Mario Michelena

Mario Michelena nació en Lima en 1971. Estudió Lingüística y Literatura en la PUCP. Desde 1997 vive en los Estados Unidos, a donde se mudó para realizar estudios de posgrado. Reside en Nueva York, donde lleva más de quince años trabajando como intérprete judicial. En 2001 recibió el Segundo Premio en el concurso “El cuento de las mil palabras” de la revista Caretas. Ha publicado una novela: “Las esquinas redondeadas” (Estruendomudo, Lima, 2015) y un libro de cuentos: “Uno nunca sabe por qué grita la gente” (Chatos Inhumanos, Nueva York, 2018).  

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DÍA DE LA MADRE

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Sonia era quien les recordaba a los demás que se sacaran los zapatos al entrar, pero en esta ocasión siguió de largo con la intención de desplomarse en el primer asiento que se le ofreciera. Daniela, que venía tras ella con su mochila a la espalda, se detuvo junto a la puerta de calle para sacarse las zapatillas. La otra nena dejó su maletín de mano en el piso y comenzó a descalzarse.

La voz de Héctor las sorprendió a la tres.

— ¡Bienvenidas!— exclamó.

Y dirigiéndose a Sonia: — ¡Ya trajiste tu regalo del Día de la madre! ¡No voy a tener que comprarte nada!

Su jovialidad era un obstáculo pero no uno insalvable, así que Sonia no reaccionó. En contra de lo que había aparentado por teléfono, debía haberse asustado con la situación para escaparse de la oficina y venir a recibirlas.

That’s my dad— anunció Daniela.

Héctor les hizo hola desde el sofá gris pero la nena no se acercó. Sonia detectó solo una azorada sonrisa. Por suerte, había soltado su chiste en castellano y ella debía haberse quedado en babia. Se preguntó si más tarde Daniela se lo traduciría.

Se acercó a ellas, que ahora estaban recibiendo el saludo entusiasta de la perra. La nena estaba en cuclillas, acariciando la cabeza peluda. La perra se tropezaba con el maletín y la mochila tendidos a sus pies, y se alborotaba más. Sonia esperó un momento que se le hizo una eternidad, antes de hablarles.

Go ahead, Heather, sweetie —exclamó. —Go upstairs and Daniela will show you her room. She has one of those pull-out beds under her bed.

A trundle bed— dijo la nena.

That’s it! A trundle bed. Go upstairs with her, sweetie.

—Si necesitan algo bajan después— le dijo a Daniela.

Definitivamente, esta nena contaba con un vocabulario que su hija no tenía ni en sueños. La vida te da palo pero también te enseña, pensó. Les hizo sendas caricias en la cabeza a ambas mientras pasaban por su lado en fila india, seguidas por el tac-tac apurado de la perra sobre el parquet. La perra —una mini-poodle bastante adefesiera— dudó ante los escalones y Daniela la levantó bajo el brazo como si fuera un paquete. Sonia escuchó la encantadora risa de Heather antes de enrumbar hacia la sala.

— ¡Estoy agotada! Necesito una cerveza— exclamó tumbándose junto a su marido.

—Ya lo creo. ¡Vaya aventura!

Sonia bufó.

—No te he contado ni la mitad.

—Espera.

Héctor se levantó rumbo al refrigerador y Sonia se estremeció al sentir la hendedura cálida que dejaba vacante. Debía llevar largo rato sentado allí, pensando. Quiso abrazarse a la protección de ese calor. ¡Qué manera de empezar mi fin de semana!, pensó.

Su marido había seguido todo el asunto por teléfono pero no era lo mismo. Ante una premonición negativa el tiempo que una se pasaba esperando a ver si ocurría era puro vértigo. Y lo que venía después —el duelo, si pasaba algo; el alivio, si no pasaba—era tiempo perdido. Una irritación. Incluso si todo salía bien, el alivio no era suficiente para devolverte la energía.

Quedabas agotada.

Sonia suspiró mientras esperaba su cerveza.

La cosa había comenzado cuarenta o quizás cincuenta minutos atrás, cuando acababa de dejar a Daniela en casa de esta amiguita para que se quedara a dormir. Algunas cosas que habían ocurrido mientras la dejaba fueron inquietantes, pero igual se había trepado al auto y se había marchado. Unos cinco o siete minutos más tarde, cuando estaba a punto de entrar a la autopista, se había dado cuenta de que había sido un error.

Se había estacionado de cualquier manera a mitad de cuadra y había marcado el número de Héctor. Se había soltado el cinturón para respirar mejor. El sol colándose por el parabrisas y tatuando la consola de sombras de hojas, el olor floral de mediados de primavera, la brisa por la ventana. A lo lejos se escuchaba el barullo de una construcción. Su expectativa era que él, tras escuchar la historia, le demostrara que era una alarmista. No es nada flaca. Vente para acá y aprovechemos que estamos solos. Déjala vivir. Una sonrisa en el trasfondo de su voz. Pero igual le había costado marcar porque le temblaban los dedos.

Trató de explicarle la situación.

Se suponía que era un sleep over para cuatro nenas, pero las mellizas se quitaron a último minuto. Recién me enteré ahora. Tiffany y April. Han estado en la casa. Dos pelirrojas, altas. Las ubicarías si las vieras. No. Ayer. Ayer los padres me confirmaron que sí iban. No, pero nos texteamos (Héctor había resoplado al otro lado de la línea. ¿Muy moderna eres ahora? Llama a la gente, no textees. Así sabes de una vez si es sí o es no, no te quedas en quizás. Siempre le decía eso, pero Sonia era tímida) Mi papá se cayó en la ducha, por eso no puede bajar, me dijo. No, no lo vi (Héctor había bufado otra vez) Se cayó en la ducha. ¡No me grites! ¿Eso es como ‘mi perro se comió la tarea’? ¡Qué sé yo! Esa es tu opinión. Sarah. No, no. Rita, creo. ¡Ay, no sé! No iba a estar. Se iba a Atlanta a visitar a su mamá por el Día de la madre, me dijo.

—Pon primera y arranca. Recógela ya. YA— había exclamado Héctor.

—Pero no me la puedo llevar así nomás. Voy a tener que invitar a la nena a dormir en nuestra casa. Pasar todo a nuestra casa.

The more the merrier— había exclamado Héctor.

Y le había cortado sin despedirse.

Sonia había arrancado, entonces sí temblando y con los ojos hinchados, sintiéndose culpable. Mala madre. ¿Qué era lo peor que podía pasar en quince minutos? Había visto paredes salpicadas de sangre, ropa regada por el piso. Daniela había comenzado a usar sostén, un training bra, literalmente la semana anterior. No se necesitaba sexto sentido ni intuición femenina. Era obvio. Y ahora tendría que lidiar con el malhumor de Héctor, además.

—Así que te dijo que se había caído en la ducha.

Héctor le alcanzó la cerveza y lo primero que Sonia hizo fue ponerse la lata en la frente, donde todavía sentía una vena que le latía.

—Mi palomita ingenua. Tengo un puente para venderte. Tengo una Green Card. Firme.

Por lo menos estaba sonriendo.

—No te burles de mí.

—No me burlo. Hay gente que se cae en la ducha y por eso no puede bajar a verte cuando dejas a tu hija a dormir en su casa. Seguro. Gente que ni conocemos.

Se volvió a sentar en el sofá, a su lado.

— ¿Y tú qué hubieras hecho? ¿Decirle que bajara calato nomás?

—Claro. Te parabas en el hueco de la escalera y gritabas para arriba: ¡Oye, fulanito ¿de verdad estás allí?! A ver si de verdad existía.

—Es que el problema fue que SÍ existía— dijo Sonia, frotándose la lata fría contra la sien opuesta. —Ese fue el problema.

— ¿Y no sabías el nombre? — dijo Héctor, sacudiendo la cabeza, como si esas cosas nunca le pasaran.

