Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010,
A las seis treinta de la mañana me enteré de que Mario Vargas Llosa había ganado el Premio Nobel de Literatura. Lo escuché por el radio del auto justo cuando salía del garaje. Qué notición. Estuve tentado a suspender la clase que tenía programada para esa mañana tan temprana, y dedicarme a buscar más noticias sobre el asunto. Luego, quizás, buscar mi novela favorita de Vargas Llosa, y de dedicarme a releerla como una manera de festejar su premiación. Llamar a los amigos con quienes hemos compartido, por larguísimos años, nuestra admiración por el escritor. Escribir un post en mi blog para compartir esta alegría con mis lectores: festejar de alguna manera este reconocimiento que termina por consolidar la trascendencia de Mario Vargas Llosa en la literatura universal. No obstante, la responsabilidad de una clase me esperaba, y entonces decidí esperar a la tarde para regocijarme cómodamente con la noticia. A la siete y media de la mañana ya había recibido veinte mensajes de amigos que compartían la misma noticia alegremente.

La primera novela que leí de Vargas Llosa fue Conversación en la Catedral y – mis amigos más cercanos lo saben – fue la lectura que alteró el curso de mi vida. Aun esta misma mañana, en que que he tenido que pasar por la avenida Tacna, y después de tantos años transcurridos, las primeras frases del libro me parece que reverberaran todavía nítidamente entre sus grises edificios, y luego: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Claro que las cosas han cambiado, y en este mi país, por fortuna, ya pocos se hacen esa pregunta y, más bien, ahora se dedican a construir un futuro optimista, al menos la mayoría. Sin embargo, cuadros realistas verbales como esa novela, permitieron que entendiéramos que tan al fondo de la desazón estábamos llegando.A la una de la tarde, entendí que el día iba a ser muy intenso y que no tendría tiempo de escribir nada sobre el tema sino hasta la noche. Eso sí, la noticia del premio estaba en todos lados, y yo diría que en el rostro de la mayoría de personas con las que me crucé había un gesto de orgullo, como tenía que ser.
Después de Conversación en la Catedral, leí la Casa verde y nombres como Lituma, los inconquistables, Bonifacia, Trinidad, Fushía; lugares como Piura, Santa María de Nieva quedaron en mí dando vueltas por mucho tiempo. Con Pantaleón y las visitadoras tuve un descoloramiento inicial porque ahora el escritor planteaba otros recursos narrativos que se alejaban de sus monumentales novelas totalizadoras. Con la Guerra del fin del mundo, para mí, quedó sentado que Vargas Llosa había alcanzado la más alta maestría en la novela contemporánea. Pero, claro, me quedé corto por no entender que el verdadero escritor se reinventa una y muchas veces porque, precisamente, la novela perfecta siempre es la que se está por escribir.

Para las cinco de la tarde, hubo tiempo para un descanso y rápida charla con Renato Zárate sobre el premio. Poco después, intenté una llamada a Madrid para comunicarme con Jorge Eduardo Benavides, el gran compinche de la juventud, con quien pasábamos largas horas leyendo y comentando, una y otra vez, las novelas de Vargas Llosa. Mala suerte. No lo encontré.
Finalmente, ahora que por fin tengo algo de tiempo y de aliento para masticar la noticia, he tenido ganas de escribir primero esta breve nota en este blog de tantas noches, antes de beberme un café y pasar un par de horas releyendo al Sartrecillo Valiente, como lo llamaban sus entrañables amigos Luis Loayza y Abelardo Oquendo. Entiendo que no todos están tienen la misma admiración por Vargas Llosa. Sus ideas políticas y económicas no siempre han sido bien recibidas por algunos; es más, la manera de defender sus ideas, que en el fondo, es la manera de defender su principio más preciado, la libertad, ha causado más de un resentimiento. No obstante, como dijo Martha Hildebrandt en el diario Perú 21, habría que poner al margen todas las distancias extraliterarias para celebrar, en conjunto, que un peruano ilustre haya alcanzado tan elogioso premio.

No más, este escribidor se va a releer Travesuras de la niña mala por un buen rato.
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