MARCO GARCÍA FALCÓN

MARCO GARCÍA FALCÓN (Lima, 1970) es docente universitario y escritor. Ha publicado el libro de cuentos París personal (PUCP, 2002) y las novelas El cielo de Capri (Revuelta, 2007) y Un olvidado asombro (FCE, 2014). El año pasado apareció un libro compilatorio con sus dos primeras publicaciones (Vivirsinenterarse, 2015). Su producción literaria figura en antologías nacionales y extranjeras y ha merecido diversos reconocimientos.

 

La tierra más lejana

De todo un mundo soleado

no deseo sino un banco de un jardín

donde un gato tome sol…

Allí estaría sentada

con una carta contra mi pecho,

una sola carta pequeña.

He aquí como es mi sueño….

                            Edith SÖDERGRAN

He vuelto a París. Este viaje es diferente del que hice hace treinta años, cuando estudiaba el posgrado en Berlín y cada fin de mes me daba un salto para conocer las principales ciudades europeas, o del de hace cinco, cuando Ana y yo vinimos de segunda luna de miel. Ahora he regresado solo y me he instalado en una elegante habitación del Ritz, en esta mañana gris de invierno en la que corre un viento helado, como le hubiera gustado a Véra, para quien era impensable venir a París en una época que no fuera invierno e hiciese mucho frío. Y es precisamente por ella que he venido, para reconstruir lo que fue su vida aquí, para estar en los lugares en que ella estuvo y ver lo que ella vio.

En casa éramos cuatro hermanos: Ernesto, Lucía, Véra y yo, que soy el mayor. Con los dos primeros nos llevamos un año de diferencia, pero Véra nació algo después, cuando Lucía, la penúltima, tenía siete años. Nuestro padre era un polaco exiliado que había llegado no tan joven al Perú para hacerse un destino. Se casó con mamá y juntos pusieron una pequeña fábrica de telas. Con el dinero que iba rindiendo el negocio compraron una casa en las afueras de Lima, una casa grande y antigua, de largos corredores y techos altos, con un mirador en forma de castillo y un bonito jardín boscoso en los que solíamos jugar de chicos.

            Sé muy bien que todos los niños tienen alguna peculiaridad, pero Véra era bastante especial. Gordita, con el cabello extremadamente corto, y sus inmensos ojos grises siempre muy abiertos (ella era la única de los cuatro que había heredado los ojos de papá), andaba sola, distraída, como metida en su propio mundo. A pesar de que Lucía le tenía apego y la llamaba para jugar, ella prefería estar entre los matorrales, dibujando con los dedos sobre la tierra húmeda, cantando canciones que ella misma inventaba, o conversando con amigos o animales imaginarios. Si se aburría, sin importarle que fuese un atardecer lluvioso u oscuro, no dudaba en saltar la cerca de madera e irse hasta la zona alejada de los cerros, a esperar en la estación ferroviaria la partida de algún tren tronante y herrumbroso, de cuyos sucios vagones con las justas la llegábamos a sacar. No acostumbraba hablar con nadie, pero a veces sentía la necesidad de buscar a alguien para contarle alguna cosa disparatada. Y cuando lo hacía, hablaba entrecortando o juntando incomprensiblemente las palabras, y con esa forma extrañísima de pronunciar las vocales que habría de caracterizarla aun de adulta. Recuerdo que durante una época se le metió la idea de que alguien le había cambiado la cama por otra más chica. Se levantaba a cualquier hora de la noche, pálida, sollozando, y nos despertaba a todos para que fuésemos a ver lo que le había ocurrido a su cama. No le había pasado nada, por supuesto. Y como solo al principio le hacíamos caso, mamá tenía que dormir con Véra para que se tranquilizara.

