Roberto Reyes Tarazona

RESEÑA DEL AUTOR

Escritor y sociólogo, integró el grupo “Narración”. En 1973 obtuvo el primer premio del concurso nacional de cuentos “Arguedas”; en 1985 el segundo premio del “Copé” de cuento, auspiciado por Petroperú. Ha publicado los libros de cuentos Infierno a plazos (1978), En corral ajeno (1982), La torre y las aves y otros cuentos (2002) y Selección Natural (2010); las novelas Los verdes años del billar (1986) y El vuelo de la harpía (1998); las antologías Nueva Crónica. Cuento social peruano 1950-1990 (1990), La caza del cuento (2004), la caza de la novela (2006), Juan Bosch: cuentos desde el Cibao y el exilio (2009), Veinte del veinte (2009) y Narradores peruanos de los ochenta. Mito violencia y desencanto (2012).

Actualmente es profesor principal en la Universidad Ricardo Palma, donde es docente en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo y en la Escuela de Posgrado; dirige, además, las revistas Arquitextos y Paideia XXI.


CUENTO

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LA PIEL DE LOS DELFINES

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El sol es una moneda ardiente suspendida en el cielo azul cobalto. Hacia oriente, un tufo de nubes flota, como yo, en las tibias y quietas aguas de la cocha. En la orilla cercana, la usual polifonía de chillidos, rumores y silbidos ha interrumpido su algarabía. Estamos en suspenso, a la expectativa. ¿O estoy alucinando? Quiero despejar mi mente de especulaciones y disfrutar del momento, pero tengo demasiado secas las fauces y sufro de sobresaltos.
Qué me iba a imaginar unos días antes algo así. En realidad, esperaba lo peor, aunque en otro sentido. Todo era incierto, hasta la razón de mi presencia en el lugar. Al llegar al aeropuerto, apenas si eché una mirada furtiva a las arboladas colinas y al horizonte curvado en alfombras de incontables tonos de verde, en cuyo regazo se halla enclavada la ciudad. Flavia, casi tan indiferente como yo al paisaje tropical, se apresuró a ir en pos de las maletas.
Antes de una hora marchábamos a nuestro destino. Campo Azul es un fundo que posee la única casa hacienda de la región y abarca solo unas “cuantas hectáreas”. Según dicen, es modesta para la zona, pero a mí se me hacía ilimitada.
Nos esperaba su tía René. Ella y sus dos hermanas afrontan las rudas tareas del fundo; los únicos peones, una pareja de viejos achacosos, se limitan a cocinar, lavar y cumplir sencillos mandados.
El lugar era más pintoresco que la ciudad, pero ninguno de los dos estábamos de humor para apreciarlo. Flavia daba muestras de impaciencia por empezar a desarrollar su trabajo: una investigación sobre una especie de bufeos en peligro de extinción y al que pocos habían tenido ocasión de ver. Yo esperaba con impaciencia el momento de hallarme solo. Había aceptado acompañarla con la vaga idea de tomarme unas vacaciones, pero ya en camino vi lo inoportuno de mi decisión. Después de tantos años de convivencia, cuando nuestro matrimonio se iba a pique, ¿por qué invitarme a ir con ella a los predios de su niñez?
En los límites del fundo, se alza la selva y, no muy lejos, se encuentra esta cocha, una laguna formada por el corte de uno de los meandros del río cercano, en la que ahora floto de espaldas, trizando en silencio el espejo de sus aguas. La laguna tiene la forma de una ese muy alargada; en sus aguas tibias y oscuras, con muchos renacos –unos árboles retorcidos, de grandes raíces aéreas, adentrándose en ella–, temí que pulularan caimanes y pirañas. Flavia, desdeñosa, respondió con una mueca a mis reparos. Había leído que los lagartos y esos temibles peces prefieren las aguas estancadas a las corrientes fluviales, mas preferí no insistir. También dudaba de poder toparme con los famosos delfines rosados –estos cetáceos no viven en aguas estancadas–. Pero estaba equivocado en todo.
Al tercer día decidí no acompañar a Flavia hasta el término de su recorrido, donde se encontraba el objeto de sus desvelos. Según ella, yo había tenido el incomparable privilegio de contemplar a sus benditos animales; para mí, no fueron sino sombras emergiendo y hundiéndose en las negras aguas de la cocha. De haberme dicho que esos lomos arqueados pertenecían a boas o manatíes, igual lo hubiera aceptado.
La acompañaré solo hasta un trecho, me dije; no me entusiasmaba ir de nuevo en pos de sus engreídos. Los había imaginado gráciles, con una sonrisa amistosa y la piel brillante como el aluminio; de ninguna manera, como unos bichos ariscos, furtivos, que preferían los lugares más oscuros –una sombra más entre las temblorosas y negras aguas de la laguna–. Además, para verlos era necesario adentrarse en la cocha por más de dos horas y estar al acecho otro tanto, inmóvil, picado por los mosquitos, jejenes y zancudos, sudando a chorros y con las piernas dormidas.
