay hombres aquí.

–  Aquí estamos ahuevados, aguantando nomás que nos jodan.  Por eso yo digo hoy en día ya no se dan hombres.  La gente de antes era de temple, carajo, daba gusto.

–  ¿Y usted?  Nadie que no sea de temple habla así.

– Ahora, ya no.  Pero antes, cuando era joven, nadie se atrevió a pisarme el poncho.  Claro que, a la larga, no sacaba nada.  Paraba corrido de todas partes, los maestros de obra se pasaban la voz y no conseguía trabajo.  La familia andaba jodida.  Por eso lo mejor es atajarse la lengua, eso es lo que hago.

– Cuando se usa pantalón, es difícil.  Sin faltarle el respeto, amigo.

– Según y conforme.  Si de lo que se trata es de cuidar el puesto, entonces tengo la razón.  Este capataz no entra en vainas.

– Nosotros acostumbramos no faltarle a nadie, grande o chico.

– Esa es la forma de comportarse, muchachos.  De lo contrario, van a tener una estadía muy corta.

–  (Veremos)

– ¿Decía usted?

– No, nada.  ¿Y del alojamiento, qué nos contesta?

– Vengan conmigo, nos acomodaremos en mi carpa.  ¿Total?  La vida es prestada, de dar y recibir.  ¿A quién de los tres le queda un cigarro?

– Aquí tiene, amigo.  ¿Su nombre cuál es?

– Andrés Benites, para serviles.  ¿Y la gracia de ustedes?

Lo decides tan pronto divisas a los nuevos deambular por el campamento cargando sus mochilas en busca de alojamiento: curiosos, comunicativos, atolondrados,  haciendo amistad con los trabajadores antiguos.  Igual que  siempre, vas a tener que demostrarles quién es el que manda aquí.  Escoges al más apropiado, sin equivocarte.  De preferencia joven, que sea hablador, que llame la atención, que se haga simpático ante los antiguos. Abundan los cojudos  de este tipo.  De entrada le buscas pleito con cualquier pretexto, en un lugar concurrido.  Antes de que se dé cuenta de lo que pasa ya lo has madrugado  delante de todo el mundo.  Lo insultas, lo pateas en el suelo sin miramientos, lo humillas. Si te sale respondón, en el bolsillo tienes el cuchillo y encima que lo despidan por faltar a su superior.  ¿A quién va a quejarse aquí?  ¿Al ingeniero, al administrador?  ¿Con qué resultado?  ¿Va a recurrir a las autoridades del pueblo?  Como se atreva, no será la primera vez que hagas encerrar a uno de estos.  Con desaparecer alguna herramienta del almacén y señalarlo como sospechoso, es suficiente.  Además, claro, de tu palabra de capataz serio, justo y responsable.  Y bien, decide llevarlo a cabo esta misma tarde para que la impresión y el susto les dure hasta mañana y al trabajo lleguen mansitos, como los antiguos. ¿Y si no, cómo te vas a hacer respetar? ¿De qué manera justificar la admiración que mereces del administrador por la eficacia con que ejerces tu autoridad? ¿Con qué recurso asegurar el aprecio del ingeniero por el orden tan necesario que sabes imponer sin mucho esfuerzo?

Después de observar decepcionado el ingreso de tanta gente nueva,  es cuestión de cifrar la esperanza en estos últimos que aparecen.  Como nunca, la carpa está repleta, mesas disponibles ya casi no quedan.  Decidirse, entonces;  abandonar el mostrador de javas apiñadas; dibujar en los labios una sonrisa; salir a recibirlos.  Ir derecho a ellos, darles las buenas noches, estrechar sus manos, así.  Que la bienvenida les parezca calurosa y la sonrisa amable y fraternal. No esperar que soliciten servicio, adelantarse a ellos, poner a su disposición el local.  Que reciban la impresión inconfundible de que todo aquí está  para servirles.  Venir caminando al lado de ellos explicándoles que el negocio da crédito a los obreros antiguos y nuevos. Que no tienen que preocuparse por nada: comida, trago, cigarros.  Que pidan y consuman, nomás.  Del descuento se encarga el administrador el día de pago.   Y, mientras se les habla, sonriéndoles siempre, conducirlos a la mesa aquella sin que se den cuenta, distribuirlos alrededor de ella,  hablándoles todo el tiempo para acallar las advertencias de los demás, para ocultarles las caras descompuestas que tratan de predecirles el problema.  Acercar la silla de mimbre con diligencia y ofrecerla al más corpulento.  Para los otros dos jalar bancos con solicitud y que los ocupen, que se pongan cómodos. Hacer con ellos una excepción especial y que venga inmediatamente la Toña a limpiar el hule de la mesa con un trapo húmedo. Y ahí tienen cachito y dados, amigos, un casino nuevecito, el trago de su agrado, señores,  cigarros de la marca que gusten, caballeros, ahí tienen a su amigo para servirles.  Desearles que se sientan ni más ni menos que en sus casas, se diviertan, les vaya muy bien esta primera noche. Y ahora dejarlos solos, sonriendo y con una venia de despedida, aislados del resto por el inviolable claro de terreno y envueltos en las miradas compadecidas de los parroquianos antiguos.

Obediente al imperioso mandato de tus hábitos y sorprendido por el barullo que atenúa los sonidos del bosque, irrumpe súbitamente, con la brusquedad de costumbre.  Da un par de pasos en el recinto repleto de humo que desvanece las figuras y los semblantes, y carraspea fuerte para anunciar tu presencia. El alboroto reinante descompone tu semblante, abre una grieta entre tus cejas, despide al cigarrillo de tus labios.  Echa una ojeada circular, vertiginosa y, una por una, ubica las mesas que albergan a los antiguos, a los nuevos.  Ahí el cantinero retirando de ti su mirada, aferrando esa botella, desentendido de tu presencia, trabadas sus manos en el tirabuzón, el muy cobarde. De pronto tus ojos son reclamados por tu espacio privado y sientes la oleada de sangre en tu cara como una llamarada,  el estupor debido a la audacia increíble, la indignación por el atrevimiento inesperado.  Con un violento empellón a la mesa que estorba tu camino ábrete paso, indiferente a la caída y el estallido de esa botella que convoca todas las miradas. Te encuentran sorteando los obstáculos a empujón limpio con la peor de tus caras, plantado a dos pasos de tu mesa con las piernas separadas y firmes.  Y hasta los más distraídos, incluso los borrachos, escuchan el poderoso gruñido de tu voz:

-¡Vargas, que mierda hacen estos huevones en mi mesa!

Busca al cantinero y te moleste, te divierta su parálisis, la expresión desencajada de su cara, la mirada asustada de sus ojos turbios.  Rastrea el recinto y advierte que todas las miradas se han vuelto hacia ti.  Tan sólo los que ocupan tu mesa parecen ignorarte.  ¿No saben quién eres?   ¿Acaso  no han oído tus palabras?  Obsérvalos de uno en uno, enfrascados en su juego, descubriendo sin apuro los naipes de los montículos que sus manos conforman y deshacen.  Ríete de la cara aniñada del mocetón que ocupa tu silla pero admira su osadía, su atrevimiento, su leve alegría. Desdeña sus brazos musculosos, sus manos percudidas y toscas.  Estudia al moreno, su cuerpo de estatua, su rostro enjuto y prieto, sus ojos replegados en esos párpados achinados, la seguridad de sus manos repartiendo los naipes. Ya casi no te detengas en el tercero; explora fugazmente sus modales lerdos, sus ojos cargados de sueño, la expresión ausente de su cara cuadrada y aquel índice mutilado que los naipes esconden.  Tu confianza se ha fortalecido y sonríes al oír las palabras del mocetón puteando su mala suerte.  Y ahí las manos del moreno que abordan y abandona el centro de la mesa y los naipes que caen con desprecio sobre el dinero apostado.  Esta vez tu voz sea un verdadero rugido:

– ¡Como no te largues vas a perder los dientes, además de dinero!