—No.

— ¿Y cuánto tiempo se va a quedar?

—Recién acaba de llegar y ya quieres echarla. Pobre nena.

—No somos un shelter.

— ¿Y qué somos? —respondió Sonia, destapando la cerveza.

Tomó un largo trago y exclamó Aaahhh. Héctor se acomodó un poco más cerca y le pasó el brazo por los hombros. Ella no pudo evitar ovillarse contra su cuerpo.

—Pregunto, nada más.

Era imposible saber si estaba bromeando.

De regreso a la cuadra donde había dejado a Daniela, Sonia estacionó frente a una toma de agua y se bajó corriendo. La nena le abrió al primer timbrazo, como si hubiera estado esperando detrás de la puerta.

—Necesito ver a tu papá. Ahora mismo— exclamó Sonia.

Su expresión no cambió.

—Okey— le respondió.

Esta vez no mencionó nada de duchas, sino que se dirigió tranquilamente hacia las escaleras. No había pasado nada. Daniela la estaba mirando un poco desconcertada desde el sofá, teléfono en mano. “¿No se supone que estoy teniendo un sleep over?”, preguntaban sus cejas. Sonia le rehuyó la mirada para ocultar su propio nerviosismo. Como buenas chicas modernas, lo único que habrían hecho desde que se fue habría sido estar sentadas en el sofá, rodilla con rodilla, mandándose mensajes con otras amigas y viendo qué les respondían. La infancia actual era frustrante en ese sentido, pero no aventurera.

La nena tardó un poco en reaparecer. Bajó sola.

—Ya viene— le dijo.

Se sentó al lado de Daniela y ambas volvieron a bajar la vista hacia la pantalla.

                Sonia se sintió inmediatamente aliviada e impotente. Se había quedado en la tierra de nadie que separaba la puerta de calle de la puerta vestibular, acompañada de paraguas, botas de lluvia y correspondencia que nadie había recogido. Se agachó y tomó un sobre al azar, que resultó ser una oferta de tarjeta de crédito dirigida a una mujer cuyo nombre no era Rita. La sala se desplegaba frente a ella, pero obviamente la nena no le iba a decir: pasa, pasa, estás en tu casa ¿Se te ofrece algo de tomar? En su visita anterior había tenido algo que hacer, que era dejar a Daniela para que se quedara a dormir. Aunque lo hubiera hecho mal, eso le había señalado un norte. Ahora —hasta que el famoso padre no apareciera— estaba a la deriva. Se limpió las suelas en el felpudo con cuidado de no pisar ninguna de las cartas desperdigadas y avanzó hacia el interior.

                Contempló a su alrededor. Ya desde el vestíbulo esta era una casa que te intimidaba, como una carta con estampillas de un país exótico. Trepando por las paredes había paneles oscuros de madera enchapada con molduras tremendamente elaboradas —lo que los gringos llamaban wedding cake moldings—  superponiéndose unas a otras y enlazándose con el artesonado del cielorraso. Las altas y estrechas ventanas exhibían sus gruesas celosías abiertas, como si hiciera falta un despliegue adicional de madera, y por encima de ellas despuntaban pequeñas ventanitas montantes con vitrales en forma de abanico. En las paredes había cuadros que no eran Picassos ni Monets de enciclopedia pero tampoco eran los posters baratos con los que la gente común saciaba su sed de arte. Eran lienzos, acuarelas sobre cartulina o estudios a carboncillo custodiados por marcos venerables y cubiertos de vidrio para no exponerlos al medio ambiente. Incluso las mil chucherías que se veían desperdigadas por el piso o reposando sobre los anaqueles irradiaban un aura de finura o de sofisticación. Y al fondo de la sala se distinguía un piano de cola.

                — ¿Tan así era la casa?

                —Y más. No te imaginas.

                —Los ricos también lloran— sentenció Héctor.

                Tomó un largo trago de cerveza y se la devolvió. Sonia la recibió con sentimientos encontrados. En la punta de los dedos, la sensación de aquel rocío gélido la hacía reaccionar, la reencontraba con sus sentidos. Pero odiaba compartir tácitamente su bebida sin que le pidieran permiso; aunque no se lo iba a decir, claro.

                — ¡Sshhh!

                Héctor había estado a punto de hablar, pero lo calló. Había creído escuchar ruidos en el segundo piso. Aguzó los oídos pero no oyó nada, excepto el tenue tac-tac nervioso de las pisadas de Elsa. Daniela la había nombrado en honor a la protagonista de Frozen, tres años atrás. De seguro ahora le daba vergüenza esa elección pero qué se podía hacer: la perra ya respondía a su nombre. Elsa, Elsa. Era la época en que, si ella hubiera propuesto quedarse de sleep over en cualquier parte, hubieran sometido a su amiga y a la familia a un escrutinio profundo en lugar de dejarlas organizar el plan por sí mismas. Pero qué se iba a hacer. Como decía Tagore, tus hijos no son tus hijos, etc, etc.

Quizás era su imaginación, pensó Sonia, que fantaseaba con escuchar a la nena —la tal Heather— llorando en el cuarto de Daniela, lamentándose de su suerte. Quizás era tan preadolescente como ellas y necesitaba la seducción de ese dramatismo adicional para mantener a sus sentidos en alerta.

                Juraría que había oído algo.

                —Y el olor. No te imaginas. Un olor a cerrado, pero también como hasta a podrido.

                Héctor arrugó la nariz.

El padre había aparecido en lo alto de la escalera a los dos o tres minutos, en bata a media tarde como Hugh Hefner. Su gran sonrisa incongruente no podía ocultar el hecho de que a los treinta y muchos o cuarenta y pocos se le veía demacrado, sin afeitar y con el pelo revuelto. Estaba a medio camino de convertirse en un roquero viejo.

— ¡Bienvenida! —exclamó— ¡Buenas tardes!

Sonia notó que estaba descalzo y se preguntó si tendría algo debajo de la bata o si de verdad habría estado en la ducha. Quizás era verdad, aunque ese revoltijo de pelo parecía más de cama que de ducha. Antes de que pudiera terminar de bajar por las escaleras ella ya se había adelantado para atajarlo. El resultado fue que el tipo se paralizó en el tercer o cuarto escalón, tomándose del pasamanos, y se quedó mirándola desde esa altura.

Sonia comenzó a desbarrancarse en mil disculpas por interrumpirlo de esa manera, que quizás estaba trabajando o descansando, que por suerte era viernes o como decían los de la tienda Thank God it’s Friday! y a ella también le gustaría estar tranquila y en bata. Que nadie la jodiera. Sobre todo ahora que se venía su fin de semana, que por fin alguien se acordaba de celebrar la maternidad, con lo que jorobaba. Etcétera, etcétera. Tras esa cháchara había comenzado a hacerle propuestas sobre las nenas que sonaban inevitablemente a súplicas.

—Ni me acuerdo qué le dije.

Que perdonara si lo incomodaba, si es que no se sentía bien o si estaba descansando, pero que ella había pensado —había decidido apostar por el nombre ‘Rita’— que ya que Rita no estaba ese fin de semana, y ya que las mellizas no se iban a quedar a dormir, como ellas eran las que vivían cerca. Yo había pensado.

El tipo se había quedado mirándola con desconcierto y Sonia había temido por un instante que el nombre no fuera Rita. Luego había bajado un escalón más y le había extendido la mano.

—Sheldon— exclamó. —Sheldon McDonough.

—Sonia— replicó ella, mientras se la estrechaba.

Para hacer eso había tenido que colgarse la cartera al hombro y meterse el teléfono en el bolsillo. Se había arreglado un mechón rebelde. La mano del tipo le había parecido sudorosa y tibia pero por eso mismo —o quizás por el hecho de que se la apretó de verdad— le había dado una impresión de efusividad genuina. A Sonia le habían comenzado a temblar las rodillas. Y había sido en ese preciso momento, al darse cuenta de que apenas se estaban presentando, que le había soltado un cumplido del estilo de “qué hermosura tu casa”.