Flavia no disimuló su alivio cuando le comuniqué mi decisión; ya no tendría que cargar conmigo y soportar mis quejas por las incomodidades. Eres un sociólogo burocratizado, me había dicho alguna vez; y no le faltaba razón. Tal vez ella misma había propiciado mi deserción. Esa es la playa favorita de los turistas y de los niños, dijo, cuando íbamos por cierto paraje. Esta vez no me importó la burla encubierta que contenían sus palabras. Para satisfacción de ambos, quedamos en que ella me recogería a su regreso.
La tal playa parecía una simple restinga, con sus tres o cuatro metros de orilla libre de árboles y tierra algo más clara y suelta que en otros lugares. La ausencia de turistas era lo usual: en el mejor de los casos, éstos venían a cuentagotas. ¿Niños? ¿De quién? Los últimos representantes de las etnias del lugar desaparecieron a principios de siglo, en la época de la fiebre del caucho. Las familias de los colonos descendientes de inmigrantes europeos o de la costa –estos últimos, muy raros–, o de los colonos mestizos provenientes de la sierra –los más numerosos y recientes–, aparecen solo en la época de la siembra y la cosecha del café.
Las tías de Flavia son de ascendencia italiana o yugoslava, o de algún lugar por ahí. En realidad, eso no le importa a nadie. Lo vital es la llegada de las lluvias a tiempo, conseguir peones para la siembra o la cosecha, la visita de algún vecino –vecino es alguien que vive a unas horas y hasta un día del propio lugar–, los pequeños incidentes familiares: una boda, un nacimiento, un bautizo. La gente que se emplea en las haciendas nunca lo hace a plazo fijo. A veces se quedan unos meses, a veces años, aunque de repente, sin el menor aviso, toman sus bártulos y se van; muy raros son los que se arriman a una casa de por vida. Lo único inconmovible parecen las tías de Flavia. ¿Qué edad tendrán? Con lo curtidas y fibrosas que son, y tan enérgicas, igual pueden tener cuarenta que sesenta.
El primer y el segundo día disfruté de la soledad del lugar, de sus cálidas aguas, de la relajante serenidad del ambiente, tan necesario para mis nervios, ahora otra vez sobreexcitados. He recaído en lo de siempre; por eso floto en las aguas de la cocha, esperando lo que no debiera esperar.
¿Por qué, a la vuelta de sus incursiones, Flavia se empeña en informarme de lo que no me interesa? De sobra sabe que los datos estadísticos que anota en su inseparable libretita me aburren a morir y que las observaciones del comportamiento de los animales no me conmueven en lo más mínimo, así lo narre con un calor que nunca tuvo para lo nuestro. ¿Es que no se da cuenta que hablar de sus delfines atribuyéndoles rasgos psicológicos individuales, es infantil? Seguro que no. Es una de sus típicas evasiones de la realidad cuando las cosas no le salen como quiere.
Al tercer día, antes de separarnos, le dije que solo estaría un rato en la restinga y luego regresaría por mis propios medios. Estaba dispuesto a comunicarle esa misma noche mi decisión de volver a Lima. Pocos minutos después, con la aparición del primer chiquillo, cambié de opinión. ¿Dónde estarían antes? ¿Dónde viven? Bah, qué importa saber quiénes son sus padres o de dónde provienen, si son hermanos, primos o amigos. Lo importante es que esos chicos me devolvieron las ganas de seguir en Campo Azul.
No sé si lo descubrí, o si se dejó descubrir, el huraño chiquillo que luego bautizaría mentalmente como Mañu. Mi primera impresión fue que tuve una alucinación, tan rápido desapareció entre la maleza. Cuando tuve certeza de su existencia, pensé en cómo ganarme su confianza. Esa noche preparé una honda usando la tira de un neumático y una pequeña horqueta. Al día siguiente, esperando que anduviera al acecho, la usé para disparar piedras contra unas conchas de caracol. El efecto fue inmediato. El chico se me acercó como un pájaro ante una serpiente y cayó en trance cuando se la regalé. No necesitó instrucciones para manejarla con una destreza y puntería que yo jamás tuve ni podré tener.
En el siguiente encuentro, se apareció con otro chico, al que también aprovisioné de una honda. Con ellas se dedicaron a cazar pájaros, ardillas y cuanto bicho se les ponía a tiro. Si Flavia advirtió un cambio en mí, no lo demostró. Cada vez se mostraba más fantasiosa; solo le faltaba decirme que conversaba con sus delfines. Menos que nunca le encontraba sentido a su pedido de acompañarla a tan inútil viaje. ¿Cómo me dejé convencer? Volví a pensar que su intención fue alejarme de Lima, como si creyera que con eso podíamos arreglar lo nuestro, pero pronto me desentendí del asunto. Qué diablos, me dije; mientras no se me ponga melosa y yo tenga algo en qué distraerme, que tanta falta me hace, adelante.