Advierte de reojo que Vargas tironea a la hija y la obliga  a abandonar el local y guarecerse en un lugar seguro. Y él y otros y todos seguramente deseando desaparecer para no presenciar la infamia que preparas.  Entre tanto, el mocetón ha recogido los naipes, apilándolos sobre el hule estampado con madreselvas y enredaderas.

-¿Es conmigo?

Esa increíble ingenuidad, esa mirada bonachona y pacífica, ese timbre infantil como para reírse.  Pero no descuides un instante al moreno, desconfía de su aparente congoja, de su cuerpo incómodo, de la intranquilidad de sus brazos y piernas, de su cabeza ladeada como si estuviera fatigado. El otro, ahí, mirándote y viendo llover, sin saber qué hacer con el índice mutilado, si exhibirlo o seguir escondiéndolo. Entonces, importunado por la indiferencia humillante que oponen a tu exasperación, luce tu hombría y vocifera:

– ¡Con los tres!

Y ahí la cabeza del moreno enderezándose, ahí abriéndose las grietas de sus ojos, ahí sus manos desplegadas en el aire y luego ceñidas en el vaso azulino repleto de cerveza, ahí su cuerpo incómodo y flexible.  Junto con la prevención y desconfianza, siente como tus manos se van cerrando hasta volverse puños.  Y el mocetón apreciando tu desafiante actitud sin alterarse.  Lamenta no haber elegido al tercero.  ¿Va a darte algún resultado seguir provocando a este huevón imperturbable?  Y de pronto te sorprende la voz apagada del moreno:

– Si lo que quiere es sentarse con nosotros, arrime un banco, amigo.

Y te sorprenda mucho más lo que añade el mocetón:

– Y no alce la voz que me asusta al gordo.

Verlo sonreír en tu cara y palmear la espalda del compañero que no sabe apreciar la broma. A pesar del tono recio y mordaz de sus palabras, es indudable que te está proponiendo un arreglo justo.  Al menos para ellos.  Para ti sólo significa una inaceptable resistencia a tu autoridad.  Para los demás no puede ser sino el asunto que los hace olvidar sus preocupaciones por completo. ¿Imaginas lo que significa para el cantinero, para su hija?  Para él, la posibilidad de hacer plata con el incidente. Y al encontrar la sonrisa tras el mostrador de javas vacías, mezcla de ternura y temor, intuyes lo que significa para ella.  Pero no lo sepas con seguridad.

La reacción indolente del trío está desbaratando tu intento de intimidarlos. Repasa sus semblantes con ojos rápidos y obtén una medida aproximada de la situación.   Lo que temías.  Entonces, trata de impedir un desenlace pacífico que malogre tus propósitos:

– ¡Por lo visto, ustedes no saben quién soy yo! –diles, ásperamente.

Advierte que el recinto se ha vuelto un páramo helado y silencioso; todo en él es calmo, frío y leve, y el único sonido que se escucha es el murmullo de la  cerveza cayendo de la botella al vaso.  Y cuando te das cuenta que nada ni nadie va a revelarles tu identidad, exclama:

– ¡Soy el capataz!   ¡El que da las órdenes!

Porque esperabas una reacción distinta, un estallido terminante contra la imposición gratuita de autoridad, te tome  de sorpresa la insólita respuesta del mocetón:

– En el trabajo.  Aquí, eres uno más.

Percibe el murmullo general que celebra sus palabras: un rumor progresivo y sordo como las crecientes del río.  Capta al sesgo la cara congestionada del cantinero que arrastra a la hija tras el mostrador, el chirrido de las mesas cuando los parroquianos se ponen de pie, cuando sus exclamaciones se vuelven un moscardón enardecido.  Entonces, ya nada te detenga.  Ahí, a tu alcance, el atrevido. No esperes más, dispara tu mano.

No puede ser. ¿Qué se interpuso entre el cuchillo y la cara insolente?  ¿El vaso?  Increíble. Y ahí, en el piso, los fragmentos azules que tus ojos asombrados reconocen y pulverizan tus botas.  Sus amigos ya están de pie, la multitud se agita en torno a ustedes, parpadean las velas y el moreno se encuentra frente a ti erguido y desafiante.   Y escucha su advertencia para toda la gente:

– ¡Quietos!  ¡Nadie se meta!  ¡Déjenmelo a mí!

Se incorpora, cubre sus senos con la blusa de percal floreado, ajusta en la cintura la falda, levanta su borde inferior y seca sus muslos, se alisa la melena negra y era una pena pero tenía que irse, vidita. ¿Cómo?  ¿Ya?  ¿Tan pronto?  Igual que el río que rumorea en la cercanía, la voz del hombre es una invitación a quedarse a su lado para siempre, ceñidos los brazos en aquel pecho vasto y sudoroso, estremecida de placer. Que todavía no se fuera, que se quedara un ratito más o no le había gustado.  ¿Ah, qué le decía?  Y sonríe.  Le provocó hacerlo. Si fuera posible olvidarse de su padre, de sus obligaciones de hija que de pronto se le vuelven odiosas. Era una irresistible tentación tenderse otra vez en la hierba crecida y húmeda, ceder a la invitación de esas manos diestras e insaciables, de  esos brazos tatuados y recios, de ese resuello áspero y cálido que la embriaga, dejarse hacer lo que él quiera y abandonarse a ese estado de exaltación atroz y maravillosa. No sabe cómo pero ha logrado incorporarse. ¿Y, amorcito, te quedas?  Cuánto quisiera pero ya tenía que irse, hacía mucho que se había escapado y su padre estaría buscándola, estaba muy equivocado si lo creía un tonto.  La risa del hombre hace vibrar la brizna presa entre sus labios, un tonto no, y crece hasta disputar a la voz del río el dominio de la penumbra poblada de chispas y chillidos, un vivo sí.  Se endereza y arrodilla, estaba bien, recoge su camisa de la hierba, que se fuera nomás, la sacude para que caigan las hormigas y cubre su torso desnudo sembrado de vellos, pero cuidadito con faltar la tarde siguiente y se pone de pie.  Abotona lentamente la camisa, estaría esperándola a la misma hora, la introduce en el pantalón, en el mismo lugar, y ajusta la correa.  Estira con brusquedad la mano abierta, ya lo sabes, y le hace una tosca caricia en la mejilla, pollita sabrosa.