Era lo que una generalmente le decía a la gente al entrar por primera vez. Y en este caso, cómo no.

— ¡Qué lindo tu castillo! Y las mazmorras… ¡una maravilla! ¡Con esa decoración tan original!— acotó Héctor.

—Y tu hija es un primor también. Daniela siempre me habla de ella. Yo había pensado que, ya que tu esposa no está…

Le había explicado otra vez, paso a paso, lo que había pensado. Que mejor se las llevaba a hacer el sleep over a su casa. Que iban a estar mucho más acompañadas y podían hacer cosas de mujeres con ella, como ir a hacerse una mani-pedi juntas. Que Heather podía preparase un maletincito en dos patadas, simplemente con una muda de ropa y un cepillo de dientes. Un peluche favorito. Un libro que le gustara leer antes de dormirse. El tal Sheldon parpadeaba y le sonreía tratando de procesar aquella información —o quizás algo más básico, como el porqué de su presencia en su casa. Cuando terminó de ejecutar esos procesos mentales pasó, sin aparente transición, de la cordialidad a la euforia.

— ¡Ay, Dios! ¡Me salvas la vida!— exclamó. — ¡Qué gran idea! ¡Qué alivio! Yo había pensado: cuatro nenas. Vaya batallón. Pero cuatro se entretienen entre ellas ¿no? Pero si son dos nada más y necesitan que las entretenga.

Se balanceaba como un porfiado al pie de la escalera. Examinó el espacio entre sus pies descalzos por un momento como si le sorprendiera que hubiera una alfombra persa allí o que hubiera piso. Luego le ofreció una sonrisa patética:

—Si necesitan que las entretenga. ¡¿Qué quieres que te diga?! No ando la mar de entretenido en estos últimos tiempos, a decir verdad. He perdido las ganas. Más las entretendría un circo de gatos. Hubo una fulana que hizo eso, aquí en Brooklyn. Un circo de gatos. O no, no. No. Era una orquesta, más bien. Una orquesta de gatos. Pero la gracia era que en cuanto subían el telón los gatos hacían lo que les daba la gana. A veces se quedaban echados y ni se acercaban a los instrumentos. La gracia era esa, que eran uncoachable. Parece que la gente se moría de risa.

—Y bueno, eso dicen de mí también, a veces— agregó, encogiéndose de hombros. —Que soy uncoachable. Incorregible. Cual gato callejero. Pero bueno, eso: ¡Qué gran idea! ¡Me acabas de salvar la vida! ¡Ah, qué alivio!

Les guiñó un ojo a las nenas.

—Nada personal, chicas— exclamó.

Daniela fue la única que le respondió con una sonrisa.

Le apoyó una mano amistosamente sobre el hombro y Sonia pensó “si me abraza, grito”. En ese momento fue que comenzó a insistir con hacerle el gran tour de la casa. Ella supuso que era incapaz de convocar la suficiente claridad mental como para ofrecerle un vaso de agua o un café, pero que querría retribuirle de algún modo por su “gran sugerencia” y su “maravillosa oferta”. El pobre debía sentir un alivio genuinamente físico, un peso que abandonaba sus huesos esmirriados ante la perspectiva de que no lo jodieran más con su presencia indagatoria. Cinco minutos y se van. Me saco esta bata y quedo en pelotas. Una noche para seguir revolcándose a piacere en privado.

—Es que estoy cuadrada frente a un fire hydrant.

—Solo va a ser un segundo— le replicó el tipo, apretándole el hombro. —Te va a gustar. Mientras Heather se prepara.

Las nenas —con ese sentido pragmático que otorga la infancia— ya habían asumido la realidad del plan B y contemplaban a los adultos con aire expectante. No habían reclamado por el cambio de destino ni habían manifestado opinión alguna. Se habían levantado del sillón, habían guardado sus teléfonos y Daniela se había vuelto a calzar su mochila.

De ese modo fue que Sonia se descubrió subiendo las escaleras en fila india, detrás de su anfitrión y con las dos nenas siguiéndola. A diferencia de las escaleras de su casa, estas tenían amplitud como para cuatro personas y estaban alfombradas. A esa distancia el tal Sheldon olía a sudor y a mala noche. Su bata tampoco olía bien. Era gruesa, de color vino, y le colgaban hilachas del ruedo.

—Esta es la mejor cuadra de Park Slope, la que tiene más variedad. Esta casa, la de al lado, las de enfrente: todas son diferentes. Montgomery Place. La sacan en las revistas y todo. New York Magazine. The ten most beautiful blocks in the City!

El tipo abrió los brazos como si aquel encabezado periodístico fuera una banderola que colgara de la balaustrada. Sonia tuvo miedo de que se viniera de bruces pero él se tomó otra vez del pasamanos. Subía las escaleras como un viejito.

— ¿Puedes creerlo? Estas ventanas son del estilo que llaman Queen Anne. Por eso tienen la parte de arriba redonda en lugar de… eeehh… no sé. Cuadrada.

Tosió.

—Los marcos de las puertas también. Son como en un arco románico de medio punto ¿ves? con esas mismas molduras redondeadas acá. Como esta. Mira. Con los mismos remates que tienen una cornucopia de frutas y flores. Son de la época en que no se les ocurría hacer nada que no fuera a mano ¿no? Debía haber diez artesanos por cuadra.

—Y no existía Home Depot— acotó Sonia.

That, too.

Tantos vitrales y tanto enchapado de madera oscura te hacían pensar en el coro de una iglesia. Se te caían los dientes. Hablando de dientes, Sonia se los había mirado con atención cada vez que le sonreía, porque decían que si era crystal meth se te arruinaban. Pero qué iba a saber ella, la experta.

— ¿No le viste los brazos?

— ¿Cómo le iba a ver los brazos?

—Bueno— dijo Héctor— si estuviera realmente desesperado, le hubieras visto las marcas hasta en los pies. La última vena.

Sonia se encogió de hombros, como diciendo “mira a quién le preguntas”.

—El estilo Queen Anne era el estilo típico de Nueva Inglaterra, más que de Brooklyn. Boston, Hartford, Salem. No sé. Cambridge. Por eso piensan que el dueño original, el que la mandó construir…

Tosió otra vez.

—… era un norteño nostálgico. Uno de esos que se hacían la idea de que descendían del Mayflower y que estaba a disgusto en una ciudad donde la gente se mezclaba más. Por eso la arquitectura de castillo. Para protegerse. Aunque nunca he podido averiguar en qué trabajaba exactamente. Supongo que tendría astilleros, quizás— agregó—. Por la época.

—Lo único que le faltó construir en esta casa para estar contento fue un buen foso con cocodrilos. O un cepo para los empleados levantiscos. Mira, justamente…

Habían llegado hasta el descanso en lo alto de la escalera. En el descanso se abría un vestíbulo cuadrado, de un tamaño similar al que arropaba la puerta de calle. Este daba acceso a un corredor alfombrado que llevaba a los dormitorios. Sin embargo, el tipo dio un par de pasos hacia el lado opuesto donde solamente parecía anidar el remate curvo de la escalera, que terminaba en un gran balaustre, robusto como un tronco de árbol y profusamente decorado. Alargó la mano y abrió una puertita escondida. Era tan alta y tan estrecha que se camuflaba entre las molduras verticales, que se cruzaban allí para resaltar la transición al segundo piso.

—…hablando de empleados, mira esto. ¿Ves esas campanillas debajo de las poleas? ¿Y el par de sogas que se meten por allá arriba y siguen por adentro del techo?

—Sí— respondió.

—Era el sistema para llamar a los mayordomos. ¿Qué te parece? Ya está desactivado en varias partes…— haló una cuerda lánguida para probarlo— pero todavía funciona en un par de los dormitorios. Después te muestro. Y esto…

Abrió una portezuela adicional.