            Nuestros padres solían pasar todo el día trabajando en el negocio y llegaban muy tarde a casa. Mamá por lo general era un pan de Dios, pero papá tenía mal genio y se irritaba por cualquier cosa. Antes de irse a descansar inspeccionaba la casa y nos gritaba fuerte si encontraba nuestros cuartos desordenados o algún mueble de la sala fuera de su sitio. La que más padecía ese carácter irascible y sus manifestaciones un tanto autoritarias era la pobre Véra, quien nunca estaba cuando él la llamaba o se presentaba a comer con la cara y las manos negras de tierra, o los bolsillos del vestido llenos de piedritas y ramitas secas. Pero era ella también la que más disfrutaba de sus repentinos accesos de alegría. Porque a veces papá estaba inexplicablemente contento y se ponía a tocar el violín en la sala sin previo aviso. Los hermanos mayores bajábamos de vez en cuando de nuestros cuartos para escucharlo, pero la que siempre se aparecía estuviera donde estuviera, silenciosa, como seducida por la música, era Véra. Se arrecostaba fascinada en cualquier rincón y conforme papá iba tocando canciones más alegres, se movía, se desplazaba entre los muebles, bailaba alrededor de papá, y si las canciones eran más bien melancólicas, se envolvía entre las cortinas blancas que separaban la sala del comedor, giraba sobre sí misma, anudándose, desanudándose otra vez, sobrecogida por una especie de éxtasis.

            Desde la ventana de mi habitación veo la Plaza Vendóme: un amplio cuadrilátero de mármol con poca gente, la columna verde musgo cuya cima con la estatua de Napoleón se pierde entre las brumas del cielo anubarrado. Releo una vieja postal de Véra en que se repite idéntica esta imagen: “París es mejor de lo que soñaba. Aunque no lo creas, esta garifa hermana tuya acaba de cenar riquísimo y con un valet al lado en el restaurant del Ritz. El exquisito menú ha sido caracoles con ajo y perejil, tarta tatín y una copita de caberné… Ah, solo París ha conseguido que me porte como una verdadera niña buena”. No lo supe sino hasta hace algunos años (cuando se publicó su primera o segunda biografía), pero Véra se daba esos lujos cada cierto tiempo gastándose el dinero de la beca que debía durarle para todo un mes. Me imagino que debió de escribirme en un día nublado como este. Y pensar que Hemingway decía que siempre volvía al Ritz porque guardaba la esperanza de que el cielo de este lado fuera tan bueno como el hotel.

            La conducta de Véra cambió un poco con la adolescencia. Escribo cambió pero inmediatamente me doy cuenta de que la frase no es tan precisa: cambiaron sus hábitos, no su manera de ser. Dejó los juegos solitarios del jardín y estableció su refugio personal en su cuarto, en el que, a pesar de la inicial oposición de papá, pintó una pared totalmente de azul y la empapeló con fotografías y poemas. Era la época en que se encerraba a leer ¾leía varias horas seguidas y muchos libros a la vez¾ y a escribir sus primeros poemas, poemas que muy raras veces nos enseñaba a sus hermanos y que casi no podíamos entender (Lucía se casó apenas cumplió la mayoría de edad y a lo más leía libros de cocina; Ernesto y yo habíamos ingresado a la universidad y él solo tenía cabeza para los estudios de ingeniería y yo para los de arquitectura). Era la época también de su adoración por Pierre Brasseur, un nada atractivo actor francés de moda del que había visto todas sus películas y cuyas fotos pegaba a menudo en la pared de su cuarto.

            Además de ir al cine, a Véra le encantaba visitar la casona de al lado. Era una casa mucho más grande que la nuestra, con enrejado de bronce, caminos de cascajo y una fuente de piedra en la entrada, pero tenía la desolada apariencia de un palacio destruido o una mansión embrujada. En ella vivía una anciana de edad inimaginable que no se daba con nadie, pero que por alguna extraña razón Véra conocía y a la que le gustaba llamar La condesa. Una tarde nos convenció a Lucía y a mí de que la acompañáramos a verla. Nos recibió encantada, aunque quejándose de que los criados no nos hubiesen abierto la puerta a tiempo. Nos llevó hasta una salita de muebles de madera apolillada y cuadros antiguos cubiertos de polvo. Mientras Lucía y yo mirábamos con atención las cosas, la anciana nos explicaba que esa era una casa de la nobleza, que los muebles habían sido hechos en París y Viena, y que ella era descendiente directa de los reyes de Inglaterra. Nosotros no teníamos la menor duda de lo que decía, pero era imposible no fijarse en los agujeros de su vestido, en su maquillaje alucinado, en su peluca de utilería. Nos ofreció una taza de té y galletitas; Lucía y yo no queríamos pero Véra aceptó feliz. Entonces la anciana tocó una campanilla de plata para que vinieran los criados a atendernos. Pasaron varios minutos y nadie venía. La anciana se desvivía en gritos en falsete y llamadas de atención pero nadie venía. Gozando del placer perverso de esa situación, Véra dijo que debíamos irnos porque ya era tarde. Y Lucía y yo comprendimos que solo para eso la visitaba.