Cuando los chicos trajeron un monito muerto fui de sorpresa en sorpresa. Ellos, colmados de excitación, no perdieron un segundo en tenerlo listo para echarlo al fuego. Me invitaron a dar el primer bocado, mas, como había visto al pequeño simio sin piel, semejando un feto ensangrentado, lo rechacé. El mayor de los chiquillos insistió con su mejor sonrisa, pellizcando y al parecer ponderando la carne que olía bastante bien, pero ante mi cerrada negativa, aunque pareció algo decepcionado, procedió a dar cuenta de la presa con una glotonería envidiable.
En la tarde, mientras flotaba igualito que ahora, mirando todos los colores del mundo en el cielo, sentí un contacto inusual en las piernas. Presa de pánico, poniéndome vertical y a la defensiva, empecé a chapotear alocado. El irracional temor a las boas, lagartos y demás bestias acuáticas, atenazó mi garganta y me provocó escalofríos. De súbito, de entre las oscuras y tibias aguas emergió muy cerca un rostro desconocido y sonriente. Me echó una rápida aunque intensa mirada, esa misma mirada que acabo de sorprender entre la vegetación de la orilla.
Sosegado, me abandoné otra vez a la tibieza de las aguas. Al cabo de unos instantes, sentí un suave roce en las piernas. Sin duda, se trataba de unas manos. Fugazmente sentí un nuevo remezón interior al pensar en los yacurunas –esos seres de leyenda que viven en el fondo de las cochas y se llevan a los humanos a vivir con ellos–, y en las delfinas de las leyendas amazónicas, que al copular con los hombres los hacen perder el sentido hasta ahogarlos. Al fin, ganaron mis instintos y me abandoné a una inefable maraña de sensaciones que me enervaron hasta terminar en una cópula indescriptible. Quizás lo soñé o de verdad me convertí alternativamente en una anaconda, en un caimán, en un paiche; lo cierto es que me revolví en el agua como nunca jamás lo había podido hacer y saqué de no sé dónde una insospechada capacidad de inmersión que me permitió seguir a la chiquilla en sus acrobáticas evoluciones.
Lo malo fue cuando salimos a la orilla. La carita correspondía a una niña, no así su cuerpo desnudo. Sí, porque si bien sus senos, aunque lucían llenos y bien formados, como corresponde a una mujer, pertenecían al cuerpo de una niña de unos doce años, o menos, tal como lo pregonaba su escasez de vello púbico y su cuerpo de escasas curvas. No atiné a decir palabra y escapé del lugar. Es sabido que las mujeres de la selva son precoces y en algunos casos pueden ser muy liberales. Es cierto que yo, como todo hombre, había fantaseado mucho sobre un encuentro sexual con ellas, pero jamás deseé a una niña.
La vergüenza de ser un pedófilo me desmoralizó. Luego, el pánico a tener un hijo con la chiquilla me puso peor. Por si fuera poco, acababa de ponerle otra vez los cuernos a Flavia, casi en sus narices. Si me había querido poner a prueba o, peor aún, si me había tendido una trampa para ponerme en evidencia, como pensé en la primera ocasión que habló del viaje, ¿para qué más? Soy incorregible. No era excusa el haber relajado la vigilancia que me había autoimpuesto cuando vi que en el fundo era imposible caer en un desliz. Atrás quedaba mi promesa de no darle una nueva ocasión para sus recriminaciones. Necesitaba demostrarle que podía controlarme y que si nos íbamos a separar era porque lo nuestro no funcionaba por mil y un motivos y no solo por mis infidelidades.
Pero con la selva no se juega. Esta nueva experiencia será mi despedida de Campo Azul y de ella. Mis maletas están listas. Dispuesto a encarar mis responsabilidades a como dé lugar, voy a confesarle a Flavia esta última debilidad, para que se desengañe definitivamente. Pero primero ¡ah!, por fin, este roce ha tensado mis músculos como un arco antes de soltar la flecha. El contacto no es tan suave como el otro día, y siento una curiosa frialdad. ¿Qué vendrá esta vez? La piel se me escarapela, abandono la posición de espaldas. Algo me tira hacia abajo y empiezo a asustarme. Me impulso con todas mis fuerzas y, en la orilla, entre la vegetación veo espantado la carita de la chiquilla. ¿De quién o de qué se trata? Me hormiguea el cuero cabelludo, cuando me siguen jalando hacia el fondo con una fuerza irresistible. Durante segundos interminables me sumerjo y, el cieno removido del fondo, que ha enturbiado más las aguas, me deja distinguir solo una gran sombra borrosa que ha hecho presa de mi pierna izquierda. Pateo con todas mis fuerzas, me libero y salgo disparado a la superficie. Antes de sumergirme de nuevo, de manera definitiva, veo o me parece ver a Flavia en la orilla, enmarcada entre la vegetación, atenta, tomando apuntes en su inseparable block de notas.

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