Tengo que hacerme el cojudo y disimular mi contento, todo está saliendo a pedir de boca. Las palabras que ha pronunciado el moreno detienen la mano del muchacho que ha quebrado la botella en el canto de la mesa y apunta al capataz con los vidrios filudos. Este, seguro de la mansedumbre de los peones, que se han amontonado como moscas a su lado, les da la espalda.  Aprovecho la confusión y el alboroto para acercar una navaja a la mano que el moreno apoya en el mostrador.  El capataz prepara la embestida adelantando la cabeza y el cuerpo y llevando atrás la mano con el cuchillo. Pero retrocede al ver que el moreno toma la navaja por la hoja y la levanta por encima de su cabeza.  La cara se le descompone al verla volar, atravesar el espacio que los separa y clavarse en la mesa. Su estupor es único cuando el moreno exclama:

– ¡La navaja no educa a nadie!

Y se lleva las manos a la cintura cuando ve que el capataz se acerca decidido. En su mano aparece la correa que le asegura el pantalón, cimbreando como una víbora. Y frente al matón que empuña el cuchillo empieza a mover la tosca hebilla de bronce delante de sus rodillas. Ya más resuelto, el capataz lo acosa con un baile extraño, hecho de paradas bruscas, inclinaciones, fintas, retrocesos, saltos de costado. Las rodillas del moreno están ligeramente dobladas, sus piernas presas de un balanceo maniático, como si temblaran de miedo. El metal de la hebilla recoge por instantes el temblor de las velas y arroja reflejos dorados sobre los semblantes de los rivales. Soy testigo de la primera manotada que el moreno esquiva ladeando el cuerpo y del violento impacto de la hebilla en la cara del cuchillero.

Se produce una ruidosa absorción de aire por los observadores, un murmullo de asombro, un largo silencio que se vuelve intolerable. Estoy agazapado detrás de las javas vacías soportando una torcedura en el cuello por la posición incómoda, con los músculos contraídos y la respiración agitada.  La Toña está tensa, a mi lado, su corazón golpea la blusa como si quisiera salirse; a la pobre siempre le ha disgustado la violencia.

Al devolver mis ojos a la pelea, el capataz, sin recuperarse de la sorpresa, ha variado de maniobra.  Ha replegado la mano armada y adelanta el brazo libre buscando el contragolpe. El moreno está clavado en el piso, como si hubiera perdido su capacidad de movimiento. Pero se mueve, levemente, hacia atrás, hacia delante, atrás y delante mientras su mano libre traza triángulos ante su cara.  En eso se le descuelga un mechón sobre los ojos y hace un  ademán para volverlo a su sitio; una cojuda distracción que va a costarle caro porque el rival se ha dado cuenta, pega un brinco y entra a fondo apuntando al vientre. Pero la hebilla se le anticipa de nuevo, un segundo le oculta la boca y una bocanada de baba colorada brota de ella.

Acusando la dureza del castigo, el matón se tambalea, como mareado, perdida su iniciativa. Me parece un desesperado, aferrado torpemente al arma inútil y enfrentando la fatalidad con una mueca de incredulidad por haber descubierto, como yo y como todo el mundo, que el moreno no es un novato. Entonces el silencio de velorio es roto por la risa del mocetón, la mirada del gordo está esclavizada en la correa y mi cuerpo se sacude de regocijo como si lo hubiera agarrado la terciana.

Con el tercer golpe de la hebilla vuela el cuchillo de la mano, que se apresura a proteger la cara maltratada.  A partir de entonces pierdo la cuenta de los golpes, pero son muchos, de toda laya, que el capataz trata de eludir metiéndose entre las mesas, escudándose con las sillas, cubriéndose la cara con las manos crispadas. La muralla de cuerpos le abre un estrecho camino de bramidos, silbidos y exclamaciones, que el capataz gana reculando, mientras las miradas se deleitan en su mueca de rabia y espanto. De pronto se viene al suelo. Y ahí se queda, tendido, en la postura de un muñeco de trapo, la cara aplastada contra la tierra sucia de cerveza y salivazos.

Cuando la carpa se vuelve un circo debido a las exclamaciones de admiración, los gritos de júbilo y los aplausos, el derrotado se incorpora con dificultad ayudado por las manos del moreno, que ha permanecido a su lado todo el tiempo.  Entonces me río de su ridículo intento por recuperar su estatura, en medio del desprecio y de la lástima. Igual que al resto, me divierte su rencor y su vergüenza.  Lo veo buscar la salida topeteando, a la gente cerrándole el paso envalentonada, arrojándole escupitajos y groserías, burlándose de su arrogancia ensangrentada.  La voz del moreno crece sobre el estrépito para decir que no es de valientes ensañarse con un vencido y pedir que lo dejen en paz. Y compruebo la obediencia que cosechan sus palabras.

Después, ya no llama mi atención nada de cuanto ocurre.  Pero hay mucho grito, mucha bulla, pagos de apuestas, carcajadas. La correa aparece en el mostrador abarcando la carpa como un par de brazos abiertos, la hebilla refleja las llamitas agitadas de las velas.  Frente a ella, el cuchillo está clavado en el piso, sin ser advertido por nadie. Por haber sido el ganador, es justo que lo conserve como trofeo y me acerco a él con disimulo. Y cuando el capataz abandona la carpa y brotan los comentarios alborozados de los peones, doy rienda suelta a mi contento y grito a voz en cuello:

– ¡Aquí, no ha pasado nada, señores!

Pero nadie me escucha. Busco a la Toña para medir en sus ojos el tamaño de nuestro triunfo y no la encuentro a mi lado. La busco entre la gente, que celebra con un brindis tras otro, pero no está en ninguna parte. Ha desaparecido, sin que me haya dado cuenta en qué momento.

Congréguense alrededor suyo, palmeen sus espaldas, tanteen su cuerpo y revisen su cara en busca de tajos.  Díganle que no debe perder un solo minuto, hombre, que debe marcharse de inmediato, caminar toda la noche  sin parar un instante si quieres llegar al pueblo al amanecer.  Que de ahí se largue a cualquier parte antes que lo huela la policía; si te dejas pescar estarás jodido, no lo van a guardar un día, dos, van a pudrirte en una cárcel acusándote de ladrón o terrorista.  Y el más animoso despréndase de su gorra y hágala circular entre la gente que lo rodea, diciendo:

– Señores, una erogación para el viaje de este varón.

Y todos los que han ido echando algo de dinero vean cómo Oliva se opone, cómo arrebata la gorra y dice no, no, no, yo no quiero estas cosas, compañeros.   No le hagan caso, pídanle que comprenda la deuda de gratitud que han contraído con él, insístanle, que reconozca que así humillado como has dejado al matón no volverá a acuchillar ni moscas, compañero. Que no pueden dejarlo marchar así nomás por todo lo que ha hecho y no le pidan, exíjanle que acepte esta pequeña bolsa que te puede ser útil en algo, compañero. Y niéguense a recibir el dinero que está devolviéndoles porque no has cobrado ni tu primer salario.  En eso, escuchen su voz, tranquila y nítida:

– ¿Así que quieren ayudarme, no?

Pero claro, asegúrenle, eso es precisamente lo que todos queremos, repítanle. Y vean como menea su cabeza, muy bien, que entonces fueran a conseguir papel y lápiz.  Y ustedes, sorprendidos ¿papel y lápiz? Y él, enérgico, sí, como lo han oído, pero comedido, urge conseguirlos, y hasta sonriente, ya les explicaré para qué.  Y agitados, presurosos, discretos, muchos de ustedes desaparezcan como sombras en las carpas silenciosas y tibias.  No tarden en volver con tres, cuatro, cinco papeles, lapiceros, lápices.  Recojan del suelo la silla de mimbre y acérquela a la mesa, arrimen los bancos dispersos, limpien el hule con sus pañuelos.  Y ahora escuchen a Oliva invitando a sentarse con él a todos los que sepan leer y escribir.  Que les duela la vergüenza de los que no saben, que los alegre el orgullo de los que saben.  No son muchos, con don Andrés Benites a la cabeza.  A los demás les sugiere que se tomen una copa y no les parezca mala idea, buena falta  estaba haciéndoles para recomponer los nervios maltratados por la pelea.  Y cuando están por llegar al mostrador, con el gordo y el mocetón, la voz de Oliva se les adelante:

– ¡La primera copa a nombre del sindicato, ya saben!