—Era un sistema para subir bandejas desde la cocina cuando no había personal. Los albores de la automatización. Es lo que llamaban un dumbwaiter, siempre con la buena voluntad de insultar a la gente.

Se dio vuelta y comenzó a caminar hacia el corredor. Cuando pasó junto a ella Sonia volvió a sentirse asediada por la opulencia de sus olores, algo que con seguridad no había pedido. Tuvo que admitir que no distinguía olor a trago. Y, no sabía por qué, la idea de que estuviera drogado en lugar de borracho —y que no pretendiera ocultarlo con aquella coartada de la ducha— le suscitaba cierta fascinación. “Todas nos ponemos pavotas con los bad boys”, se dijo. En cuanto a Sheldon, su locuacidad y su aparente lucidez no significaban que controlara mejor sus extremidades. Sobraban motivos para dar medio pasito atrás cada vez que se acercaba a hablarte.

—Hablando de comida ¡Ah, no sabes cómo me has salvado la vida! —exclamó—. ¡No tenía idea qué iba a darles de comer! Aunque ellas felices ¿no? Les pido take out y todo el mundo contento. Pero es que ni sé dónde está mi billetera. Everybody’s happy with Mickey D’s! —canturreó.

—Yo casi no como— agregó, a santo de nada—. Vivo del aire.

“Ahora lo llaman aire”, pensó Sonia.

Las nenas, entretanto, se habían adelantado y estaban abriendo la primera puerta que se les ofreció en el corredor. Los goznes chirriaron de lo lindo, o sea que no era la mansión ideal para un drogo ni un depravado. Por lo menos, si quería actuar con disimulo. Sonia supuso que ese cuarto sería el dormitorio de la nena y las escuchó cuchichear cuando pasaron por enfrente. Pero su anfitrión estaba tratando de dirigir su atención a otra parte, señalándole la segunda puerta.

—Y allí, mira, allá arriba. Eso vale la pena. Sobre la puerta del dormitorio principal el tipo hizo tallar un escudo heráldico.

Coronando el marco de la puerta como parte de las intrincadas molduras sobresalía un emblema. Era como los que a veces ponían, ridículamente, a la entrada de las ciudades de provincias. Un arco de cemento horrendo con un escudo de armas y un lema. A este lo ceñían dos cabezas de león talladas, con la boca abierta. Dentro del escudo aparecían varios elementos en relieve que no pudo distinguir bien.

—Un escudo falso, claro. Porque acá en América no hay escudos de nobleza. No hay nobles de verdad.

— ¿Y cuál sería nuestro escudo, flaca?

— ¿En la puerta del dormitorio?­— repreguntó ella.

Y por dentro le rogaba di algo romántico, di algo romántico.

— ¿O en la cocina? —dijo Héctor—. No, no. Ya sé. En la oficina, frente al gabinete en el que guardamos los papeles. Cum hipoteca aplastadum e non durmiendum.

Ad eternum.

Ad eternum— asintió él. —Es latín, sin duda, hipoteca.

—Hemeroteca, biblioteca— agregó Sonia. —Discoteca.

—Somos nobles de corazón pero sin un peso, los americanos— le comentó su anfitrión, incongruentemente—. Los rebeldes. No taxation without representation!

Ahora estaba abriendo la puerta del dormitorio principal, que reaccionó con un chirrido tal que hubiera servido como alarma para desalentar a los invasores. A Sonia le pareció que tuvo que empujar la puerta para que terminara de abrirse.

—O quizás lo que el dueño quería conmemorar con ese escudo eran sus proezas en el dormitorio ¿eh? Behold, mere mortals! Here’s where the magic happens!

Or used to— agregó, encogiéndose de hombros.

“Too much information”, pensó Sonia.

Se preguntó si no se iba a encontrar allí dentro con las jeringuillas o lo que fuera que el tipo usaba. Se dio cuenta, también, que caminaba encorvado, como muchas personas de su estatura.

 —La famosa cucharita con el mechero— dijo Héctor—. Solo falta que te quiera mostrar la ducha en la que se cayó. Y el líquido viscoso con el que se había resbalado.

— ¡No seas chancho!

— ¿Por qué? Es lo que uno siempre hacía cuando se fumaba un troncho.

Sonia le pegó una palmada en el hombro. Héctor le dio un beso en la mejilla, aplastó la lata de cerveza vacía y la abandonó en la mesa de centro. Voy a traer otra, dijo, y se levantó para buscarla.

Sonia no pudo decirle que no.

Era verdad que al entrar al dormitorio principal el tour había perdido su cariz arquitectónico y se había vuelto más confesional. Había varios pares de zapatos, envases de comida y papeles desperdigados por el piso. Botellas también. Un gato de angora la contemplaba con indiferencia desde lo alto de un armario. El televisor de pantalla plana montado en la pared no estaba a nivel sino que se veía escorado, como un barco coqueteando con el naufragio. La cama era la perfecta ilustración de la palabra ‘revoltijo’ y la pieza olía a ventanas cerradas, a ropa sucia y a sudor; pero sobre todo a humo. No olía como un dormitorio del que una mujer saludable se hubiera marchado con la intención de pasar solo un par de días fuera.

Sonia no le preguntó nada al respecto y de hecho se concentró en dar la impresión de no estar fisgoneando. La fulminante sensación con la que se le apretó el pecho podía provenir del miedo, de la lástima o de una combinación de ambas. “Antes boba que violada”, se dijo. Pasó por alto incluso el montoncito de vidrios rotos frente a la entrada del baño en suite, pero Sheldon —que no había ofrecido mostrarle la ducha— la descubrió mirándolos.

—No es nada— le dijo. —Es solo que se me rompió un espejo cuando estaba limpiando el baño.

—Claro— replicó ella.

Pero cuando volteó a mirarlo notó que sus ojos estaban llenos de lágrimas. El que su expresión no fuera netamente hostil le dio carta blanca para desahogarse, supuso. Y el tal Sheldon le contó que Rita no se había ido a casa de su madre por el Día de la madre sino indefinidamente, hasta que él desalojara; que la casa y buena parte de la fortuna que quedaba eran de su mujer; que su matrimonio estaba irremediablemente perdido y llevaba quizás años en ese estado; y que él, en su mente, no se lamentaba por haber “vuelto a las andadas” porque nunca había creído sinceramente que las hubiera dejado atrás. Le contó que era abogado penalista pero que lo habían inhabilitado años atrás y que cuando pasó el período de inhabilitación ya no había tenido los ánimos como para solicitar su readmisión. En fin, le dijo. Sonia, que minutos antes había pensado en gritar si es que trataba de abrazarla, se descubrió pensando en abrazarlo por iniciativa propia.

En ese momento chirriaron los goznes de la puerta vecina y ambos volvieron a posición de firmes. Sonia abrió la puerta y se encontró a las nenas con la mochila y un maletín entre manos. Se despidió del tipo al pie de la escalera, empleando un tono de falsa alegría y diciendo algo que le sonaba cada vez menos razonable:

Okay, so they’ll have their sleepover at my place. I’ll bring her back tomorrow, bright and early. Please don’t miss her too much!

You’re a Godsend! I’ll see you tomorrow— le replicó él.

Al llegar a su auto con las nenas y desplomarse sobre el asiento de conductor, Sonia dejó escapar un suspiro que debió ser ofensivo.

“Huir de tu familia es como escapar de El Alamo”, era el mensaje.

Frente a sus ojos, el sobre anaranjado de una papeleta de estacionamiento, atenazado bajo el limpiaparabrisas izquierdo, la saludaba. No tuvo fuerzas para bajarse de nuevo. Por el contrario, empleó otra vez su voz más alegre para sobrellevar el momento.

Okay girls, time to call your mom and let her know, I guess, Heather?

