Ahora que la crisis económica sacude, como se sacude un abrigo empolvado en el armario, a casi todo el orbe y los amigos que al otro lado del charco nos envían correos y saludos navideños en cuyas líneas se desprende que las cosas ya no están, si alguna vez lo estuvieron, tan bien como lo desean, leo la entrevista a José Ovejero y compruebo que un tema que está tomando vigencia desde hace unos años es la inmigración. Especulo que no solo porque ha transformado las costumbres de las dos sociedades que están en contacto; no solo porque es un proceso inverso que siglos atrás viveron los europeos, basta recordar que eran los europeos quienes al no tener nada, agricultura en crisis y economía en crisis, se hicieron a la mar; no solo porque esa “primera migración” hizo que el viejo continente pudiera sobrevivir a la hambruna y consolidarse gracias a las riquezas americanas, y ahora las remesas sean apenas una suerte de mínima compensación que hace que países como el nuestro vean una cierta prosperidad en ciertos sectores de nuestra sociedad; no solo por estas razones el tema de la migración está vigente, sino principalmente porque recién los escritores están procesando los efectos que este proceso está causando en las relaciones interculturales. Me imagino, así como sucedió con el terrorismo en el Perú con novelas como La hora azul, Abril rojo y la novela de Thays, a la inmigración se le dedicara no pocas novelas. El escritor Eduardo Gonzales Viaña en su novela El corrido de Dante fue uno de los primeros en abrir el camino.
Empezó a publicar cuando la democracia se instaló en España. Luego, por trabajo, vivió 25 años en Alemania y en Bélgica. Hoy, la literatura lo ha llevado a reencontrarse con su país. José Ovejero vino a Lima a presentar Nunca pasa nada (Alfaguara), una novela que habla de la intimidad de una pareja y de la vida dura de los inmigrantes en España.
El título de la novela es toda una ironía, porque pasan muchas cosas. Sé que le gusta el equilibrio entre la reflexión y la acción.
Así es. Yo no creo en la novela pedagógica ni ideológica. Hoy, la novela ha perdido esa función… y con razón. Debo decir que, como soy historiador, me resulta muy difícil mirar al individuo sin mirar a la sociedad. Si bien es cierto que buena parte de la novela podría llamarse psicológica, esto sucede dentro de un trasfondo social, en un contexto que supera a sus protagonistas.
Para un lector latinoamericano puede resultar atractivo que uno de los protagonistas sea una migrante ecuatoriana. ¿Por qué escribe sobre la inmigración?
Debo decir que, hasta hace poco, España no me interesaba demasiado como escritor (ríe). Hace 25 años vivo fuera y nada tenía que ver con su realidad. Últimamente, no sé por qué, me atrae literariamente. La figura del inmigrante como personaje literario me gusta por su fragilidad. Una persona que llega forzada a un país que no es el suyo –buscando una vida mejor–, con unas reglas sociales que desconoce, es literariamente interesante. Además, dentro de mi preocupación por lo social, en Europa la inmigración es el fenómeno más importante de los últimos 20 años, pues ha transformado su sociedad y su economía, su política y su cultura.
Como todo escritor caníbal, sus personajes están inspirados en sus propios amigos y en los lugares que frecuenta.
Yo necesito visualizar mucho lo que estoy escribiendo. Entonces, me resulta más fácil escribir si no me invento, por ejemplo, la casa donde vivirán los protagonistas. También visito la ciudad donde se va a desarrollar la novela, recorro sus calles, converso con su gente, elijo una casa, a sus habitantes y, así, ya sé qué verán cuando se levantan, cómo es el camino del autobús hacia su casa, etcétera. Esto me ayuda a dar veracidad a lo que estoy contando.
Ha vivido mucho tiempo en Alemania y en Bélgica. ¿Se siente parte de la tradición literaria española?
En cierta medida sí, porque mis estudios los hice en España. En el colegio leí El Quijote, La celestina, Quevedo. Sin embargo, como lector inicial, me he formado con la literatura latinoamericana. Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa fueron los autores que yo leí en mi adolescencia. Hoy día me siento más cercano a algunos escritores anglosajones –como Don De Lillo, Roth– que a los españoles. Toda generación intenta distanciarse, cuando es de su propio país, de la anterior. Es que estos escritores son nuestros competidores, los padres a los que hay que matar para hacerse adulto. Darles demasiada importancia es como quitársela uno. Por eso, uno busca modelos más lejanos en los que reflejarse. Además, las generaciones literarias no se han definido a sí mismas, las define una mirada de fuera. A mi generación la llaman ‘La de la democracia’, y nosotros decíamos que esto no era cierto, que cada uno trabajaba en su casa, siguiendo sus propios instintos, sus propios demonios y necesidades. Una vez dije en broma que pertenecía a la generación que se ufanaba de no pertenecer a ninguna generación… y esto era lo que nos unía (risas).
Es probable que ahora vivamos un proceso inverso: nosotros leemos con interés a Marías, Marsé, Vila-Matas… Y, claro, también a los anglosajones. ¿Qué los hace tan atractivos?
Nos llegan más y mejor. Hoy se traduce más del inglés que del alemán o del francés. Además, nuestros hábitos cinematográficos, que son anglosajones, nos acercan a ciertas maneras de contar. Hoy, uno aprende a narrar viendo cine.
Fuente: Perú.21

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