Deténganse de golpe, arqueen las cejas, frunzan las narices, volteen a mirarlo, distiendan los labios ¿Acaso han oído mal?  ¿Sindicato ha dicho?  ¿De qué sindicato habla?  Y ahora sean testigos del avance medroso del cantinero, de su apocamiento y su voz quebrada encarando a Oliva:

– ¿Qué pretende hacer?  ¡Mi carpa no es local político!

Y mientras el cantinero alega que lo están comprometiendo, que están poniendo en peligro su negocio, mientras el lapicero corre con dificultad sobre el papel arrugado, la mayoría haga brindis entusiastas por el éxito y unos pocos, horadando la penumbra con el humo de sus cigarros, vigilen con sigilo las cabañas de madera del campamento.

Luego de media hora de haberlos visto y oído discutir, argumentar y tomar acuerdos profiriendo carajos y juramentos, y escribir buscando entre todos,  las palabras adecuadas, vean a Oliva trepar a la silla, a Benites acercarle una vela, a los demás acomodándose para oír la lectura.  Íntimamente emocionados a causa del sentimiento nuevo que los acerca unos a otros y los hermana, abandonen las copas, el mostrador y acérquense a escuchar.

Y cuando termina la lectura pónganse fuera de sí de contentos, pronuncien gritos de entusiasmo y júbilo, hurras que hacen vibrar las botellas de licor en los anaqueles de cartón, apagan el vozarrón del río, se filtran entre las carpas como un cántico.  Y ahora que se les solicita que se aproximen para estampar sus firmas en el pliego de reclamos, háganlo sin vacilación, limpiando con saliva las yemas de los dedos para las huellas digitales y remangando las camisas como si se tratara de un combate.  Aglomérense alrededor de la mesa disputando un lugar de honor para sus nombres.  Y escuchen la voz del cantinero:

– Co, como el administrador se entere que lo han hecho acá, me va a jo, joder.  Me, mejor  váyanse.  No me obliguen a de, denunciarlos.

Cérquenlo velozmente dos, tres, cuatro de los que se encuentran más cerca de él.  Atrápenlo y arrástrenlo hasta la mesa desoyendo sus quejidos, puteadas y súplicas, los chillidos de la muchacha.  Delante de todos recuérdenle que él se mantienen gracias a ustedes, soplón de mierda, que tenga mucho cuidado con lo que hace, que lo van a estar vigilando y pobre de él que haga cojudeces que va a terminar viajando panza arriba en las aguas del río. Y ahora observen como se retira, divertidos, más asustado de lo que vino, y hasta sonrientes, abriendo los brazos con desconsuelo frente a los ojos indignados de la hija.

A ella véanla dando pasos enérgicos que hacen revolar el ruedo de su falda, sacuden sus senos bajo el percal floreado, la conducen hasta ustedes.

– ¡Lárguense de aquí! –vociferé.

Quédense mirándola con sorpresa, con benevolencia, con decepción, como se hace con el arrebato incomprendido de una hija, preguntándose si acaso no se había librado ella también del matón.  ¿Cualquier día de estos no le pudo haber clavado el diente?  Y ella, estalla de nuevo.

– ¡Fuera de aquí, todos!

Entonces, encuentren conveniente pagar el consumo y los perjuicios de la pelea con el sobrante de la erogación.  Y desfilen sin más demora hacia la salida de la carpa, porque todo les parezca preferible antes que enfrentarse con aquella mujer furiosa.

“Los firmantes, trabajadores estables de la obra Carretera de Penetración, libremente elegidos en Asamblea General extraordinaria del día doce de octubre del año en curso, frente a los hechos que han ocurrido en este campamento,  manifestamos:

“Que el despido intempestivo del trabajador Bernardo Oliva Vásquez es un atropello patronal incalificable que pone en evidencia una vez más la política de prepotencia que utiliza la compañía para solucionar los problemas que se producen en este y otros campamentos.

“Que la falta cometida por el trabajador Bernardo Oliva Vásquez ha consistido en responder enérgicamente a la cobarde agresión de que fue víctima por parte del capataz  Augusto Rodríguez Temoche.

“Que la sola presencia de ese sujeto servil e indeseable, representante del hampa y enemigo declarado de los trabajadores, agudiza la lucha de clases y constituye un abierto desafío al proletariado.

“Que para emprender la defensa por la vía legal de nuestro compañero injustamente despedido, estamos cursando en la fecha una solicitud al poder judicial pidiendo los antecedentes penales del capataz Rodríguez Temoche.

“Que los abusos de la patronal vienen siendo practicados de manera sistemática desde la fecha en que comenzaron los trabajos, año y medio atrás, con el objeto de frenar el justo reconocimiento de los derechos de la clase trabajadora.

“Que junto con los abusos mencionados, la Compañía lleva a cabo a través de sus representantes y en complicidad con las autoridades del pueblo, medidas de represión tales como el despido masivo de brigadas enteras –puente número cinco- y el encarcelamiento  de  nuestros líderes por  el  único delito de encabezar justas reclamaciones, muchas  de las cuales  han tenido como causa  la conducta rastrera y matonesca del mencionado capataz.

“En vista de todo lo cual, la Asamblea acuerda por unanimidad, lo siguiente:

“Uno.  Exigir la reposición inmediata del trabajador Bernardo Oliva Vásquez.

“Dos. Exigir la separación inmediata del capataz Augusto Rodríguez Temoche.

”Tres.  Ir a la huelga indefinida en caso de que sean desatendidos los dos puntos anteriores, responsabilizando a la Compañía de las consecuencias que se deriven.

Catorce firmas ilegibles

Diecisiete huellas digitales”

Cuando vimos lo que Oliva había hecho con el capataz, ahí recién despertamos.  No se trataba de algo extraordinario; lo que hizo pudo ser obra de cualquiera de nosotros.  Sin embargo, no había sido así, había tenido que ser un novato.  Pero en ese momento nos sentíamos capaces de emprender cualquier cosa.  Claro, el arranque siempre resulta difícil.  Después ya no, todo se hace fácil y ya no hay manera de dar marcha atrás.  No nos asustaba perder el empleo, que nos zamparan a la cárcel, o cómo irían a quedar nuestras familias, nada de nada.

Oliva nos había advertido que si lo veíamos salir de la oficina con la casaca al hombro, la cosa se habría puesto mala y ese sería el momento de intervenir.  Así igualito sucedió.  Entonces agarramos y ahí mismito nos acercamos a  la administración.  No fuimos amontonados sino en orden, éramos una cantidad muy regular. Claro, no estábamos todos, era una pena; algunos carajos no quisieron saber nada.  De lejos  nos iban siguiendo, diciéndonos que solamente traeríamos más problemas.  Nos rogaban que desistiéramos, nos amenazaban, nos decían que era preferible que las cosas siguieran igual, que mientras a la mayoría no le pasara nada, no importaba que largaran a uno o dos.