La nena no le contestó. En lugar de eso fue Daniela quien intervino, con la voz ligeramente indignada de cuando su madre cometía un error protocolar:

— ¡Mamá!— exclamó, en inglés para que Heather la comprendiera. —Rita no es su mamá. Es su madrastra.

***

Diez años después, mientras Daniela estaba en Ithaca cursando su cuarto semestre y Bruno todavía en casa pero pensando más en las respuestas de las universidades a las que había postulado, un pueblo de Michigan se hizo famoso a nivel nacional. Un pueblo o una ciudad pequeña —Sonia no sabía realmente a qué categoría correspondían cincuenta mil habitantes— que estuvo en boca de todo el mundo durante una semana por el motivo habitual, una masacre escolar. A ella le tomó un par de días darse cuenta por qué el nombre le sonaba tanto y le producía cierta desazón, más allá de la tristeza normal, pobres nenes.

Era un pueblo o ciudad pequeña con el que había soñado diez años atrás y cuya página de Wikipedia había visitado tratando de hacerse una idea de cómo era, porque era el lugar al que Heather había vuelto. Tras una semana, su madre había venido manejando doce horas seguidas y se la había llevado de vuelta a Saginaw, MI. Y lo único que a Sonia le había quedado había sido esa referencia geográfica y, más tarde, las fotos de las principales atracciones de la ciudad, que había buscado por Internet. La carita redonda y rubia de Heather, con el gorro guinda-y-dorado de Gryffindor —una de las casas de Harry Potter, su favorita— que ella le había comprado porque era una prenda que no habían logrado rescatar y en Mayo todavía había mañanas frescas. La cara de Heather en medio de la nieve que caía sobre los pinares que bordeaban Saginaw, MI; Heather sonriendo frente a la fachada de un castillo decimonónico que había sido la central de correos y conservaba gran fama a nivel local. O dándole de comer a los animales en el zoológico para niños, siempre con el gorrito de marras.

Bruno no se acordaba quién había sido Heather ni que había vivido una semana en su casa. Cuando resurgió el tema debido a la masacre él andaba en una etapa gótica; se teñía el pelo de color negro ala de cuervo, se ponía delineador en los ojos y tenía a Héctor preocupadísimo. (“Por allí, ahora hasta le gustan las masacres escolares”, comentó. “Ssshh, no digas eso”, lo calló Sonia) Su padre, que antes se llenaba la boca jactándose ante sus amigos, porque Bruno había sido el tipo de nene precoz que a los cuatro años les sonreía a las meseras y las saludaba exclamando “Hi, baby!”, ahora no sabía qué hacer con él.

— ¿O sea que no te acuerdas que cuando llegó corriste a cambiarte de ropa y a ponerte medio tarro de gel en el pelo?

                —Tanto gel que se te pegaban las moscas— acotó Héctor.

                —Olía hasta el primer piso.

                —Y colonia, también. Mi colonia.

                —Te encerraste en el baño y todo. ¿No te acuerdas? Era una rubiecita de ojos azules, amiga de Daniela.

                —Y cantaba. Ese era el selling point. Aunque todavía no tenía nada de nada.

                Héctor hizo un gesto obvio y Sonia le pegó una palmada en el antebrazo. Bruno los miró con repugnancia o indiferencia.

                — ¿No? ¿Nada?

                Bruno había tenido siete en ese momento. Las nenas casi once.

                — ¡El cuervo no se acuerda de cuando fue picaflor! — sentenció Héctor.

                Ante eso, Bruno se levantó violentamente de la mesa y a los pocos segundos escucharon el portazo. Sacudieron la cabeza y suspiraron.

                Daniela se acordaba, pero no le parecía gran cosa. Una pensaría que a los 20 años su pre-adolescencia le quedaría lo suficientemente lejos como para suscitarle, cuando mucho, una risueña perplejidad. Como un catálogo de trajes de cumpleaños para bebés, adorables e inocuos. Pero no. Esa edad le resultaba más bien una especie de práctica amateur de la confusión sórdida con la que tuvo que lidiar más adelante, de la que recién se estaba recuperando. No tenía ningún interés en repasarla.

En realidad, ella había sido muy amiga de las mellizas — ¡Uf, las idolatraba, quería ser como ellas en todo!, le dijo. Me pasaba las noches en vela imaginando que tenía una hermana— y solamente había aceptado a Heather en el grupo porque ellas se habían hecho amigas primero. Heather no había estado desde kindergarten como todas las demás, sino que había llegado para cursar quinto grado directamente de Michigan. Es más, había llegado un mes o dos después de que comenzaron las clases, creía recordar. Tenía un vago recuerdo de la maestra de ese año presentándoselas en medio del salón y de haber pensado que eso era en contra de las reglas. Una situación capciosa o una pantomima para alentarlas a alzar la mano y denunciar la irregularidad. Las primeras semanas nadie le hablaba. Nos habíamos hecho amigas-amigas quizás un mes antes, le dijo. Nunca hubiera pensado en aceptar un sleep over en su casa si no fuera con las mellizas. Además mi hermana imaginaria se llamaba Nancy, no me preguntes por qué. O sea que el que se llamara Heather era una decepción. Pero me acuerdo de que cantaba, sí.

—Y me acuerdo las instrucciones que nos diste.

— ¿Instrucciones? ¿Qué instrucciones?

—Por si aparecía su papá a la salida de la escuela— replicó Daniela. —Que nos pegáramos a la maestra y le dijéramos que nos llevara a la secretaría. Porque tú eras la que tenía el Power of Attorney para recogerla.

(Y era verdad, recordaba ahora Sonia, la madre le había mandado por email un Poder Notarial desde Michigan)

— ¡Me encantaba! ¡Me sentía como en una película de espías! — exclamó Daniela. —Todos los días rogaba que apareciera el papá, para vivir nuestra aventura de escapatorias y tiroteos. Pero nunca apareció ¿no?

—No.

— ¿Igual podría haberlo peleado, no? ¿Si hubiera querido llevársela con él?

—Supongo— dijo Sonia.

Estaba revolviendo su café, pero ya no estaba segura de cuántas cucharadas de azúcar le había puesto. Daniela, a su lado, estaba sentada de costado sobre la silla. “Como los bomberos” le llamaba Héctor a esa manera de sentarse, por la aparente prisa.

Para cuando las nenas se acostaron aquel viernes, Sheldon ya le había mandado una docena de mensajes. Sonia se los mostró a Héctor, a pesar de que había un par que podían ser ambiguamente coquetos, para que la ayudara a decidir qué hacer. Y también para que la ayudara a descifrar las palabras, porque el tipo —sobre todo en tres o cuatro de ellos— parecía no haber acertado ni la mitad de las teclas que quería oprimir.

—A esta nena no la vas a devolver mañana ¿no?

—Ni loca.

Estaban tendidos en la cama. Le había dicho a Héctor que le dolía la cabeza —lo cual era cierto— y además estaba atenta a cualquier ruido, a ver si las nenas realmente se habían dormido. Su marido escudriñaba los galimatías sobre la pantalla.

— ¿Tú crees que es cuando se acaba de inyectar? O esnifar, o lo que sea. ¿O cuando se le está yendo el efecto y hace fiiuuu? Porque algunos son peores que otros.

— ¡Ay Héctor! Deja al pobre hombre en paz. No es nuestro problema.

—No era. Pero ahora me parece que sí ¿no?

Ella se había encogido de hombros.

—No hables así.

La tal Rita no le había contestado el teléfono durante las primeras 48 horas. Cuando finalmente lo hizo era cerca de la medianoche del domingo, Día de la madre. Habían vuelto del teatro y Sonia se estaba limpiando el maquillaje frente al espejo cuando se le ocurrió intentarlo otra vez. Tenía la idea equivocada de que era más temprano en Atlanta. Y de todos modos, no esperaba que Rita atendiera.