            A poco de acabar el colegio, Véra ingresó a la universidad, a la Facultad de Humanidades. Allí empezó a relacionarse con gente que compartía sus mismos intereses y a publicar sus poemas. Contrariamente a lo que pensábamos (a Lucía le había confesado alguna vez sentirse un poco fea por ser gordita y tener acné), no trataba de pasar desapercibida sino de llamar la atención poniéndose ropas extravagantes y coloridas. Incluso no temía leer sus poemas en público y hacía de su rara voz un valor añadido. Pero Lima y su reducido espacio universitario no cubrían sus expectativas. Ella necesitaba viajar, salir a esa tierra más lejana que era como su sueño dorado.

            Camino por el corazón de París. A diferencia de ayer, el día está claro y la gente se ha lanzado a recorrer las calles de la ciudad. Parisinos y turistas de todo pelaje y vestimenta circulan con gesto despreocupado por la Rive Gauche, y las terrazas de los cafés están todas atestadas de hombres y mujeres que conversan animadamente sobre cualquier cosa u observan en silencio cómo transcurre la vida, bajo la sombra amable de los árboles. ¿Qué me puede separar ahora de estas personas que respiran con alegría el mismo aire? ¿De qué manera uno puede sentirse solo en París? Quizás sea cierta esa imagen ¾transfigurada de un poema de Quasimodo¾ de que la soledad es estar a pleno día en medio de una multitud y sentir, súbitamente, que anochece. O quizás, como escribió Véra, no consista en no estar entre los otros, sino simplemente en no estar.

            De pronto, como si se cumpliera eso de que el cielo de París es absolutamente independiente de cualquier pronóstico climático, la mañana se nubla y se desata una lluvia torrencial. Algunas personas precavidas sacan sus paraguas y otras como yo buscan meterse a cualquier lugar. Yo corro apresuradamente. Y a la vez que corro no sé por qué pienso que la lluvia corre también por las calles antiguas siguiendo la ruta de los quartiers que se despliegan en ondas helicoidales como si fueran la concha de una caracola. Y que esa agua triste y vertiginosa se escurre luego por el cielo gris del pavimento e ingresa con la ruidosa vehemencia del mar por el laberinto de túneles y alcantarillas del métro que, allá abajo, forma una ciudad subterránea.

