«Para mañana todo será mejor» (Cuento del libro Epistolario de Javier)

Papá me estuvo hablando y hablando anoche por largo rato. Esta vez fue un consejo bastante largo.  Solo que le entendí muy poco porque estuvo combinando sus consejos con algunos recuerdos de sus épocas de adolescente. Vaya que se extendió. Lo que pasa es que mi viejo muchas veces se enreda en sus propias palabras y luego, inevitablemente, se va por lugares y temas de los más confusos. Pero es buena gente, y yo sé que trata de ser un buen padre o, por lo menos, lo intenta bastante. Él dice que habló muy poco con el suyo y que tal vez, por eso, cometió muchos errores en su juventud. No quiere que el asunto se repita conmigo.

No es culpa de él entonces que todas las cosas me estén saliendo tan mal. En todo caso, siento que no debo fastidiarlo con lo que me está pasando, porque sería como demostrarle que se equivocó en sus métodos. Aquí la culpa de todo la tengo yo y por eso me he propuesto arreglármelas solo o, en todo caso, hundirme solo.

Por lo pronto ya no volveré a faltar a la Academia. Si tengo que arreglar mis problemas lo haré después. De esta manera evitaré caer en otra de estas extensas sesiones de consejo con mi viejo. Sesiones que, en verdad, me dejan agotado. No solo por el esfuerzo que hago para mostrarme atento a sus palabras, sino por parecer arrepentido de los errores que me va señalando. Lo curioso es que, a veces, lo finjo tan bien que termino creyéndomelo yo mismo y, luego, voy por ahí todo apavado, con sinceras ganas de cambiar, de ser una mejor persona y de dedicarme únicamente a los estudios. Dejar atrás todo lo malo.  Y no es mala la idea, en serio; pero al final siempre reaparecen esas cosas que terminan por descalabrar mis buenos propósitos y me regresan, otra vez, al punto más oscuro. En esos días, yo mismo me odio cuando me veo en el espejo. Enredado entre mis propias contradicciones. En verdad, son esos los momentos cuando siento que me tengo muy poco aprecio.

Por el otro lado también está Malena, que también anda con el mismo cuento de querer ayudarme porque, según ella, me ama y está segura de que lo nuestro es algo que va por lo serio. Yo no digo que no la quiera; es más, estoy seguro de que me va doler mucho cuando ella se canse de todo y me deje. Malena es, desde donde se le mire, una chica buena y decente. En todo caso, lo único de malo que tiene su vida es que yo estoy en ella.

Sin embargo, con Malena también he encontrado una manera de sobrellevar las cosas. Una vez a la semana me quedo con ella en la biblioteca para estudiar; aunque, en verdad, yo no estudio gran cosa porque me distraigo fácilmente o me bloqueo. Simplemente dejo pasar el tiempo mientras mi mente se pierde en otras dimensiones: imagino cosas, a veces historias completas que después olvido; aunque algunas veces las he llegado a anotarlas en un vejo cuaderno, por si alguna vez tuviera ganas de escribirlas más en serio. En fin, son tantas las cosas que quisiera hacer, que me gustaría intentar, pero que nunca hago.

Con las visitas a la biblioteca y alguna que otra cosa que parezca estudiantil, tengo tranquila a Malena. Claro que también eso me deja cansado y hasta de mal humor; pero debo hacerlo porque – también con Malena –  me daría mucha pena defraudarla en esas ilusiones de adolescente redentora que tiene en esa linda cabecita de larga cabellera.

Malena tampoco me conoce. Ella solo conoce lo que necesita. Tal vez ve solo lo que quiere ver; pero no se da cuenta – o no quiere darse cuenta –  de todo lo otro que también soy. Algunas tardes, en las que dejo pasar las horas echado en mi cama, con el volumen del radio bastante alto, intento pensar en nosotros después de los treinta. Imagino a Malena mucho más bonita, con unos anteojos pequeños y elegantes, unos anteojos de abogada inteligente; la veo manejando un bonito automóvil y dirigiéndose feliz a una gran oficina. Solo que yo no puedo visualizarme junto a ella, en ese supuesto futuro, y eso a pesar de que lo intento. Siento como si mi imagen se desvaneciera cuando pienso en ese futuro.  No obstante, no quisiera perderla porque siento que la quiero intensamente.