La celebración del Día de la madre, modificada a último minuto, había sido una ida al estadio para Héctor y Bruno mientras ella llevaba a las nenas a Broadway (Héctor lo había caracterizado como “un desmadre”, con benevolencia o no). A instancias de él había tratado de revender la cuarta entrada para el teatro, pero no había tenido éxito. Y ya fuera por esa plata perdida o por el cambio de planes o por el desliz en la estructura familiar, cuando volvió se lo encontró enfurruñado. Bruno ya estaba en la cama hacía horas. O sea que Sonia había terminado su día a solas, acompañada por un silencio hostil que fluía como oleaje desde la habitación contigua. Se miraba al espejo y saboreaba el hecho de que, a decir verdad, lo había pasado lindo con las nenas viendo School of Rock. Relajada. “¡Qué se quede con su cara de culo!”, pensó mientras se despegaba el rímel de las pestañas, “al fin y al cabo es el Día de la madre, no de la esposa”. Quizás había tenido razón el viernes, pensó también, cuando dijo que estaba llegando con mi regalo anticipado.

Fue en ese momento que se le ocurrió llamar a Rita. Aquella mujer le dijo, en resumen y de manera impasible, que la nena era adorable pero que no era su problema. Le dijo también —y eso era una gran novedad— que Sheldon ya no estaba en la casa, sino que se había mudado con unos amigos que vivían en Queens. Y que ella tentativamente iba a volver a Brooklyn el martes o miércoles.

Happy Mother’s Day, by the way.

Oh, Thanks! To you, too!

I have no kids— le replicó Rita.

Y el tonito era inconfundible, con un retintín de “mira los problemas que causas”.

 A la madre de Heather la había logrado ubicar por teléfono dos días antes, pero no había sacado mayor cosa en claro. Parecía, como diría Almodóvar, una mujer al borde de un ataque de nervios. Se llevó la impresión de que era bastante más joven que ella, por su tono de voz y por la locuacidad casi efervescente con que narraba los tumbos de su vida. Sin que una le diera pie enumeraba los antidepresivos que le habían recetado y sus efectos, como un niño catalogando las golosinas que le habían caído en su canasta de Halloween. Risita nerviosa. Divismo a los cuatro vientos. La hija le había sonsacado un ferviente instinto maternal pero Sonia no pudo brindárselo a esta mujer, que le lloriqueaba por teléfono desde Michigan y la llenaba de elogios —“Más que una buena samaritana”, “la gente ve a una niña abandonada y mira para otro lado”, “nunca podría pagarte”, “Dios te bendiga”. El darse cuenta de que no tendría una colega ni una interlocutora en Suzanne, sino más bien una carga adicional, no la hizo flaquear. Al contrario, Sonia tuvo la sensación de haber colgado el teléfono con una convicción solemne, henchida y perentoria de estar a cargo, que no había tenido antes. Si eran todos un grupo de turistas tímidos y extraviados, y ella era la única que hablaba lengua de madre, pues así sería. Y ya.

A la mañana siguiente, cuando Heather mantuvo la primera video-conferencia con la autora de sus días —como se dice en estos casos— Sonia pudo comprobar que la imagen mental que se había hecho era correcta. Suzanne era rubia, jovencita, muy linda y con tatuajes en ambos antebrazos. Les hizo hola por la pantalla del teléfono y les envió emocionados besos con una boca naturalmente carnosa.

Heather le fue contando los incidentes con cierta reticencia, que Sonia se preguntó si se debería a que ellos estaban presentes, o al ejemplo de cómo se habían tratado con Suzanne. En cualquier caso, la nena actuó como si tuviera que alejarse el teléfono de la cara para poder lidiar con la intensidad de la presencia materna. Y Suzanne parecía el tipo de persona que valoraba más el ser genuina que el darle consejos o alentarla a mantener la calma; su temperatura ideal bordeaba siempre el punto de ebullición. Héctor estaba fascinado.

— ¿Y dónde crees que la habrá conocido?

—Ni idea.

—Porque los ricachones en este país no se mezclan y esta no parece material de Ivy League ¿no? Trailer park, más bien. ¿Habrá sido su secretaria?

— ¡Ay Héctor, la gente se conoce en la calle! En una discoteca, en un concierto. En cualquier parte.

— ¿O habrá ido a su casa a cortar el jardín? ¿O a limpiar la piscina?

(Sonia no quiso decirle que se estaba imaginando coartadas de porno, para no darle cuerda)

—Tienen una hija juntos. Ese es el problema.

— ¡Ya sé! —exclamó de pronto— ¡La empleada! ¡Una empleada rubia y de ojos azules, como en cualquier telenovela que se respete!

Sonia recuerda, o cree recordar o imagina retrospectivamente, una carcajada. “La hermana de su dealer” y “la chica del guardarropa” fueron otras dos propuestas disparatadas que lanzaron en busca de risas. En esos días no hacían otra cosa que debatir, horas de horas, llamarse al trabajo, coordinar por teléfono, volver a hablar por la noche tratando de buscarle un ángulo tolerable a la situación, sentados en la cama, perplejos ante el bolondrón en el que se habían metido. Hasta que se daban cuenta de que se les había pasado largamente la hora de dormir. Difícil decir si había servido para unirlos o para alejarlos.

El lunes había sido el primer día serio.

A diez años de distancia Sonia ya no recordaba el nombre de la maestra de quinto grado. Pero había sido esa maestra —a quien la madre de las mellizas había puesto al tanto— la que le había advertido que consiguiera un poder notarial. Inmediatamente. “No solo para poder recogerla de aquí”, le dijo. “Pero por si necesitas llevarla al médico, si se enferma o si hay alguna emergencia. Incluso si necesitas subirla a un avión”, le había dicho, mientras le apretaba una mano en señal de solidaridad. Estaban sentadas ante una mesa de la cafetería escolar, los antebrazos adhiriéndose a la fría fórmica llena de rayones. Y Sonia recuerda los esfuerzos que tuvo que hacer para no echarse a llorar. Era la primera persona con la que se sinceraba públicamente. Esa tarde —inmediatamente al salir de la escuela, tras despachar a Bruno en casa de un amigo— fue con Daniela y Heather a comprarle un poco de ropa y artículos de tocador, calculando que Rita no volvería hasta el martes o miércoles, si es que, y quién sabía qué acceso les daría a su casa.

Los padres de las mellizas se deshicieron en disculpas. “Cambió en las últimas semanas”, le dijeron sobre Sheldon. “No había estado así”. Sus hijas ya se habían quedado a dormir en su casa un par de veces. “Temblamos de solo imaginarlo”, le comentaron. Horas antes se habían enterado de lo del rehab y todo; y que la nena apenas lo conocía, porque hasta ese año escolar nunca había vivido con él. En fin, lo sentían en el alma. Le ofrecían toda su ayuda. Sonia, en lugar de sentir alivio recordaba haber sentido un peso abrumador ante tantas promesas de ayuda y de team effort que le hacían notar la envergadura de aquello en lo que se había metido, sola. Al mismo tiempo, cuánto más sabía menos podía contener las ganas de abrazar a la nena, abrazarla y mantenerla allí, protegida en su abrazo. Como una mamá osa. Trató de tener una conversación razonable con Suzanne.

¿Y qué quedaba después de diez años?

Para Héctor, la disputa de cuánta plata les había sacado.

—Dos mil dólares— seguía opinando Héctor— Fueron dos mil dólares, flaca.

— ¡Ay, no, Héctor, estás loco! Fueron como quinientos.

—No, flaca, dos mil. Aunque ya no importe. Nos vendió a la hija. Como a Jodie Foster en Taxi Driver.

—Compró más bien. Porque nosotros la teníamos.

—Sí— admitió él. — ¿Pero hasta cuándo?