Como no les hacíamos caso, en un momento se encolerizaron y quisieron propasarse. Tuvimos que ponernos fuertes y nos fuimos sobre ellos.  No nos enfrentaron, se dispersaron perdiéndose a la carrera fuera de la alambrada. A la hora de la bronca algunos recapacitaron y se plegaron a nosotros.  Pero los demás le sirvieron de bastante ayuda a la policía.

Llegamos en silencio y uno de nosotros tocó la puerta, despacio nomás.  “Sin perder la tranquilidad” nos había dicho Oliva, que no había para qué insolentarse ni menos insultar, que esas cosas no ayudaban en nada. Calmados estábamos, pero algo descompuestos cuando apareció el administrador en la puerta y avanzó hacia nosotros.  Se veía nervioso, queriendo esconder su temor, su preocupación.  El capataz había preferido no dejarse ver, pero el compañero que tocó la puerta lo distinguió a través del vidrio.  Nos contó que tenía la cara parchada y vendada, como una momia.  El gusto que nos dio.

– ¿Qué es lo que quieren? –nos dijo Guevara.

– Que reciba este documento –le contestaron los compañeros de Oliva, que estaban a la cabeza junto con don Andrés.  Y le entregaron el pliego de reclamos.

Lo recibió y se quedó inmóvil, sin mirarlo, respirando cortito como si hubiera corrido y contemplándonos como si dijera: “Ahora, lárguense” Y estuvo esperando que nos retiráramos, se veía.  Pero nosotros nada de movernos.  Entonces, se atrevió a decirnos.

– ¿Algo más?

Pero la voz no era la que le conocíamos.

– Una respuesta –dijimos todos.

Recién entonces llevó el papel a sus ojos que crecían conforme avanzaba con la lectura  silenciosa.  Cuando acabó, brazo y papel se le cayeron a un lado del cuerpo y estaba acojudado, su cara color de la cera.  Nosotros ahí plantados, sin movernos.

Nos fue dando la espalda despacio y avanzó hacia la puerta con el papel en la mano, mirándonos por encima del hombro, sin que le impidiéramos.  Enfermo parecía, tropezaba y arrastraba los zapatos como si pesaran demasiado y le costara mucho trabajo moverlos.  Llegó a la puerta, nos dio una última mirada de desahuciado, entró, la cerró con suavidad y se encerró con el capataz.  Y quién sabe si en ese momento, con el susto y la cólera, se le ocurriría avisar por teléfono al ingeniero, a las autoridades del pueblo. Oliva no había querido que cortáramos la línea y después lamentaríamos esta decisión equivocada.

No estuvimos quietos. Habíamos formado grupos de tres y estábamos repartidos en toda la obra; las oficinas, el puente, las viviendas, la carretera, el almacén de herramientas y gasolina,  la explana de los volquetes y maquinarias, el comedor.  Benites, Oliva y sus compañeros estaban en todas partes, repitiendo la consigna de vigilarlo todo, estrictamente. Los trabajos estaban paralizados, no se movía una aguja sin nuestra intervención. Salvo por los piquetes que circulaban en silencio, el campamento parecía un lugar muerto. Pero siempre quedaba el peligro de los amarillos.  Podían organizarse y, como eran la mayoría, recapturar la obra que permanecía en nuestro poder.  Por eso, no había que perderlos de vista y dar cuenta sin demora la menor ocurrencia que advirtiéramos.

Se acordó que un grupo vigilara la preparación de la comida; no le teníamos confianza a  Vargas, “puede envenenarnos”,  se sospechaba.  A la mala se metieron a la carpa y ahí estuvieron pisándole los talones y controlando sus movimientos.  Al final, tuvieron que cocinar ellos mismos, apoderándose del lugar, de los utensilios y víveres, porque el fondero y su hija se negaron a colaborar con los huelguistas.

El medio día, llegó.  El administrador y el capataz no habían salido para nada, ni para hacer sus necesidades.  Seguro se pasarían en sus pantalones porque  la oficina no tenía baño. Los del piquete de cocina repartieron el almuerzo en todo el campamento, a cada uno en su emplazamiento.  A los encerrados también les llevaron sus raciones, pero no quisieron abrir la puerta de puro miedo.  Entonces, para que no se nos acuse de desalmados, rompimos un vidrio de la ventana y por ahí metimos los platos. No los tocaron, tal vez pensarían que los íbamos a envenenar. Para nosotros fue la última comida en varios días porque el cocinero, para congraciarse con el administrador y el ingeniero, arrojó en la noche los víveres al río.

A eso de las dos o tres de la tarde los compañeros que vigilaban la carretera llegaron a la carrera con la noticia de que se acercaba un carro a toda mecha pero, por la distancia, no habían distinguido si era de la compañía o de algún abastecedor. No pasaron cinco minutos y una camioneta verde, cuatro por cuatro y de doble cabina, hizo su ingreso a la explanada levantando polvareda. Solo cuando el último policía abandonó la camioneta, se atrevió a salir el ingeniero. No opusimos resistencia; según los cabecillas era lo que más nos convenía.

– ¡Silencio!  -suena la voz tajante del alférez-.  ¡Que hablen solo los voceros!

Tres hombres se apartan del compacto bloque de trabajadores, avanzan resueltamente, se detienen a pocos pasos del alférez.  Tras él, media docena de policías jóvenes y mestizos se aferran a sus metralletas.  Más atrás aún, entre el ingeniero y el administrador, que han salido apuraditos de su encierro,  un sargento obeso y sudoroso tiene la mano apoyada en la cacha de la pistola.

– ¡Sus nombres! -exclama el alférez.

– Bernardo Oliva.

– Esteban Minaya.

– Baltazar Chinchay.

Golpeando rítmicamente el piso con la bota, el alférez se mantiene plantado frente a ellos, con una actitud de firmeza y arrogancia. Su mirada se encuentra confrontando los nombres que acaban de pronunciar los voceros, con los que aparecen registrados en el pliego de reclamos que sostiene su mano enguantada.  Levanta la mirada hacia ellos, que resisten la altanería de sus ojos sin bajar los suyos.

– ¡Así que tú eres Oliva! –dice, con sorna.

– ¡El mismo! –responde éste.

El acento tajante del alférez y el rumor amenazante del río, le obligan a elevar la voz para hacerse oír.  Pero aún así es el tono es tranquilo y confiado, y  no denota la más leve turbación.

– Muy bien –exclama el alférez-. Y agitando el papel en las narices de Oliva, agrega-: ¿Tú has escrito esto?

– Lo ha hecho el sindicato –contesta  éste

– Sí –dice el alférez-.  Pero tú lo representas, ¿no es así?

– No.  Los tres.

– Ingeniero –el alférez vuelve la cara hacia éste-. ¿Cuántos obreros tiene la obra?

Al oírse requerido, el ingeniero sufre un sobresalto.  Deja de susurrar con el administrador y, con el gesto de una persona importante, contesta:

– ¿Por todo? . . .Cerca de cien.

– Cómo por todo –exclama el alférez.

– Es decir, con los que llegaron ayer.

Las miradas de los trabajadores están afincadas en el semblante acontecido del ingeniero y, cuando éste guarda silencio, van en pos de aquellos que discurren con displicencia por el campamento, faltos de ocupación.