            Me he informado tanto sobre tu vida en París, Véra, que es casi como si te estuviera viendo. Vives en un cuartito sucio y penumbroso, en el piso más alto (más barato) de un hotel de última categoría de la rue du Bac, cuyo concièrge es un cadaqués viejo y cascarrabias que te hace la vida imposible cuando no pagas el alquiler. Te pasas las noches y los fines de semana en blanco, leyendo o escribiendo hasta el amanecer, reinventándote a ti misma en la continua exploración del lenguaje. Tu único compañero de encierro es Isidoro, un gato gris medio enfermo que recogiste de la calle y que come tan poco y tan mal como tú porque el dinero no alcanza o, cuando lo hay, lo despilfarras en ir a restaurantes lujosos o comprar ediciones caras de tus autores fetiches en una librería inglesa. Odias tu trabajo, el único posible hasta ahora, ese oficio extenuante y embrutecedor de la corrección de pruebas en una editorial de libros escolares donde te han dado por oficina un baño clausurado. “Qué ironía, ¿no?”, le cuentas a una amiga en una de tus últimas cartas. “Venir a París a corregir poemitas y cuentos para niños en un W. C.” Pero cuando llegas a casa, a tu “ciego navío claudicante”, te sientes liberada frente a la máquina de escribir, hacedora de un mundo de palabras e imágenes que es tuyo, absolutamente tuyo. Un mundo que por lo demás es tu única tabla de salvación para ese naufragio interior que se anuncia día a día como un oleaje oscuro (sobre todo desde que supiste de la repentina muerte de papá) y cuyas tempestades los especialistas no se atreven a llamar por su verdadero nombre: la tristeza. Y sin embargo te divierte salir con tus amigos a los cafés, contarles las historias irreales de tus amores imposibles, quebrar la seriedad de cualquier conversación con tu humor negrísimo, con tus salidas brutalmente irónicas y procaces, aun cuando la sombra de la culpa a veces no te deje dormir con esas horribles pesadillas en las que sientes que te estallan los dientes como nueces quebradas. Y, claro, cuando estás lo suficientemente tranquila, también te gusta salir con Isidoro a recorrer las calles de París sin rumbo fijo, meterte de contrabando a un cine nuevo en el que pasan una película antiquísima, contemplar las casonas de nobles que se caen de viejas, sentarte por horas en la banca de una plaza a escuchar las repetidas melodías hipnotizantes de un acordeonista negro, o pasar una y mil veces por esa panadería de árabes de la que sale el aroma exquisito de un pan caliente que de seguro no puedes comprar.

He llegado algo mojado al Café de Flore y ha sido como ingresar a otro mundo. Mientras que afuera llueve ruidosamente, aquí el delicado resplandor de las lámparas, la calefacción temperada, la decoración con paredes de madera y sillas de tartán, y un Vivaldi suave y apacible que casi flota en el aire me han devuelto a la calma. Sé perfectamente que te encantaba venir a este lugar porque no solo era el punto de reunión con tus amigos y los artistas e intelectuales que más admirabas, sino porque quedaba muy cerca de tu cuarto. Me quito entonces el abrigo y me acomodo en una mesa del rincón, al lado de un amplio ventanal que da a la recta de la rue du Bac, donde está el hotel que ocupaste por cinco años.

En ese tiempo en que no nos vimos, me casé con Ana, me ascendieron a subgerente de la empresa donde trabajaba, tuve a mis tres hijos: Javier, Vania y María. Las noticias de tus primeras tentativas me llegaron tardíamente, como vagos rumores que ensombrecían la aparición de tus primeras publicaciones en el extranjero y a los que, naturalmente, no había que prestarles mucha atención. Pero cuando me enteré de que lo habías hecho finalmente, me hundí en esa silenciosa, anonadada consternación en la que habría de caer casi toda la familia (como siempre, a mamá tuvimos que maquillarle las cosas). Sufrí un terrible choque emocional que me impidió trabajar por varios días. No podía conciliar el sueño o despertaba sobresaltado, sudando, haciéndome tantas preguntas. ¿Qué te había faltado en tu soñado París? ¿Por qué habías tomado semejante decisión, tú que eras la más inteligente y la más talentosa de los cuatro hermanos?

            Desde entonces me la pasé averiguando, leyendo cuidadosamente los libros que escribiste, intentando estos desordenados apuntes, reconstruyendo por medio de tus amigos y biógrafos tu estadía en París y todos esos años que viví contigo en familia casi sin darme cuenta. Múltiples y diversas son las razones que puede tener un escritor ¾en realidad, cualquier ser humano¾ para querer vivir, como múltiples y diversas las que puede tener para querer quitarse la vida. Durante muchos años me he preguntado cuáles fueron las tuyas. No creo en una explicación patológica, como la que sutilmente ha deslizado tu médico; tampoco creo en la radicalidad de tu malditismo literario, como quiere tu biógrafo W. L. Yo, que tan poco sé de estas cosas, me he inventado mi propia respuesta. Siempre anduviste por las nubes, como escindida de los demás, pero lo que de niña era una extravagancia, una simple curiosidad (todos de chicos somos más o menos inconscientes, más o menos locos), de grande se convirtió en una radical diferencia que no te permitía asentarte en el mundo y que, en lugar de tratar de eliminarla u ocultarla, te empeñaste en proteger como si fuera tu tesoro individual. Ese es todo el misterio. Pero apenas escribo esto, lo expreso con palabras, comprendo que no es tan sencillo. ¿Qué es lo común? ¿Qué lo diferente? ¿Por qué o por quién debemos abandonar nuestra íntima naturaleza? Vaya a saber uno si en el fondo existe una sola respuesta. De todas formas, no es posible andar filosofando todo el tiempo; tengo que aferrarme a alguna explicación racional si quiero seguir durmiendo tranquilo.