Suzanne finalmente había dado la cara el siguiente fin de semana y lo primero que le provocó antipatía fue su auto. No era un auto de lujo ni nada, pero el solo hecho de que estuviera bien cuidado —sin migas ni papeles sucios en los asientos y con un pinito aromatizante colgando del retrovisor— socavaba sus alegatos de pobreza y crisis incontenibles. Parada frente a la puerta de su casa, flanqueada por las nenas que saludaban con la mano y por la perra que ladraba, Sonia lo sintió en el acto. Héctor lo puso en palabras más tarde, cuando comentó “es mucho mejor auto que el nuestro, te digo”.

Era verdad que había manejado doce horas seguidas para llegar aquel sábado por la mañana. Y que había dejado encargado a su otro hijo, supuestamente autista (aunque por lo que contaba Heather, eso parecía un diagnóstico materno sin fundamento). Los siguientes dos días fueron un paulatino desmontar del fuerte de almohadones y frazadas que —como si fuera un juego— habían erigido en el centro de sus vidas. Incapaz de soportar el asedio ni de responder a la gesta, al momento en que fue llamado. Primero el techo, después las endebles paredes. Sonia querría creer que se dio cuenta en el acto de que ese sería el final inevitable de la historia. Desde el largo abrazo que Heather le dio a su madre por iniciativa propia, frente a ella, allí, en los escalones que llevaban a la puerta de calle.

Las nenas siguieron jugando a lo suyo durante el resto de la mañana, con Bruno un paso atrás, sonriendo o enfurruñado según reaccionaran a sus atenciones. Luego de eso, Héctor se los llevó a los tres al cine. Suzanne durmió buena parte del día. Sonia solamente se percataba de que estaba despierta cuando escuchaba sus pasos por la escalera en espiral que daba acceso al patio trasero, a donde bajaba a fumar. A las percudidas sillas de plástico, con agua verdosa empozada en los bajorrelieves de los asientos, las rodeada un semicírculo de macetas de terracota a medio plantar. La pala, la bolsa de tierra orgánica casi vacía y los tachitos de plástico en que empacaban los retoños, estaban desperdigados por el piso. Suzanne se sentaba en una de aquellas sillas, volcando toda su atención sobre una taza de cerámica que se había agenciado como cenicero, y ella no se sentía inclinada a acompañarla. (Aquella taza con colillas, exactamente en el mismo lugar, fue una de las cosas que Sonia encontraría después de su partida) A esa distancia —la dueña de casa, vigilando desde una ventana del segundo piso en posición de francotirador; la invitada, vulnerable y a solas bajo el pico de un pesado embudo— era inevitable pensar que reflexionaban sobre lo mismo desde posiciones adversarias.

Cuando Héctor y los nenes volvieron, Sonia cocinó y comieron en familia. Suzanne se ofreció a lavar los platos, pero ante la resistencia refleja del “no, no. No es nada. Quédate sentada que para eso está la máquina” no tuvo el tino o la voluntad de insistir lo suficiente. Acabó considerándose más protocolar que Héctor los enjuagase y los metiera en la máquina lavaplatos. Poco más tarde, todavía ante la mesa de comedor, Daniela tuvo una reacción indigna de su edad. Hizo prácticamente una pataleta —con mocos y gritos y todo— negándose a entender que era el momento de que Heather durmiera con su mamá en el cuarto de Bruno. Con los gritos fue imposible saber si se resistía más a perder a la amiga o a recibir al hermano. Sonia acabó acariciándole el pelo mientras la nena sollozaba con espasmos, la cara enterrada entre sus brazos, ensuciando de baba el individual. Se determinó que los niños estaban muy cansados.

—Han sido unos días estresantes— suspiró Sonia.

Hear! Hear! —exclamó Suzanne, alzando la copa que había conservado (y rellenado) tras la cena.

Héctor largó la carcajada y hasta Daniela alzó la vista.

El resto de la noche no fue más apacible. Sonia pasó por la desagradable y novedosa sensación de escuchar idas y venidas por su casa después de haber acostado a sus hijos. Tuvo que cuidarse de cerrar la puerta de su dormitorio cada vez que entraba o salía, no fuera a ser que se apareciera Suzanne, sabría Dios en qué fachas. Para peor, siguió escuchando los pasos y el crujido de las escaleras después de acostarse. Supuso que aún sería Suzanne, que se debía de haber desvelado después de haber dormido tanto en la tarde. Finalmente —desvelada, ella también— se la encontró a las dos de la mañana, sentada ante la mesa del comedor con otra copa de vino.

Sonia se sentó frente a ella con un vaso de agua, que procedió a tomarse de un trago y a rellenar con vino. Suzanne le sonrió y la premió con un aplauso que no chocó palmas para no hacer ruido. A ella le resultó vagamente ofensivo, como si la acusara de no saber relajarse.

—Es lo menos que merece esta vida. ¡Salud!

Chocó copas —o más bien vaso contra copa— sin decir nada. Suzanne volvió a sonreírle. Luego —para llamar la atención, sin duda— se dedicó a tratar de apartarse un largo mechón rubio que le colgaba frente a la cara soplándolo, en lugar de alejárselo con la mano.

—No me lo creerías, pero comparado con los tipos de porquería que andan dando vueltas por allí, Sheldon es uno de los más lindos con los que he estado. De lo mejor de la lista. Realmente encantador.

—Es encantador.

—Sí ¿no?

Suzanne se quedó mirándola indagatoriamente y, tras una pausa, le hizo una pregunta que Sonia no supo a qué se refería. Lo que le preguntó en inglés fue: How is it? que lo mismo podía referirse a lo que estaban bebiendo o a la experiencia de tenerla como huésped o incluso a la experiencia de tener un marido y un techo propio. Sonia se aseguró de alzar su vaso y paladear con fruición para cerrar esa puerta.

—Está muy bueno— le dijo.

—Sí ¿no? Yo no sé nada de vinos, pero me gustó la etiqueta. Y el precio siempre te dice algo— acotó riéndose.

Sonia la miró en silencio.

—Es de la tienda de acá a la vuelta. ¡Tienen de todo por acá! Y todo sigue abierto hasta cualquier hora, no como en Michigan.

—La ciudad que nunca duerme— citó Sonia.

—Como nosotras, ahora.

Chocaron copa contra vaso otra vez, para dejar constancia de esa fraternidad. Siguieron hablando de cosas generales pero Sonia ya no la acompañó cuando salió a fumar a la vereda (por una excentricidad arquitectónica no había salida al patio desde el primer piso). Y cuando Suzanne volvió se estableció un nuevo aire de sobriedad en su conversación. Hablaron de cuestiones logísticas: de si valdría la pena que Suzanne se pusiera en contacto con Rita para tratar de recuperar las pertenencias que le faltaban; de si la escuela local requería una notificación formal o simplemente que la nena dejara de asistir; de cómo haría para recuperar las placas dentales que Heather se había sacado con su nuevo dentista, y sobre todo las constancias de vacunación, para que pudiera matricularse de inmediato en Saginaw; de si Sonia podría recibir las cosas de manos de Rita y enviárselas a Michigan. Comentaron que quizás lo mejor sería que la matriculara en un K-to-8th en Saginaw, para no tener que preocuparse de que algún desfase burocrático afectara su transición a middle school.

Por teléfono, toda la semana habían planteado la posibilidad de que esta visita no fuera para llevarse a Heather, sino solamente para sentar las bases con miras a que se quedara otras seis semanas y terminara el año escolar en Brooklyn. Para evitarle más inestabilidad, habían dicho. Suzanne se había referido a esa posibilidad como “el favor del siglo”. Sin embargo, frente a sus sendas porciones de vino y mirándose con cierto recelo, no lo mencionaron más, como si estuviera sobreentendido que era un absurdo y que hubiera sido abusar del buen samaritanismo de cualquiera. Esa cancelación implícita tomaba forma, como una montaña que los brazos de Sonia no pudieran rodear.

— ¡Ay, qué bolondrón infernal! —exclamó Suzanne, tomándose de las mechas. — ¡La vida es injusta! Pero bueno ¿Qué te lo digo a ti? ¿No?