Anoche me volví a topar con los Rebeldes, y el Alacrán me dijo que tenía que pagarle lo que les debía en dos días a más tardar. Yo sabía que tarde o temprano me los tenía que encontrar. Las calles nos son tan grandes como uno quisiera. El gran problema es que ya no sé de donde sacar más dinero. Hasta ahora he podido vender la guitarra, la táblet y un pequeño prendedor de oro de la abuela, uno que estaba refundido sin que nadie se percatara en casa; aunque sé que de todas maneras se van a enterar. Aun así, no ha sido suficiente para completar el pago. Hubo un momento en el que pensé saquear el cuarto de mi viejo, pero al parecer, todavía no he llegado a tocar el fondo. Es decir, ya he visto cómo empiezan estas cosas en otros muchachos – y yo siento que ya he empezado -. He visto cómo todo se les va derrumbando alrededor, primero de modo lento; luego, poco a poco, las cosas se van complicando más, se van supurando lentamente, hasta que finalmente se toca fondo y entonces ya nada importa, se cae en lo profundo del pozo.  Yo estoy resistiéndome todo lo que puedo y es seguro que trataré de seguir haciéndolo hasta el límite. Después, he pensado – cuando ya nada se pueda hacer –  en irme lejos, a donde mis errores no afecten a las personas que me quieren. No quisiera estar presente cuando todos ellos se enteren de lo que realmente soy: un fumón.

Supongo que todo esto se pudo haber evitado manteniéndome lejos de ese ambiente; pero resultó muy difícil hacerlo cuando todo lo que estaba alrededor se conectaba con aquello. Pensar que todo estaba por allí, tan cerca, y solo cuando se empieza buscarlo, uno se da cuenta que hay como un mundo paralelo que solo algunos ven.  Sin embargo, lo peor es que yo no me metí en ese mundo porque hubiera tenido algún problema, no tenía problemas graves, por lo menos creía que no los tenía: ahora ya no sé bien. Tampoco hubo alguien que me haya obligado a usarla. Simplemente estuve allí justo en el día preciso y me prendí uno, y luego otro y, de pronto, ya no pude detenerme. Ahora que lo pienso, en aquel tiempo, todo fue muy rápido y vertiginoso. Fue como si estuviera manejando un coche a toda velocidad, sabiendo que no tenía frenos y, después de chocar, simplemente me quedé allí. Tal vez, por eso no quiero pedir ayuda de nadie, porque siento que no merezco el apoyo de nadie. Yo no puedo defenderme diciendo que llegué al vicio por culpa de algo o de alguien. Simplemente llegué y estoy allí, hundido en todo ello, desde hace algún tiempo y, como si fuera arena movediza, siento que me sigo hundiendo paulatinamente.

Hace algunas semanas, volví a tomar la decisión de salirme del vicio porque sentía que estaba perdiendo el control.  Siempre había creído que podría salirme apenas me decidiera; pero por lo visto no había contado con esos detalles que ahora me tenían arrinconado. Estoy debiéndole dinero a los rebeldes, los chicos que me venden la droga, incluso a crédito. Ciertamente no lo había pensado. Es decir, yo creí que podría mantenerme a salvo controlando el vicio, manejándolo con cuidado. Claro que no conté con todo lo demás: el deseo cada vez más irrefrenable, las deudas en las que uno se va metiendo, es decir, eso largos tentáculos en los que ahora estoy atrapado.

Por lo pronto, he decido irme de casa si acaso no logro completar la cuota. No es algo que me entusiasme; pero creo que sería peor esperar a que mi viejo se entere de que unos pandilleros me persiguen porque no puedo pagarles un crédito en drogas. No sabría qué decirle a ese hombre que tanto me quiere. Tampoco quisiera ver el rostro de Malena, ni el de nadie que me haya conocido. Simplemente quisiera desaparecer para todos los que me conocieron alguna vez. Disolverme. No existir.

