REMEMBRANZAS A MI MÁQUINA DE ESCRIBIR

MI VIEJA MÁQUINA DE ESCRIBIR

Comparto una remembranza que publiqué hace tiempo. En ella recuerdo una máquina de escribir bastante  simbólica para mí. Aunque lo que me motiva es el recuerdo de mi hija, en ese tiempo pequeña, pero que ahora habita en el otro confín del planeta. «El tiempo se cuela como el agua entre los dedos», decía la letra de una vieja balada. Espero les guste la nota.

 

Finalmente logré bajarla de la parte alta del estante en donde la había tenido confinada desde hacía muchos años: mi vieja máquina de escribir mecánica. Estaba envuelta en una bolsa de plástico, aunque, previamente, había sido arropada con algunas hojas de periódico para protegerla de la humedad. Por unos momentos, me quedé pasmado con las fechas que vi impresas en el encabezado del viejo periódico. ¡Cómo había transcurrido el tiempo!

Sin embargo, allí estaba, sobre la mesa: desenvuelta y, por lo visto, bastante conservada. Mi máquina de escribir Olivetti. De cubierta celeste, con el teclado en blanco y las letras negras, con una hoja ya amarillenta en el rodillo de jebe de negro. Había dejado la hoja intencionalmente puesta porque alguien me había dicho que así se protegería mejor el rodillo. La palanca niquelada para mover el cilindro mostraba apenas algunos piquetes anaranjados por la humedad.  La cinta roja y negra estaba correctamente puesta. Quise murmurar que el tiempo sí que había transcurrido, pero se me ocurrió, más bien, una pregunta diferente: ¿Me estaba refiriendo a ese tiempo medible por medio de esos almanaques que se van descartando cada año? O más bien, estaba pensando en ese tiempo medible con el desarrollo tecnológico que había convertido al mundo en una vertiginosa autopista en el campo de las comunicaciones.

Fue mi hija – pequeña y absorbente – la que me sacó de mis cavilaciones cuando se apareció repentinamente junto a la mesa y, empinándose un poco, miraba por encima del tablero. «¿Y eso que es?», preguntó inmediatamente.

  • Es mi vieja máquina de escribir – le respondí, echando un suspiro bastante afectado, como para darle un relente de nostalgia a mis palabras.

Ella levantó la mirada y giró la cabeza hacía mí para observarme. Sus pequeños ojos ni se inmutaron con mi largo suspiro. Nostalgias a su edad, por favor. Luego regresó la vista a la máquina de escribir.

Ahora bien, aquí hay que hacer una digresión para señalar el contexto en el que ya vivíamos mi hija y yo en aquel tiempo. Como ya señalé, la tecnología había ingresado a nuestras vidas, como a la de muchos, vertiginosamente. Mi pequeña de aquellos años, ya contaba con una computadora con la que se entendía a la perfección. La verdad es que ella se acomodaba mucho mejor que nosotros a los constantes cambios de la tecnología.  Incluso, alguna que otra vez, nos sacó de algún enredo con los controles remotos o los móviles que se habían multiplicado por la casa. Por lo tanto, para ella, la presencia de ese artilugio celeste sobre la mesa era totalmente extraña. «¿Y para qué sirve?», preguntó.

  • ¿Cómo para qué? – respondí en tono sorprendido – Pues para escribir.

Se quedó en silencio por un rato y luego:

– ¿Y la pantalla? – preguntó.

– No tiene, pero allí está la hoja en donde se puede ver lo que se escribe.

– ¿Y las letras?

– ¿No las ves? – le dije – Son esos botones blancos, que están unidos a unas palanquitas de metal. Las tecleas y las letras se marcan en el papel.

Guardó silencio otro instante. El movimiento de sus ojos me indicaba que lo estaba pensando.

– ¿Y para cambiar de letras?

– No, eso no tiene. Es de un solo tipo –. Luego agregué -; pero tiene un sistema para escribir en mayúsculas.

– ¿Y los colores?

– Pues tiene dos – respondí – ¿Ves esa cinta roja y negra que atraviesa el papel en la parte de abajo? Allí tienes: dos colores.

– ¿Y cómo haces para borrar o para cambiar las palabras?  – volvió a contraatacar.

Para esos momentos, no solo había disminuido mi paciencia de padre, sino que, en verdad – conociendo más o menos el razonamiento implacable de mi pequeña – sabía que esas inocentes preguntas iban a llegar a una contundente afirmación que finalmente llegó:

  • ¿Y con eso se escribía?

Efectivamente con ese artilugio – para entonces añejo – se escribía. Eso lo sentencié solo para mí. A mi hija solo le puse una mano cariñosa sobre su cabecita: «Sí, con eso».

Había bajado la máquina del anaquel porque había pensado donársela a un alumno que – limitado económicamente aún – no tenía de otra que seguir presentando sus trabajos de esa manera. En esos tiempos, la transición a la tecnología del procesador de textos había llegado como una tromba para el mundo desarrollado, pero en países como el nuestro, el proceso no fue tan rápido, aunque finalmente también arrasó.