– ¿Y éstos, cuándo llegaron? –el alférez señala al trío plantado delante suyo.

– ¿Estos?  -se turba el ingeniero, sus ojos piden auxilio al administrador.

– Ayer, con los nuevos –interviene, de prisa, el administrador, para sacar del atolladero a su jefe.

–  ¿Y cómo dicen ustedes que representan a los obreros si no han trabajado ni un solo día? –exclama el alférez.

– Nadie los ha elegido.  No representan a nadie –gritan voces lejanas.

Varios obreros parten a la carrera hacia un costado de la administración, de donde han provenido las voces.  Pero Oliva los contiene.

–  ¡Regresen, no se muevan de aquí! –les dice. Y al alférez-: ¡Nosotros somos los representantes, que lo diga aquí la comisión!

– ¡Sí, son! ¡Los tres! –exclaman los congregados.

– ¡Desde ayer están en planillas!  –asegura otro.

– ¡Nosotros los hemos elegido! -agrega  otro-.  ¡Ellos nos representan!

–  ¡Muy bien! –exclama el alférez-. ¡Si es así, tienen que venir al Puesto!

– ¿Al Puesto, para qué?  -pregunta Oliva.

– ¡Allá se va a arreglar esto! –responde el alférez.

Y clava la mirada en los trabajadores al presenciar la agitación que se está produciendo entre ellos.  Del bloque de obreros parten voces que corean:

– ¡No vayan!

– ¡Quiere joderlos!

– ¡No se dejen llevar!  ¡Aquí estamos nosotros para impedirlo!

A través del corredor, más allá del vehículo policial, se divisan las gruesas columnas de concreto cubiertas casi del todo por el agua oscura y turbulenta.  El encofrado del puente, invisibles los poderosos cables de acero que lo sostienen, parece suspendido en mitad del cauce.  Como si el armazón de madera se hallara haciendo un extraño equilibrio sobre el abismo, a punto de desplomarse y desaparecer tragado por la impetuosa corriente.

La mirada del alférez busca a los policías apostados en la entrada del campamento.  Oliva recupera la voz:

– ¡Vámonos, pues! ¡Nada hemos hecho!  ¡No tenemos qué temer!

Las demás voces siguen aconsejando que se opongan, que no permitan que los arresten tan mansamente, que para apoyarlos y defenderlos están ellos ahí.  Pero Oliva ha tomado una decisión y se coloca al lado de los policías.  Minaya y Chinchay lo imitan al instante.

– Usted, Guevara –dice el alférez-, moléstese en acompañarnos.

El administrador se sorprende.

– Sólo para algunas formalidades –agrega aquél.

Entonces Guevara rescata su expresión de confianza y seguridad.  De pronto un cuerpo y una voz surgen del bloque de obreros.

– ¿Y al capataz, no lo van a llevar? –exclama.

– ¡No! –contesta el alférez-. ¡Aquí las órdenes las doy yo!

Y escruta la fisonomía del hombre, la marca de los años en su rostro curtido, sus manos toscas y maltratadas que mantiene en la cintura en actitud altanera.

– Yo, señor –le dice al alférez-, soy Andrés Benites.  Todos aquí me conocen y me respetan porque soy un hombre maduro y de bien.  Yo, lo que quiero es que usted, como autoridad, me conteste una pregunta . . .

– ¡Yo no he venido a contestar preguntas!  ¡He venido a hacerlas!

Al oír esto, el obrero le vuelve las espaldas con desdén.  Y, dirigiéndose a sus compañeros, exclama:

– Entonces, díganme ustedes, ¿un cuchillero es un delincuente?

Al unísono, decenas de voces responden afirmativamente, diluyendo el vozarrón  del río.

– ¿Ha oído usted? –exclama Benites volteando hacia el alférez y enfrentando su mirada-.  ¡No le queda más remedio que arrestar al capataz!

El alférez se muestra turbado y vacilante por el giro que ha cobrado la situación.  No se explica cuál ha sido el error para perder el control que tan hábilmente había logrado.  Los subalternos han descubierto su confusión y están nerviosos y tensos, dirigiendo hacia el bloque de obreros las bocas de sus armas. Pero el ingeniero también se ha dado cuenta de la situación:

– ¿Y por qué al capataz? –exclama, adelantando una pierna y recogiéndola de nuevo-. ¿Qué cosa ha hecho?

– Atacó con arma blanca a nuestro dirigente –afirma Benites, encarándose con él.

– ¿Ah, sí? –interviene el alférez, recuperando la iniciativa-. ¿Y, lo hirió, lo mató?  ¿Dónde está el cadáver?

– Cadáver no hay –le responde Benites-. El agredido resultó mucho gallo.

– Entonces, no perdamos el tiempo –exclama el alférez-. Sin víctima, no hay delito.

– No hay víctima, pero sí delito –replica Benites-.  Estoy presentando la denuncia a usted.

La masa, los dirigentes y hasta los policías, lo contemplan con admiración.

– ¿Y cuál es el delito? –lo interroga el alférez, con mordacidad.

– ¡Intento de homicidio! –exclama Benites.

– ¡Caray! –dice el alférez-. ¿Así que has resultado letrado, no?  ¡Qué bien!

– Aquí, nadie es letrado.  Pero así, ignorantes como somos, sabemos que no se hace justicia protegiendo matones.

El semblante del alférez se contrae de indignación e impaciencia.

– Así que no te basta con hacer acusaciones falsas contra un integrante de la firma que te da de tragar! –exclama- ¡Además, insultas a la autoridad que yo represento! ¡Sargento, deténgame a este huevón!  ¡Te voy a enseñar a respetar, so carajo!

El bloque de trabajadores ha comenzado a inquietarse, a ondular como una serpiente.  Se oyen insultos pronunciados a media voz y dirigidos a los policías que han aferrado a los detenidos.  La intranquilidad y las injurias van creciendo como el agua del río.  Los policías se desplazan hacia el vehículo, llevándose a los cuatro trabajadores, sorteando las piedras, cada vez más numerosas y grandes, que caen y ruedan entre sus botas.  Benites se detiene bruscamente, obligando a pararse a su captor:

– ¡Calma, compañeros, nada de piedras! –exclama-  ¡No contesten la provocación!

– ¡Estos son capaces de hacer una masacre! –lo secunda Oliva- ¡Están amparados por la ley!

El sargento llega hasta él y, con la pistola, le propina un golpe en la boca, obligándole a callar y caminar.  Pero al momento, se oyen de nuevo sus palabras exaltadas y vibrantes, que profiere con la boca ensangrentada:

– ¡Adelante con la huelga, compañeros!  -exclama, hacia lo alto, por no poder girar hacia ellos-.  ¡Avisen a los demás campamentos!  ¡Sólo con eso los derrotaremos!

Los policías arriban al extremo del corredor, colocan grilletes en las muñecas de los detenidos y los hacen subir a empellones a la tolva de la camioneta. Dos policías trepan tras ellos y ayudan a subir al sargento que, por su gordura, no consigue hacerlo solo. Los presos son obligados a tenderse en el piso lleno de barro.