Ahora que tengo tantos datos en mente, es como si recordara nítidamente esa noche. Me veo de pronto en mi auto, volteando el boulevard Saint-Germain, y allí están la luz giratoria de la ambulancia, el amontonamiento de policías y curiosos en la entrada, la desesperación por subir cuanto antes al último piso del hotel. “Lo hizo, Antonio”, me alcanza a murmurar Beatriz, deteniéndome, procurando mantener la serenidad que la palidez y el temblor de su rostro le negaban. Veo a otras amigas tuyas llorando abrazadas a un lado del zaguán, en voz baja, pero no tengo el valor de acercarme. El viejo cadaqués porfía con el teléfono, seguramente llamando a una morgue. Atravieso la salita desordenada y con ropa sucia en los muebles; contemplo, como si lo hiciera por primera vez, tus estantes repletos de libros, tu vieja mesa de trabajo verde, la ventana con su vidrio lloviznado. De lo alto del techo cuelgan unas flores de papel, enloquecidas por el viento. Más allá, adentro, se ahonda tu habitación abierta, en sombras. “¿Isidoro?”, me pregunto. “¿Dónde está Isidoro?”, me pregunto absurdamente. Pero el animal me salta a la pierna cuando me doy cuenta de que los policías te desenredan de unas cortinas blancas y acomodan tu cuerpo desnudo sobre una camilla. Me quedo quieto, sin pensar, dejando que algo oscuro y violento me arrase la garganta. Tengo lástima, no por ti, sino por nosotros que no supimos (o no quisimos) comprenderte. Un policía de pelo cano me atrae por el hombro; antes de salir echo un último vistazo. Lo recordable ¾lo único recordable en ese infierno¾ es que tus enormes ojos grises están abiertos, y todavía conservan la misma extrañeza, la misma inocencia luminosa.

            He pedido un petit noir y un vaso con agua. El mozo, un hombre alto y barbado, cincuentón como yo, me trae el servicio exhibiendo una simpática sonrisa. Le pregunto si trabaja hace mucho tiempo aquí. Me dice que sí, desde joven, y me comenta orgulloso que ha conocido a grandes escritores como Sartre, Beauvoir, Bataille. Me señala una mesa de mármol al fondo, junto a la estufa, donde Sartre se sentaba a escribir todo el día. Le pregunto por ti. Hace un poco de memoria, duda y me dice que te recuerda, que recuerda tus boutades y tus risotadas de niña perversa en medio de tus asombrados acompañantes. “Una gran conversadora”, me dice. Luego su cara cambia, se nubla y me pregunta si alguna vez llegué a conversar contigo. Le contesto (le miento) que sí. Que muchas veces.

            Tomo el café y el agua sin mucho ánimo, casi mecánicamente. De golpe ya no tengo ganas de ir a tu cuarto, de cotejar si la imagen que tengo de él en la mente coincide con la realidad. Es inútil.

            Dejo una buena propina y salgo del Flore. Afuera ha dejado de llover. Un débil viento de atardecer seca el agua empozada en las calles y lentas, pequeñas nubes negras ascienden y se disuelven en el horizonte húmedo.

            Es muy temprano para volver al Ritz. Prefiero, pequeñita, ponerme a caminar a la orilla del Sena, ya de anochecida, mirando distraído para todas partes, lejos, más allá de esta tierra lejana, mucho más lejos, buscando en el silencio tu voz, tu voz y tus ojos irrecuperables.

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