Por supuesto que una computadora tiene muchos otros valiosos servicios que – como ya dije – han transformado a la civilización contemporánea. En esta nota que escribo, solo hay una remembranza por la máquina de escribir mecánica que acompañó mi vida de escritor inicial, casi en el comienzo de la aventura. El pequeño armatoste, que en ese momento estaba sobre la mesa, tenía un significado especial para mí. Había sido mi primera compra con un dinero que había juntado con los primeros pagos que recibí como redactor de una columna para un diario. La compré en una tienda por la avenida Abancay en cruce con Emancipación. “Lo mejor de lo mejor para un aspirante a escritor”, pensé en aquel tiempo. Era una moderna Olivetti, de triple tabulador, teclado sensible, con un sistema que disminuía las posibilidades del odioso trabado de teclas cuando se escribía con prisa. Además, era pequeña y venía en una funda con una correa que me permitiría llevarla a todas partes, con las previsiones de siempre por supuesto.

Que lejana estaba de la otra, más antigua aún, la Underwod que tenía en casa, y seguro que aquella – entonces   enorme máquina para mí – era una ligereza en comparación con la Remington de metal sólido (esa sí que era arqueológica) que había conocido en casa de unos tíos, una máquina gigante cuyos teclados recios, me harían recordar aquellas anécdotas de escritores que tecleaban hasta que le sangraran los dedos. Y, aun así, seguro que aquella había sido una muestra de modernidad en relación con las primeras máquinas experimentales del siglo XIX o la de Christopher Sholes que – más o menos – se convirtió en algo útil para formalizar los textos a mano. Por lo que sabía, la máquina de escribir manual o mecánica había alcanzado un diseño más o menos estándar en los comienzos del siglo XIX.  Con el tiempo, fue perfeccionándose en las décadas siguientes. Las máquinas de escribir, le permitió, a cada persona, la independencia de formalizar sus escritos en algo más claro y un tanto más duradero que el lapicero y el pulso firme.

Mi hija hizo unos intentos de escribir en mi Olivetti. Me enterneció ver sus pequeños dedos golpeando las teclas y hundiéndose entre los espacios libres que había entre ellas.  Se divirtió un poco, pero luego se aburrió. Eso sí, me ayudó a embalarla en una caja y dejarla lista para cuando llegara mi alumno para recibir el donativo. Por supuesto que no iba a hacer mucho aspaviento. Solo le iba a entregar la máquina y a desearle suerte con ella, y que ojalá pronto tuviera las posibilidades de conseguirse una computadora (de pantalla negra y letras ámbar en aquellos tiempos), y con su debido procesador de textos. Sin embargo, bien hubiera querido decirle que aquella máquina había significado mucho para mí. No solo por el hecho de haber sido mi primera compra con un dinero ganado como redactor, sino que esa máquina había aumentado mi entusiasmo de ser un poco más escritor.

Pero había algo más todavía. Un hecho paradójico. Apenas unos meses después de haberla comprado, alguien me ilustró sobre las ventajas del procesador de textos para un escritor que gustaba teclear más que escribir a mano.  Lo confieso: quedé fascinado con lo que podía hacer con ese programa.

Poco tiempo después ya me había conseguido mi propia computadora, bastante artesanal, pero eso era lo de menos. Luego, ya metido en la autopista de la tecnología, fui acomodándome a los nuevos aparatos, a los nuevos servicios, a la funcionalidad de una laptop, a los discos duros, a las memorias portátiles, a la memoria en la nube cibernética.

No obstante, cierro esta nota, evocando un viejo cuento de Manuel Beingolea, un escritor peruano de comienzos del siglo anterior. Un cuento (La corbata) en donde el personaje evocaba una vida a la que había renunciado a cambio del progreso, pero que – aún muchos años después – seguía recordando con nostalgia.

En mi caso, aunque me siento muy cómodo con la laptop en la que estoy escribiendo esta nota, a veces, también recuerdo con ternura a mi pequeña máquina de escribir, con triple tabulador. Probablemente, recuerdo con más intensidad aquella época heroica en donde – por lo menos para mí – parecía que todo estaba comenzando.

2 Comentarios

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    Patricia Inés Ganoza Carrasco Publicado 10 noviembre, 2020 7:10 am

    Me encantó la remembranza a la máquina de escribir, me identifiqué con el contenido mientras leía, recordando aquella época de colegiala y cuando por primera vez recibiría el curso de Mecanografía, mi madre con mucho esfuerzo y sacrificio me pudo comprar la máquina de escribir para practicar en casa las treinta palabras por minuto que me exigía mi maestra.
    Esa máquina de escribir marca Faeda continúa guardada como una reliquia.
    Muchas gracias y felicitaciones profesor Primo, por compartir su publicación, que ha permitido retroceder a esos años de adolescente.

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      Richar Primo Publicado 10 noviembre, 2020 9:13 am

      Me alegra mucho tu comentario. Saludos.

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