El alférez invita al administrador a ingresar a la caseta del vehículo y entra a su vez, cerrando la puerta con brusquedad y elevando por completo el vidrio de la ventana.  El chofer recibe la orden de partir.  El motor arranca con estampidos, el vehículo ejecuta un giro circular levantando polvo y abandona el campamento.  Un instante después desaparece de la vista de los huelguistas, dejando una columna de polvo sobre la copiosa vegetación que orilla la carretera.

Cuatro policías rodean al ingeniero en la puerta de administración. Está mostrándoles el plano del campamento y ellos se mantienen sumamente atentos a sus instrucciones.  Reciben cajetillas de cigarros con expresiones de gratitud y satisfacción y tres de ellos se dirigen hacia los puntos estratégicos que les han sido señalados, donde los piquetes de huelguistas los observan con indiferencia cuando llegan.

El policía más robusto se dirige con el ingeniero hacia el grupo de obreros que delibera en cuclillas y advierte su llegada. Y retira el seguro de la metralleta al verlos incorporarse con un movimiento sincronizado y brusco.

– Su serenidad es admirable, créame que lo envidio –dijo el administrador-. No tenemos la menor posibilidad de terminar la obra a tiempo ¿y usted?, tan campante.  ¿Qué cosa es, ingeniero; cansancio, indiferencia?

– Ni lo uno ni lo otro; confianza, hombre –dijo el ingeniero-. La cuestión no está en desesperar sino en saber conservar la cabeza fría aún en los peores momentos.

– ¿Ah, sí?  Esta vez no va a quedarnos ni la cabeza, ya va a verlo –dijo el administrador-. Los del directorio deben estar como locos con la visita del presidente.  En qué mala hora se le ocurrió la historieta esa.

– Cálmese, hombre –dijo el ingeniero-.  Ya verá como todo sale bien.

– Para serle franco, no veo cómo –dijo el administrador-.  Usted parece ignorar cómo están las cosas.  ¿O es que prefiere cerrar los ojos? La cantidad de problemas que nos ha creado el cojudo ese.

– Esto se arreglará de un momento a otro –dijo el ingeniero-. ¿Sabe cómo? Voy a ofrecerles la libertad de los detenidos.

– No va a dar resultado, las cosas han avanzado mucho –dijo el administrador-.  Primero, que el alférez no va a querer. Y otra cosa, a los huelguistas no les va a parecer suficiente.  Mientras el capataz siga acá, ni se haga ilusiones; no van a aceptar.

– Los he sondeado y aceptarán –dijo el ingeniero.

– Podría ser, siempre que cumpla lo prometido –dijo el de la comisión-.  Porque todavía queda lo del sindicato y lo del capataz.  Tenemos que comprobar ambas cosas con nuestros propios ojos.  De lo contrario, la huelga sigue.

– Pero mi alférez, en mis quince años de servicio nunca he visto cosa semejante –dijo el sargento-. ¿Un Puesto policial inspeccionado por civiles, y todavía obreros?  Eso va contra todos los reglamentos.  Si el comando se entera, nos dan de baja.

– Tú siempre tan pegado a la letra –dijo el alférez-. ¿Y cómo crees que lo van a saber?  A no ser que tú vayas con el soplo para hacer méritos.  Si la huelga depende de tan poco, que vengan nomás, que echen una mirada.  ¿Total, qué va a pasar?  ¿Los van a encontrar?

– Ni rastros –dijo el de la comisión-. Los han soltado, compañeros, no hay duda.  Además, el alférez nos ha mostrado el parte del catorce con que les dieron libertad.

– ¿Al otro día que se los llevaron? –dijo un huelguista.

– Justo a las veinticuatro horas –dijo el sargento-.  Ese es el tiempo que estipula la ley para una detención, ni un minuto más.

– Pero queremos saber por qué no han vuelto –dijo otro huelguista.

– Eso mismo hemos preguntado en el Puesto –dijo otro integrante de la comisión-.  Por qué razón no han regresado al campamento.

– Han estado buscando todo un día en qué hacerlo –dijo el alférez-. Al no hallar nada, de puro cansados se embarcaron en un camión frutero que viajaba a la costa.

– ¿No será más bien que no les permitieron regresar? –dijo otro huelguista.

– Puede ser, por qué no -dijo uno de la comisión-.  Pero presos, ya no los tienen.  De esos estamos seguros.

– Miren bien, asegúrense -dijo el sargento-.  Los calabozos son éste, éste y éste otro.

– No sé, no sé.  A mi todo me parece muy raro –dijo un huelguista-.  No son de los que corren, ya lo hemos visto.  No estoy asegurando nada pero en un asunto de esta laya todo es posible, hasta lo peor.

– Todo, menos eso, ingeniero –dijo el alférez-.  No sé cómo pudo  ofrecerles eso.  Con esta gente no se puede andar con contemplaciones.  Cuando ven que la autoridad es blanda, se envalentonan.  Van a parar metiendo desorden en todas partes.

– ¿Qué parte hay en el pueblo más alumbrada que el puesto? –dijo el hombre-. Por eso me pareció raro que estuviera a oscuras y me acerqué a curiosear.

– ¿Qué estás haciendo aquí, se te ha perdido algo?  -dijo el sargento-. ¡Lárgate, o quieres dormir en el calabozo!

– ¿El sargento, un camión? –dijo el otro hombre.

– Como lo oyes -dijo el hombre-. Además con huellas de golpes.

– El trago lo tiene así, compadre, viendo visiones -dijo el otro hombre-. Dentro de poco va usted a ver al mismísimo diablo. ¿No se le ocurrió pensar que los estaban soltando?

– ¿Esposados?. . . No estoy inventando nada, le cuento lo que vi, nada más –dijo el hombre-. Pensé que usted, que es amigo del cocinero, podría contarle para que avise a los huelguistas. Pero veo que voy a tener que hacerlo yo mismo.

– Si piensa ir para contar eso, ni se moleste –dijo Toña-.  A esos hombres los dejaron libres, volvieron al campamento y la huelga se acabó.

– ¿Por qué no me quieren decir nada?  ¿Por qué se callan todos los que pregunto? –-dijo Vargas-.  ¡Me han asegurado que la han visto acá!  ¡Sólo quiero saber cuándo, con quién!

– Le repito que no sé nada –dijo la mujer-.  La conozco, no lo niego, varias veces ha venido a comprar acá.  Pero con usted, nunca sola.  Siga preguntando por ahí, a ver si tiene suerte.

– Mala suerte, viejo –dijo el obrero-; hace días que no la vemos.  Se ha largado, ¿por qué no lo aceptas?

– Que se largue, no quiero verlo un día más –dijo el ingeniero-. Dele algo de dinero y que uno de los volquetes lo lleve al pueblo.

– ¿Y a quién le voy a dar esa orden? ¿Olvida usted que los choferes se han sumado a la huelga? -dijo el administrador-.  Además, de dónde se va a sacar gasolina.  El almacén está en poder de los huelguistas.  ¿Lo ha olvidado también?

– De los volquetes que cuidan los policías –dijo el ingeniero-. Que les saque la gasolina con una manguera, que llene el tanque de uno y que lo maneje él mismo.  Mientras siga acá, los huelguistas no quieren ceder.

– Tienes que perderte de vista –dijo el administrador-. El ingeniero dice que aquí ya no cumples ningún papel, que tu presencia complica los problemas.  Haz lo que te digo.  Estacionas el volquete en la puerta del puesto y le entregas la llave al alférez.