Sonia se preguntó otra vez qué quería decirle.

— ¡Imagínate!— prosiguió — ¡Imagínate! Ahora llego a casa ¿no? Manejo doce horas, llego a casa, y además de ocuparme de mi hijo autista tengo que afanarme por organizarle una super fiesta de cumpleaños.

—Y yo aquí tan tranquila.

Suzanne no la escuchó o la pasó por alto.

—La fiesta del siglo ¿no? Tengo que alquilar un local o conseguirme una casa prestada. Y organizarle una super fiesta, para que se olvide de este mal trago y se sienta de vuelta en su mundo. Para que se olvide de la ilusión del padre rico y las luces de Broadway ¿no?

Soltó su copa e hizo un gesto como si le revoloteara algo alrededor de la cabeza. Sonia lo interpretó como “las luces de Broadway y todas las ilusiones infantiles que azuzan”.

—Para que vuelva al mundo real ¿no? ¡Ay qué dolor de cabeza! Si tuviera algo de sentido común me callaría ahora mismo. Dejaría de ofender. Me callaría, me tiraría a tus pies y te preguntaría ¿Cómo me convierto en una role model?

¿Qué quedaba después de diez años?

Sonia obviamente salió a toda prisa a comprarle un regalo de cumpleaños a Heather, pocas horas más tarde. Recorrió Toys R’Us y Target buscando algo que le pareciera lo suficientemente especial; no lo encontró y le compró cualquier cosa. El mandado le ahorraba tener que estar en casa para encarar una pérdida que no le competía: despedidas con personas que no eran amigas, lazos tenues que se romperían. Madre hay una sola. Reproches que estaban por surgir. Como un borracho que se despertara en medio de la vereda y enrumbara cabizbajo a casa. Terminó sollozando en un baño maloliente e impersonal de Target, enfrentada al inconmovible obstáculo de que no envolvían las compras para regalo. Llegó de vuelta para darse con las sorpresas gemelas del auto ya cargado y de que Suzanne les había pedido dinero.

¿Qué quedaba?

                Hoy por hoy, si ponía la casa patas arriba seguramente encontraría algún souvenir de esa semana. Pero no fotos, porque Héctor y ella habían perdido la costumbre, como todo el mundo, de imprimir sus fotos, e incluso de revisar la millonada de imágenes que tomaban cada año para seleccionar las mejores. Ya no tenía la misma computadora. Si revolvía hasta el último rincón tal vez encontraría el teléfono que usaba en aquella época y, si aún existía un cargador compatible, allí estarían las fotos de esa semana. Pero para qué. A estas alturas Heather era, como Daniela, un ser nuevo, una mujer. Si quisiera saber cómo se veía ahora no habría tenido más que buscarla en alguna de las redes sociales. Reconectar, como decía la gente joven. Pero eso —por algún motivo— le causaba más miedo o ansiedad que ilusión.

La tarjeta de agradecimiento que ella le había mandado —“por el regalo y por todo lo demás”, como decía textualmente— la había conservado durante varios años, metida al fondo del cajón donde guardaba sus calcetines, pero luego la había perdido. No sabía cómo. Las tarjetas que ambas familias se mandaron por navidad no recordaba haberlas cuidado de manera especial. Lo probable era que hubieran sufrido el destino que sufrían todas las tarjetas navideñas, ungidas como decoración estacional por unas semanas y luego paf, a la basura. Los muebles, las paredes, los cuadros que las adornaban permanecían, pero no tenían memoria. Y había pasado tanta agua bajo el puente.

Según Sonia recordaba, la habían llamado esa misma tarde para asegurarse de que hubiera llegado bien y la habían vuelto a llamar al día siguiente, por la noche, solamente para decir hola y ver cómo estaba. “Solo para mandarte un beso antes de que te acuestes”, era lo que le sonaba haber dicho, aunque quizás fuera una exageración. Se veía cantándole Happy Birthday por teléfono, algún año siguiente, acompañada de Daniela y Bruno —Héctor, que los habría censurado, no estaba. Más adelante, conforme la marejada de sentimientos se fue replegando, las llamadas se habían espaciado a cada semana, cada mes, cada muerte de obispo. Y por algún motivo recordaba un matiz de impedimento, algo casi onírico, en ellas, como si la mayoría hubieran ocurrido en circunstancias en las que no podía prestarles toda su atención —por ejemplo, cuando estaba manejando o cuando estaba ayudando a Daniela a vestirse tras su clase de natación y había que correr a buscar a Bruno. Esos momentos en que ella y su hija estaban a solas, en silencio, transitando entre una actividad y otra, eran cuando Daniela se acordaba de Heather y se le antojaba llamarla, con ella de quasi-espectadora. Sonia no recordaba nunca haber llamado a la nena por sí misma, ya que su amistad con Daniela era —está claro— el pretexto y el conducto.

¿Qué más quedaba? Obviamente los dos mil dólares, como se lo recordaría Héctor. O quinientos, o quizás menos. Para ser justas, su marido era quien siempre se había ocupado de las cuentas y quien tenía cabeza para los números, o sea que sus cifras eran de confiar. Pero a Sonia esa cantidad le resultaba incomprensible, disparatada, no podía explicarse cómo le podrían haber prestado a Suzanne —de buenas a primeras— una cantidad semejante. Según la idea mítica que tenía del pasado, nunca habían tenido gran cosa en sus cuentas. Más bien deudas ¿Podía una presentarse en el banco y retirar una cifra así? ¡Yen domingo, además! Pero debió ocurrir, porque recordaba vagamente un par de sobres que llegaron de parte de Suzanne con pagos parciales, sentidas notas de agradecimiento.

¿Y qué más? La sensación, según la revivía, era similar a la que había tenido cuando perdió aquel embarazo —antes de Daniela— a las 21 o 22 semanas. Había sido super traumático en su momento y Sonia se recordaba sollozando a solas por las noches, desvelada, sintiéndose culpable y fantaseando. O durante los primeros meses de su matrimonio —parecía mentira que pronto cumplirían 24 años juntos— cuando se descubría contemplando la penumbra a solas a través de las persianas, porque en aquel entonces vivían en Manhattan y nunca oscurecía. Mientras escuchaba roncar a Héctor, con la tibieza de su cuerpo contiguo calentándole el flanco, hacía lo que debían hacer las personas a las que contar ovejas no les servía: fantaseaba un reencuentro con alguno de sus novios anteriores.

Ahora ya no era lo mismo. Sonia sentía que no recordaba las cosas con la misma claridad y que tendría que aprender a desconfiar de lo que le parecía. Sus hijos ya eran adultos, o casi. Sus responsabilidades comenzarían a disminuir en unos cuantos años. Pronto. La semana pasada una amiga de su edad le había salido con una réplica que la había hecho reír y la había angustiado al mismo tiempo. “¿Te acuerdas cuando hablábamos de corrido?”, le había dicho. Era una exageración, una broma para personas de sesenta o setenta más bien; pero la había hecho pensar. Y sin embargo, sus fantaseos traidores y nostálgicos, hoy, tenían el mismo sabor que habían tenido años atrás, cuando era más joven. Eran parientes. En esas ocasiones se había preguntado lo mismo que se estaba preguntando en este instante —contemplando dormir a Héctor otra vez, aunque con un afecto diferente— acerca de su hijo nonato, de sus novios, de Heather adulta a quien la masacre en Saginaw, Michigan, le había vuelto a traer a la mente: ¿Alguna vez piensas en mí? ¿Estás pensando en mí en este instante?

Nota:

Para los interesados, ambos libros se encuentran disponibles en diversas librerías de Lima y a través de las páginas web de las editoriales respectivas. En el caso de “Uno nunca sabe por qué grita la gente” se distribuye en los Estados Unidos vía https://www.chatosinhumanos.com/

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