Qué ganas de tener a la mano un cigarrillo cargado para salir de esta depresión, qué ganas enormes de levantar el volumen del radio hasta que la música reviente mis pensamientos; pero seguro que la vecina empezaría a golpear la ventana y le gritaría a mi viejo para que haga algo conmigo porque soy un forajido y un desconsiderado con los demás. Ganas de salir a la calle Aliaga, meterme al callejoncito que está en la esquina y conseguir un par de mixtos al vuelo. Sin embargo, a ratos, también quisiera estar junto a Malena ahora mismo, en el parquecito que está cerca de su casa, bajo los farolitos en donde nos besamos la primera vez, y hablar de esas cosas tranquilas con las que solíamos llenar nuestras tardes.

Por alguna razón, las cosas siempre han sido así para mí: una especie de camino muy delgado entre el cielo y el infierno. Por ejemplo, a veces quisiera ser un poco como mi padre, al menos en lo buena gente que intenta ser; pero no en lo ingenuo. Yo no dejaría que un hijo mío se acercara tanto al infierno. ¡Qué ganas! Qué ganas de arrancarme esta piel, este corazón, esta conciencia y ser otro para volver comenzar todo sin tantos recuerdos sucios. Ahora mismo el Chavito y Sebastián deben estar buscando a los demás para salir a patear latas, y más tarde seguramente para prenderse algunos tronchos: entonces el mundo parecerá más blando, más lejano, menos problemático.

 

Malena ya no está en casa para mí, desde hace días que no está para mí, se hace negar y yo la comprendo, pero la extraño inmensamente. Y no sólo la extraño a ella, sino a todo lo otro que existía alrededor de nosotros cuando ella estaba conmigo. ¡Qué ganas tan enormes! Una vez un profesor dijo que algunas vidas son como piedras que caen por la pendiente y que caen y caen y ya no pueden parar. Me pregunto si no estaré cayendo desde hace rato. Papá hace muy poco me abrazó sin mayor explicación y yo sentí que dentro de él estaba llorando y que yo me escurría de sus brazos como si fuera simplemente arena. No estoy seguro si lo soñé o si fue verdad: desde hace días todo parece ser muy confuso. Por lo menos sé que estoy en mi cuarto desde hace mucho tiempo y que mi madre está caminando por la azotea con esos pasos de preocupación que yo le conozco. Pero tú debes comprender, mamá, que afuera hay un mundo que es distinto al que tú supones. Es que como si hubiera varios mundos en uno solo, todos allí, muy juntos y a la vez totalmente separados. Y tú jamás vas a poder ver más de lo que quieres ver. ¡Ganas! ¡Ganas! Ganas de buscar dinero en cualquier parte y salir por un poco para disipar las penas.

Papá y mamá me ayudaron cuando yo quise aprender a montar bicicleta, yo quería ir solo, y ellos hacían la finta de dejarme, pero yo estaba seguro de que estaban detrás de mí, listos a cogerme antes de que cayera. Todo era tan fácil en aquel tiempo. Luego, en algún momento, todo fue cambiando y de repente estaba caminando por un sendero lleno de experiencias nuevas, desafíos en donde ya no había una mano atenta para cogerme. Fue el Chavito quien puso en mi mano el primer troncho y me preguntó si tenía miedo: nadie debe mostrar miedo si se va por ese camino. Dos días después me metí el primer tiro de mi vida y juré que no había sentido nada especial, que no pasaba nada, que yo no me iba a enviciar. Ahora todo parece tan lejano: lo bueno y lo malo; lo correcto y lo incorrecto; la vida y la muerte. No obstante, yo no quiero ser esa piedra que cae y que cae; yo no quiero escuchar otra vez ese llanto escondido de mi padre que me taladra el alma, tampoco quiero oír los pasos tristes de mi madre perdiéndose en la azotea; no quiero que Malena se vaya de mi lado creyendo que todo lo que vivimos fue malo; pero, principalmente, en verdad no quiero ser una piedra que cae y cae.

  • Papa, ayúdame, ya no quiero seguir cayendo

Papá entonces me abrazó muy fuerte, como si en verdad me estuviera sosteniendo en el borde del abismo.

  • Te juro que no lo voy a permitir, hijo. Solo te pido una cosa: que tú tampoco te sueltes de mi mano.

Dicen que es muy difícil que alguien se sobreponga a la adicción. Pero anoche, después de mucho tiempo, pude dormir tranquilamente, como antes.

 

Del libro de cuentos «Epistolario de Javier»

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