– ¿Qué pruebas tienes de lo que dices? –exclamó el alférez-.  ¿Cómo sabes que ha sido el capataz?   Pudo haberse ido sola, o con cualquier otro, ¿no?

– Pero hay testigos que los han visto aquí y también en el campamento –dijo Vargas-.  Además, la plata no puede desaparecer sola; tienen que haber sido ellos.

– ¡Para denunciar a alguien hay que tener pruebas! ¿Puedes demostrar la existencia de ese dinero, la minoría de edad de tu hija?  ¿Ah, puedes? –dijo el sargento-.  ¡Y otra cosa; venir al puesto apestando a licor es una falta de respeto a la autoridad!  ¡Ya me has oído, no quiero verte más por aquí!

– Cómo va a ser acusación gratuita, esa plata la he ganado con mi eficiencia y con mi  honradez –dijo Vargas-. Si mi palabra no le basta, no tengo cómo probarlo.  Yo no conozco a nadie que ande pregonando cuánto dinero tiene o dónde lo guarda.

– Te he dicho que no podemos acusar a ese empleado –dijo el alférez-.  La empresa ya tiene bastantes problemas, no podemos crearle uno más.  Por si no lo sabes, en esta carretera se juega el progreso del país y todo lo que la afecte es un sabotaje. ¿Quieres que se te denuncie por sabotaje?

– ¿Sabotaje? –dijo el ingeniero.

– Como lo oye, mi estimado.  Sabotaje a una obra del Estado con daños económicos  a la nación –dijo el alférez-. Además, incumplimiento de contratos, secuestro de funcionarios, resistencia y faltamiento a la fuerza pública.  Pero el cargo principal es sabotaje.  Aquí es donde podemos aludir móviles políticos.

– Perdone, pero no veo cómo se les va a probar todos esos cargos –dijo el ingeniero-.  No pequemos de exagerados y se malogre todo.

– ¿Exagerados?  ¿No secuestraron a los empleados?  ¿No destrozaron los vidrios de la oficina? –dijo el alférez-.  Además, parecería que no ha leído el pliego de reclamos, mi estimado.

– En realidad, secuestro no fue; ellos se encerraron por precaución –dijo el ingeniero-. Lo de los vidrios, sí, fueron rotos por los huelguistas. Pero lo hicieron para pasarles comida, lo dice el administrador.  ¿Pero el pliego de reclamos, qué hay con él?

– Contiene palabras que nos permitirán demostrar  la existencia de un plan de sabotaje terrorista –dijo el alférez.

– No sé cuáles –dijo el sargento-, porque lo leo y lo releo y no encuentro nada especial.

– ¿Estás ciego?  -dijo el alférez-.  Esta y esta y esta otra.  Qué dicen, léelas.

– Lu-cha de cla-ses –leyó el sargento.

– Como usted sabe, mi estimado, son palabras claves en la terminología terrorista -dijo el alférez.

– Esta bien, que sea así  -dijo el administrador-.  Pero de ahí a probarles eso que dice hay un buen trecho.  Además, van a querer investigarnos a todos.  ¿Y eso. . . se da usted cuenta?

– Comprendo su preocupación, mi estimado, pero no tema –dijo el alférez-.  Le prometo que eso no llegará a ocurrir.  Estoy redactando el atestado y esa posibilidad  está descartada.   Se demostrará que son culpables y se acabó. Sé perfectamente qué hacer y cómo hacerlo.

– Ya no sé qué hacer –dijo Vargas-.  ¿Cómo seguirlos si me han dejado sin medio?  Por eso lo molesto.  Usted ha sido mi socio y le he hecho ganar buena plata, se acordará.  No puede negarme esta pequeñez.

– Siento mucho no poder ayudarte –dijo el administrador-.  El tiempo está muy jodido, tú lo sabes.  La miseria que gano se la mando íntegra a mi familia.  Yo me quedo sin nada, a ti te consta la vida de ermitaño que llevo.

– Pero tengo que ir tras ese desgraciado, alcanzarlo antes de que se refunda –dijo Vargas-.  ¿Se va a quedar con mi plata y con mi hija? ¡No!  ¡No lo dejaré que se salga con la suya!

– Con la suya y con la de cualquiera –dijo el ingeniero-.  El Ministerio de Justicia  ha enviado  un informe diciendo que tiene una denuncia por explotador de mujeres y lo están buscando.  Lo que ignoro es quién ha pedido el informe a  nombre de la Compañía.

– ¿Es un misterio?  Porque lo otro es una sorpresa –dijo el administrador-. ¿Así que el campamento le sirvió de escondite?  Eso explica muchas cosas.

– Déjeme explicarle, escúcheme un momento –dijo Vargas-. Que no sean veinte mil; deme quince mil por todo, licor y enseres. Provisiones ya no quedan, usted sabe lo que hice con ellas y por quién lo hice.  No va a negarme que es una ganga, pero no importa.  Todo sea por la amistad.

– No me palabrees con la amistad,  que eso no se negocia.  ¿En qué mundo vives que no sabes que el sindicato ha organizado su comedor, ah? –dijo el administrador.

– En todas partes menos donde debe estar, preparando la comida –dijo el obrero-. Borracho de la mañana a la noche, preguntando de arriba abajo por la hija.  Esto no puede seguir así, compañeros.

– ¿Qué, te llama la atención?  -dijo el administrador-  Como lo oyes, ni más ni menos.  Y como el ingeniero ahora está muy considerado con ellos, dice que lo mejor que podrías hacer es marcharte.

– ¡¿Marcharme?!  ¡¿Después de todos los favores que se me debe aquí?!   ¡Y dónde quieren que me vaya, a dónde!

–  Ese es asunto suyo; donde quiera y cuanto antes mejor –dijo el ingeniero-Los trabajadores ya no quieren saber nada de usted, aquí ya no tiene sitio.

– ¿Qué sitio hay peor que una cárcel?  –dijo el obrero-. Por eso compañeros la huelga debe seguir hasta tener la seguridad de que los han dejado libres.

– Los dejaron libres, eso ya no se discute –dijo uno de la comisión-. ¿Reconocieron o no al sindicato? ¿Cumplieron o no con botar al capataz?  Eso demuestra que en lo demás también han cumplido.

– Ojalá –dijo otro obrero-. Porque si no, los estamos traicionando.

– Lo logramos, ingeniero; los huelguistas han regresado al trabajo –dijo el administrador-. Todavía es posible acabar la obra a tiempo. Ha demostrado ser un zorro, lo felicito.

–  Oh, no es nada, ingeniero –dijo el alférez-.  Su ayuda ha sido invalorable.

– No sea usted modesto. Hará una brillante carrera, no me cabe duda  -dijo el ingeniero-. Ahora, dígame ¿cuándo me visita para celebrar nuestro triunfo?  Allá tengo unas botellitas y a usted no le han de faltar amiguitas aquí.

– No es mala idea, ingeniero.  No todo va ser trabajo, un poco de distracción nos está haciendo falta -dijo el alférez-.  Pero ¿por qué dice nuestro triunfo?  ¿Los beneficiados no han sido usted, su Compañía?

– Por eso mismo, mi capitán –dijo el ingeniero-. La Compañía no es ingrata. Ya verá usted como sabe corresponder.

– El grado superior al alférez no es capitán sino teniente, mi estimado.

– Tiene razón mi teniente, discúlpeme.  Un pequeño error que no llegará al  Directorio, se lo prometo.

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